Citas XLVIII

En ningún libro hubo nunca tres oraciones perfectas de principio a fin. Tampoco hubo nunca un personaje que no trastabillara. Somos como los perrillos circenses o como las beatas: el milagro no es que lo hagamos bien, el milagro es que lo hagamos (Robert Louis Stevenson: Escribir. Ensayos sobre literatura).


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Por muy bueno que sea tu bolígrafo (esta pluma de la foto vale un millón de pavos, pavo arriba, pavo abajo), si pones una coma después del sujeto eres UN PRINGAO.



Una vez le oí decir a Félix J. Palma (o tal vez lo leí, no me acuerdo) que nadie en su sano juicio se pone a construir una bicicleta sin al menos leerse un manual de cómo se construye una bicicleta. Sin embargo, decía este autor, todo el mundo cree que sabe escribir. Ojo, no digo redactar (que, en fin, tampoco todo el mundo). Escribir.

Y aprender lleva trabajo. He comentado muchas veces con mis amigos que mis relatos podrían ser aceptables (depende), pero no son redondos. Les falta algo, y Ángel Zapata no es de mucha ayuda a la hora de definir lo que les falta.

Por regla general, el buen estilo literario consiste en una mezcla entre destreza, personalidad, y un último ingrediente sin nombre fijo, que los teóricos más rigurosos no han conseguido explicar hasta ahora (Ángel Zapata: La práctica del relato).

Ni él ni nadie. Pero hay gente que “lo tiene”…

Un día decidí enamorarme de una chica de mi pueblo que, desgraciadamente, compartía con mis vecinos el defecto de no ser francesa. Se llamaba Paqui, pero yo prefería llamarla Sophie, lo que causaba siempre que estuviéramos discutiendo, pues le parecía mal que me refiriera a ella por el nombre de otra «y además extranjera». Lo encontraba especialmente molesto cuando estábamos en la cama en plena actividad sexual. Debido a este conflicto de nomenclaturas, rompíamos a menudo, cosa que me venía muy bien, pues siempre he pensado que la melancolía es algo muy francés (Gabriel Noguera: los fracasos tempranos).

… gente de la que una única frase, perdida dentro de una de sus novelas, daría ella sola para otra novela.

Debiéramos vivir a posteriori. Decidimos demasiado pronto. No debí invitar nunca a aquel tipo a cenar (Daniel Pennac: Los frutos de la pasión).

¿Y qué es lo que define el estilo? Nada. Es indefinible, de tan subjetivo.

El instinto estilístico indica, sugiere, rechaza, selecciona opciones; es rápido y arbitrario, elige un adjetivo frente a otro, asume el riesgo de un símil enrevesado o bien la diafanidad de una frase cotidiana, se arroja al abismo de la elipsis o cae en la tentación de una secuencia de palabras esdrújulas… a la carta y según cada caso y cada cual (Felipe Benítez Reyes: Laboratorio de irrealidades).

Lo que está claro es que una primera redacción, a lo Vázquez Montalbán (del que dicen que redactaba sus artículos del tirón y que los correctores nunca le movían ni una coma), rara vez es inmejorable.

Una tarde de tantas, Gonzalo de Lerma estaba revisando el estilo del folio número veinticuatro de su última novela: Sara, la espía caprichosa. Se había detenido en un pasaje de recio naturalismo: “La espía polaca, enemiga de Sara, se quitó apresuradamente los zapatos de raso y el marqués advirtió súbitamente que aquellos pies exudaban hediondeces, pero había caído ya irremediablemente en las garras negras del vicio, así que solamente buscaba el disfrute de los cuerpos anónimos aunque no destacasen precisamente por su higiene”. Él jamás hubiese concebido un relato sin espías, sin escenas de cama y sin aristócratas cultivadores de la perversión: sus tres grandes comodines estilísticos, si logramos dejar aparte los adverbios terminados en mente (Felipe Benítez Reyes: Chistera de Duende).

Eso, para empezar. Nunca me atrevería a decir “hay que”, en cuestión de estilo, aunque siempre caben algunas buenas recomendaciones:

Si he de decirlo todo, Lovecraft nunca eliminó por completo el furor de sus hipérboles. Pero aprendió a contenerse, eso sí, igual que un viejo libertino en un vagón lleno de monjas (Ángel Zapata: La práctica del relato).

El empeño del escritor por proporcionar los detalles con toda exactitud fomenta la credibilidad; el aspecto remoto, unido a la vaguedad y a la generalidad, tiende a prevenir al lector de que considere la realidad o la irrealidad del entorno en que se desarrolla la historia (John Gardner: El arte de la ficción).

Los personajes, por descontado, pueden hablar con toda la torpeza que deseen; el cometido del escritor no es otro que imitarlos con exactitud. En cambio, el narrador habitual en tercera persona no puede cometer fallos. Si el narrador incurre en una falta sintáctica, la mente del lector se aleja de las dos serpientes que luchan y se concentra en el problema que implica el averiguar qué quiere decir esa frase (John Gardner: El arte de la ficción).

