Y bueno, sí, no es que yo esté muy cuerdo.

Un día se parece a otro día en la misma medida en que un astronauta tuerto se parece a otro astronauta bizco.
Un astronauta bizco ve muchas estrellas y asteroides (nadie lo niega) pero el astronauta tuerto ve las mismas estrellas y los mismos asteroides que el astronauta bizco.
De lo cual se deduce que da igual ser bizco que tuerto, sobre todo si eres astronauta.
De todas formas, ayer fue un día especialmente extraño para mí: un astronauta bizco, tuerto y con un meteorito incrustado en la frente.
Porque me notaba raro
Con una sensación general de fiebre pensativa.
Me había pasado la noche entera soñando que estaba en el iglú de un esquimal, bebiendo licor de foca y oyendo leyendas deprimentes de esquimales alérgicos a la nieve y al pescado (Porque los sueños los inventa nuestra mente para eso: para hacernos pasar un poco de acojono parapsicológico).
Durante todo el día, tuve la sensación de seguir en el iglú.
Porque fue un día más raro de lo normal.
Un día complicado.
El de ayer.
(Felipe Benítez Reyes: Lo que viene después de lo peor).


Sillón estilo Impreio

Algo así, pero color turquesa.



Hace un par de noches soñé que iba con mi hermano (Anaxágoras, por si alguien no lo recuerda) a una especie de acto académico que se desarrollaba en un sitio con pinta de antiquísimo, algo como una universidad victoriana inglesa, toda llenita de maderas oscuras y salones con aspecto polvoriento.

Buscábamos una sala donde se iba a producir no sé qué evento, pero no había ni un mal bedel, ni un profesor despistado, ni un miserable alumno uniformado y pijo al que pudiéramos preguntarle, exactamente, dónde iba a ser la cosa.

Al final, mi hermano, menos paciente en mi sueño que en la realidad, se cabreó y dijo que, como venganza, iba a robar un sillón estilo Imperio de los que estaban por allí.

―Pero, ¿estás majara? ¿A dónde vas con eso? ―le preguntaba yo a mi hermano, viendo que él ya había arramplado con un sillón enorme con un tapizado color turquesa (sí, yo sueño en colores, y a veces hasta en Panavisión), y se lo ponía en la cabeza, para llevarlo con más facilidad, aunque debía de pesar un huevo.
―Tú ve a por el coche y espérame en la puerta ―me decía, dando pasitos inseguros a izquierda y derecha, desequilibrado por el peso del mueble―. ¿No hay nadie vigilando? Pues que se joroben, haber sido más cuidadosos.

En mi sueño yo todavía conducía al Indio, un escuálido Seat 127 en cuyo interior difícilmente habría cabido siquiera una de las patas de aquel engendro.

―Pero… ¡si eso no cabe en el coche! ―le espeté.
―¡Pues lo atamos arriba! ―me contraespetó.
―¡Pero es que es ilegal, eso de llevar un sillón así atado encima de un coche!

Por fin pareció dudar, pero se recompuso.

―¿Sabes si ya ha entrado en vigor esa ley?
―¿Hein?
―Que si sabes si esa ley ha entrado ya en vigor o no.
―¡Y yo qué sé!
―Pues venga, corre, a por el coche.
―Pero, ¿para qué lo quieres, ese sillón, si no cabe en casa?
―Se lo regalo a mi sobrina, el Bichobola. Para ella. Para que juegue.
―Sí, hombre. ¿Y piensas envolverlo?
―No hace falta. Le pongo un lazo. ¡Y venga, corre a por el coche, que esto pesa un montón!

Ustedes creerán que lo del lazo es una licencia lírica que me estoy inventando yo ahora, pero les juro por lo más sagrado que mi hermano lo decía en el sueño. Despojado de mis argumentos, de todos y cada uno, no me quedó más remedio que salir pitando a por el coche, y me vi justo en cierto sitio de la Alameda Apodaca (muy cerquita de donde está la estatua en fuga de Carlos Edmundo de Ory, me doy cuenta de ello ahora que intento fijarles la localización para que quien conozca la zona se haga una idea), pero si bien las casas (y el restaurante El Balandro) estaban igual, de la calzada emergía la salida de un garaje público subterráneo, que eso sí que no existe ahí, ni creo que pudiera.

Y me desperté mientras avanzaba hacia el coche, completamente cómplice ya, tratando de adivinar a) si mi hermano saldría indemne del robo de ese antiquísimo y desproporcionado sillón; b) si encontraríamos la manera de poner el sillón encima del coche y si tendríamos que ir sujetándolo con la mano, porque, que yo recordara, no llevaba ni una mala cuerda en el maletero y c) qué maniobras tenía que hacer con el vehículo (primero salir, luego dar la vuelta en la entrada del garaje e ir marcha atrás unos diez metros) para quedarme lo más cerca posible de la puerta de la Pseudouniversidad Invisible aquella, a través de cuyo seguro que histórico dintel vería a mi hermano salir en breve con un trotecillo enloquecido, portando aquél espanto del arte mobiliario.

Y bueno, sí, no es que yo esté muy cuerdo. Pero los sueños son el territorio de lo absurdo, así que todo vale. Lo malo es que, según Sigmund el Barbacana, los argumentos de los sueños tienen origen en las experiencias vitales, disfrazadas, disimuladas o traducidas. Y digo que es lo malo porque no sé de dónde cuernos sale el guión enloquecido de este, por mucho que me pregunte yo la cosa y por mucho que intente darle explicación a cada símbolo (si es que lo son) que aparece por ahí, más extraño todo que el último verso de una jota.

En fin, admitamos un puntito de majarería onírica y dejémoslo estar, ¿vale? Que esto quede entre nosotros.

6 comentarios to “Y bueno, sí, no es que yo esté muy cuerdo.”

  1. Laluli Says:

    Eso va a ser la tesis de mañana…

  2. Microalgo Says:

    Uh, es que es histórica. Creo que tiene el récord de longevidad, la preparación de esta tesis…

  3. Anaxágoras Says:

    Por alusiones … me he partido de risa imaginándome a mi mismo en el sueño con el sillón ese en la cabeza de aquí para allá. Por si te sirve de consuelo, hermano mío, deja de lado a Sigmund E.(mbaucador) Barbacana, que tenía más cuento que calleja, y te remito al libro “dormir y soñar”, de Zimmer, en el que habla de conexiones sinápticas pseudoaleatorias como generadoras de sueños, efecto colateral de reordenaciones de memoria y borrado de conexiones innecesarias o saturadas, ya no me acuerdo muy bien.

  4. Salamandra Says:

    Fíjese bien en el sueño, por si aparece una rubia bajita. La Sra. Salamandra está teniendo sueños de lo más extraño últimamente.

    Estaría bien que el parking de San Antonio tuviese la salida por donde usted dice.

  5. Microalgo Says:

    Lo buscaré y lo pondré en la recámara, mano. Gracias por la reseña. Lo del lazo, reitero, es verídico-onírico. Pa matarse.

    Mucho, extender el párking de San Antonio hasta allá, Maese Salamandra, pero no está tan lejos. El día que lo conecten con las cuevas de María Moco, todito Cádiz será un parque subterráneo en sí.

    (Como dicen por aquí en relación a todo, aunque no tenga conexión directa con él: “La que está liando el Kichi”).

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