Verlo venir

Supongo que, para un loco, la buena suerte consiste en ver confirmado el fundamento de su locura (Felipe Benítez Reyes: Mercado de Espejismos).


Maracas

Just like a pair of maracas.



Digámoslo de una buena vez, sin que ello nos cause rubor alguno: hay gente que está como unas maracas. Loca, chalada, majareta, ida de la olla, volada de la pelota, zumbada de la azotea, perjudicada del espacio interparietal. Y reconozcamos también, sorteando cualquier atisbo de culpa judeocristiana, que para caer en esa categoría, que no es más que un cajón de sastre de las psicopatías entendidas en sentido amplio, sólo existe el prerrequisito indispensable de estar uno en sus cabales. En otras palabras, que la pinza se le puede ir a cualquiera: a Usted, pantalla de por medio; a mí, teclado mediante; a un piloto alemán a los mandos de un avión comercial (la que se habría formado si hubiera sido español o iraní, por ejemplo); a un alumno de secundaria ballesta en ristre (la que se habría liado si hubiera sido de origen chino o marroquí, también por ejemplo), o incluso a la señora madre de una trabajadora de la Diputación de León, arma corta de fuego en mano (lo que se habría dicho si hubiera sido de… de… bueno, de CUALQUIER otro partido distinto del que era su hija). Etcéteramente.

Pero eso sí, como decían en no sé qué película argentina, “hay loquitos lindos y loquitos de mierda”. Y la diferencia no es baladí. Los loquitos lindos aún mantienen la empatía con sus semejantes, y si bien pueden salirse por los cerros de Úbeda o pueden obsesionarse con un tema hasta el hartazgo, nunca son un peligro para la integridad de uno y, si uno sabe escucharlos bien, incluso aprende uno de ellos cosas sorprendentes.

Pero luego están los otros. Y lo verdaderamente difícil, a veces, es verlos venir.

Aunque otras veces no. No es la primera ocasión en que, ante una salida de madre adornada con cuchillos cebolleros de gran calibre o cosas peores, los entrevistados después por los reporteros de la tercera cadena (líder en longitudes de onda de entre 574 y 577 nanómetros) (no lo busquen, es el color amarillo) (vale, me he pasado de tecno-barroco), los entrevistados después, decía, con el micrófono ante sí, miran al vacío negando con la cabeza mientras repiten: “lo veíamos venir, lo veíamos venir”. Porque a veces se les ve venir.

Para el caso de que tengan a alguien así en sus inmediatos aledaños (en el trabajo, por ejemplo), no creo que existan recomendaciones al respecto aparte de contar con un objeto contundente, revestido de falsa y santa inocencia, sobre el escritorio (estoy pensando en un pisapapeles de acero colado réplica del Guggenheim, por ejemplo, o una azagaya de ciento ochenta centímetros, adosadita a la pared, en la que se pueda leer “I ♥ ZULUES” o un martillo ornamental de piedra que tenga grabado en el mango “Recuerdo del Walhalla”) (cositas así). Porque tratar de evitarlos o esquivarlos parece fácil en principio, pero créanme que es un esfuerzo inútil. Si te buscan, te acaban encontrando y, si no te buscaban, lo mismo se pueden cruzar contigo y ya.

Aunque eso sí: si lo veían venir y no dijeron nada, luego no se quejen. ¿Vale? Pues eso.

2 comentarios to “Verlo venir”

  1. Glomus Says:

    Ojo, que a veces no se les ve venir… Recuerdo a una de las personas más tranquilas que conozco profiriendo un “¡¡Yo te mato, chicharo!!” que pudo devenir en gran tragedia. Eso sí que es peligroso, la impredecibilidad…

  2. Microalgo Says:

    En aquel caso había (según me cuentan los testigos) circunstancias atenuantes… Ejjem.

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