Tampoco conviene olvidar que las vanguardias son un modo peligroso de hacer surf: las olas, por definición, se acaban (y menos mal).

Desde entonces, esta ha sido la aporía de todas las vanguardias: la ruptura con la tradición ya forma parte de la tradición (Rafael Reig: Manual de literatura para caníbales).

Conviene hacer el relato verosímil…

―… La verosimilitud es también una categoría literaria. De una historia decimos que es verosímil cuando resulta creíble, con independencia de que se acerque o se aleje de la realidad.
―¿La realidad no actúa como un parámetro?
―Qué va, de hecho la realidad no tiene la obligación de ser verosímil porque cuenta a su favor con el hecho de haber sucedido. La selva amazónica es inverosímil, pero ahí la tiene usted.
(Juan José Millás: La mujer loca)

… Y siempre, siempre, se debería cuidar la estructura, aunque si bien…

La fábula termina cuando el héroe ha superado las adversidades, la novela biográfica halla su final indiscutible en la muerte del héroe, la novela de formación cuando el héroe alcanza la madurez, la novela policíaca cuando se descubre al culpable (Italo Calvino: Seis propuestas para el próximo milenio).

… ¿Cuándo termina un relato (corto, por ejemplo)? ¿Es necesario que termine? ¿Es imprescindible que no termine?

Da igual. A la postre (postre: qué hambre tengo, ahora que caigo), la cosa acaba resumiéndose, como siempre, en una cuestión bioquímica: la lectura de ciertos textos libera endorfinas en mi cerebro, y me proporciona placer. En mi caso, el estilo ayuda, claro. Habrá a quien no. Pero, para subjetivas, las endorfinas. Y punto.

Sólo un engreído piensa que una metáfora es algo directo. Flechas buscando un blanco trazado en negro en la pared.
No lo es. Es un material peligroso, de doble filo. Es un recurso ambiguo. El escritor es el que la crea, pero es el lector el que la interpreta ajustándola a sus muy particulares dolores de muelas. Uno no es dueño ni de la cinta de la máquina con la que imprime.
(Paco Ignacio Taibo II: La bicicleta de Leonardo).

Es extraordinario cómo se desarrollaron las cosas, y ahora que debo contarlas me doy cuenta de que los elementos de los que se sirvió fluctuaban entre una concepción simple del argumento cotidiano ―el que liga los capítulos de la vida de cada persona― y una manera barroca de combinar lo imprevisto (Pere Calders: Ruleta rusa y otros cuentos, La rebelión en la azotea).

Dos personajes de perfiles tan acusados y fuera de lo común no se cruzan en la vida sin dejar tras de sí una cauda de planetas en desorden (Álvaro Mutis: Empresas y Tribulaciones de Maqroll el Gaviero, II).

Quienes quieren que vuelva
derrotado lo que amaron,
contra sí mismos gravemente
se equivocan.
(Rafael Lassaletta ―Nán―: Dulces Mayos).

La vida está llena de amores rotos, de romances frustrados, de miradas cruzadas en un vagón de tren que han de morir prematuramente porque en este o aquel empalme nuestros trenes nos separan; porque nos conocimos demasiado pronto o, si no, demasiado tarde, o quizá en el sitio menos indicado. Puede que en un futuro de paisajes inanlámbricos organicemos con más eficiencia nuestros romances. Emitiremos y recibiremos SOS de corazones amorosos o deseosos de amor y nunca, nunca nos consumiremos en la soledad (William Gerhardie: Los políglotas).

Hale. Que lo disfruten.

6 comentarios to “Citas XLVIII”

  1. Portorosa Says:

    Mucho. Lo he disfrutado mucho.

    (Y qué bien, la inclusión de NáN.)

    Un abrazo.

  2. Microalgo Says:

    Es que el Nán es mucho… Otro abrazo de vuelta.

  3. Salamandra Says:

    La pluma es un horror con patas. Si se va a comprar una Montegrappa, que sea octogonal. Si se va a comprar una pluma cara, que sea una Pelikan maki-e. Si se va a comprar una pluma buena, cualquier Pelikan.

    Lo del ingrediente misterioso… yo lo ando buscando y no creo que lo consiga.

    • Microalgo Says:

      Tomo nota… y sí, son más elegantes las Pelikan. No he mirado el precio, por otra parte: yo he vuelto a ser muy de Bic cristal, después de pasar una temporada por los Pilot de gel de tinta.

  4. Anaxágoras Says:

    Pues yo siempre he preferido los pilot G500 y pico, de esos negros que escriben con trazos muyyyy finos, de los que nuestro amigo Glomus y yo mismo nos aprovechamos para hacer nuestras letras pequeñitas.

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