Enanuras

Jue 06 julio 2017

Porque el tiempo ―y nosotros sin saberlo― se había puesto ya alas en los pies y estaba con ánimo volantín, avanzando en espiral, huyendo del punto de partida, errabundo dichoso por la nada (Felipe Benítez Reyes: La propiedad del paraíso).


Enanuras

Demasiado tiempo sin post. ¡¡Y estos dos tienen la culpa!!



Dios. Mi último post es de febrero de este año, y estamos ya en julio. Tal vez tenga que ver con que en febrero nació William Brown, el segundo de la saga (y esperemos que el último, no me veo con tres). Los enanos pillan todo el tiempo del mundo.

A mis amigos que no tienen hijos (porque así lo han decidido o porque así les han venido dadas), permítanme decirles que todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y que la alegría puede esconderse en cualquiera de las dos situaciones. Los genes propios se alegran tela cuando observan correteando por ahí a la descendencia (correteando o incluso simplemente berreando), porque son conscientes de que han cumplido con su misión imperativa: han llegado hasta aquí de manera ininterrumpida desde la primera puñetera bacteria que se calentaba al sol en una sopa primigenia que estaba hasta arriba de metano y, de momento, ahí siguen, embutidos en dos nuevos individuos. Los genes, ya digo, se alegran.

Pero desde nuestra perspectiva metafísica de individuos individuales, válgame la esférica y pleonásmica redundancia, ya sabemos de cierto que los genes son unos reverendo hijos de puta y que van a su bola (también esférica), y que su mandato aparentemente irrevocable (¡reprodúcete!) no tiene por qué tener en cuenta, en absoluto, nuestra felicidad (aquí, por andurrear por el resbaladizo campo de la pura teoría, uso el término etéreo, ya saben ustedes que prefiero utilizar “alegría”, que es un concepto mucho más concreto y alcanzable). Afirmo, pues, que el gozo de los genes no tiene por qué coincidir con el nuestro y, de hecho, hay gente para la que la paternidad es un maldito infierno, y son los que te dicen “pero compensa” mientras lucen unas ojeras hasta la barbilla y una mirada triste y desfallecida.

No es nuestro caso (el de la Dama de los Lunares y el mío, quiero decir), porque hemos tenido a) suerte y nos han salido niños apacibles, dentro de lo que cabe o b) nuestro genes apacibles han redundado en niños apacibles y aquí paz y después gloria. En todo caso, tanto el Bichobola (que ha espigado una barbaridad y ya de bola no tiene nada) como William Brown comen, duermen, defecan y se ríen con profusión y a sus tiempos, de modo que no deberíamos poder exponer queja alguna.

Y a pesar de todo, estamos completamente ocupados. No diré agotados, pero terminamos de amontonar juguetes a las once de la noche y tenemos el tiempo justo de intentar ver un cuarto de hora de televisión (y desistir ante la avalancha de anuncios sobre cosas absurdas), ducharnos (yo), leer dos tuits (ella) y acto seguido desfallecer en la cama. Pocos son los días (hoy ha sido uno) en los que el Bicho amanece un poco pronto (digamos a las cinco menos cuarto), reclama a voces mi presencia (la maldita no llama a su madre) y afirma contundentemente que quiere levantarse a jugar y desayunar, y no por ese orden. Tras izar la persiana para convencerla de que aún era de noche (asombro por parte de ella que, tan empirista como Hume y como su puñetero tío paterno, no se lo creía) y tras largarle un chute del bendito Apiretal para bajarle los 39ºC de su cuerpecito acelerado, al menos anoche conseguí convencerla para que siguiera durmiendo. Ya digo, son buenos. Pero.

Así, amigos sin hijos, que sepan que la pena negra y genética que algunos de ustedes soportan puede compensarse en parte con la posibilidad de viajar, de ver cine y de, en definitiva, disponer del propio tiempo como uno buenamente quiera. Y si no hay pena negra, mejor aún. Seguro que a ratos nos envidiamos mutuamente, pero no crean que lo de “mutuamente” lo digo por quedar bien ante ustedes.

Y bueno. Tengo que armarme de disciplina y retomar este espacio, de todas maneras, que no quiero que se extinga así en plan chin pon. Buscaré algún huequecito y procuraré no abandonarlo, que son muchos años.

El próximo, post de citas. El número cincuenta, si no llevo mal la cuenta.

Soy una pupita

Vie 10 febrero 2017

La poesía, que está obligada a llegar hasta las úlceras y los inviernos más duros de las personas mayores, comprende muchas cosas propias de los niños (Luís García Montero: Mañana no será lo que Dios quiera).


petit-pop

Los del Pop Piquiñín.



Los primeros versos (soy una pupita / ponme una tirita) tal vez no parezcan augurar una carrera fulgurante hacia el Nobel de literatura (modalidad poesía), pero no se llamen a engaño. La canción, incluida en el último disco de Petit Pop (pueden escuchar un desenchufao de la misma aquí, a partir del minuto 06:54), como casi todas las de este grupo, tiene más debajo que encima y a mí, en función del día, me transporta tanto hacia una pretérita rodilla descalabrada en la lejana infancia como a una antigua amante, una de esas que sabe que te va a hacer polvo la vida y que tiene la lucidez y el buen criterio de mandarte a tomar viento a la farola antes de que sea demasiado tarde (Quiero desaparecer / para que te pongas bien). Ya digo, depende del día. Porque el proceso de curación es el mismo: nada de sanación milagrosa y radical, de un día para otro. Siempre poco a poco (Siempre / microscópicamente / voy sanándome y, así, / voy borrándome de ti).

Hay gente de la Pantoja y gente de la Jurado, irreconciliables, como hay gente de los Rollings o de los Beatles, del Madrid o del Barça, de Enyd Blyton o de Richmal Crompton, de la tortilla siempre con cebolla o de la tortilla con cebolla jamás. Del mismo modo, hay gente de los Cantajuegos y gente de Petit Pop. Y yo (nosotros, el núcleo familiar) somos de Petit Pop a muerte, a hierro, a cara de perro. Entre otras cosas porque, en sus letras, la ausencia de maniqueísmo (humor mediante) es, como diría Sanchidrián, lo que le da calidad a la película.

Tienen cinco discos en el mercado (dos de ellos están tanto en versión castellana como en asturiana), aparte de alguna colaboración en discos conjuntos (como en los dos volúmenes de Bestiariu). Si tienen niños “en edad de”, ni se les ocurra perdérselos, sobre todo en una era en la que las cosas (incluidos los discos, sobre todo los discos) se pueden comprar con cuatro clicks. El primero de los (hasta ahora) editados es casi un ejercicio de estilo, pero ya contiene joyas del tamaño de “Raro crustáceo”, en el que se nos enuncia, sin posibilidad de discusión, que ser un bicho bola / mola, mola, mola. Desde ahí, cada disco es mejor que el anterior.

Y bueno, si no tienen niños “en edad de”, pues para Ustedes mismos. ¿O no les gusta leer todavía a Gloria Fuertes o releer, con otros ojos, las catastróficas aventuras de Guillermo Brown?

Pues ya está.