Como a un hermano

En el mar está la suprema tranquilidad. El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie pueden todavía ejercer sus derechos inicuos, batirse, entredevorarse, transportar a ella todos los horrores terrestres. Pero a treinta pies de profundidad, su poder cesa, su influencia se apaga, su potencia desaparece (Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino).


Brother and me

Yo dormía arriba, en la litera. Una vez me caí.



Cuatrocientas cincuenta y ocho (con esta, cuatrocientas cincuenta y nueve) entradas y siempre he citado a Anaxágoras de manera tangencial. El otro día, durante un terrible insomnio que me duró seis o siete minutos, llegué a preguntarme por qué una personalidad con tanta influencia en mi vida como la de mi hermano ha ocupado tan poco espacio en este blog, y llegué a la conclusión, no estoy seguro de si antes de dormirme o si después, de que probablemente no he contado casi nada sobre él porque pienso que a él no le gustaría. Siempre fue muy celoso de su intimidad, y yo muy celoso de respetarla. Y así seguirá la cosa. Cuatro pinceladas subsiguientes aparte.

Creo sinceramente que tal vez un segmento importante de él viva a treinta pies de profundidad, donde las sacudidas no llegan (usando la metáfora de la cita inicial de Verne). Y con esto no digo que sea autista ni lejano: me inclino a pensar que su centro de decisiones se halla fuera de la zona de influencia de los demás. Hace poco leí un tweet que decía algo así como “¿Para qué discutir con la gente pudiendo decir a todo que sí y luego hacer lo que te dé la gana?”, y me acordé inmediatamente de él.

Todo lo contrario que yo, que analizo cada crítica que me llega por si quien me critica tuviera razón (después de analizada, si creo que no la tiene, archivo mentalmente el dato en un baúl que tiene por título “a la mierda” y tan fresco), de modo que para mí fue siempre motivo de admiración cuando entre ola y ola emergía de las profundidades Anaxágoras y ante un “tú tienes que tal, tú tienes que cual, tu tendrías que hacer esto, tú deberías hacer lo otro”, respondía un educado pero lacónico “no, yo no tengo que nada” y seguía zampándose con calma su sopa.

Y yo tomaba nota y decía “Hala. Qué me gustaría a mí haber soltado esa frase”. Con los ojos como platos, también de sopa.

Cuando éramos pequeños, los “capitanes del barrio” se desesperaban ante su neutralidad pasmosa, ninguno logró alinearlo jamás en sus filas (qué mal los ha tratado la vida después, a alguno de ellos). Por otro lado, Anaxágoras estaba demasiado cuadrado (más que un sugus) y, que yo sepa, nadie se atrevió nunca a retarlo abiertamente a una pelea. No convenía. Además de que nunca comenzaba una guerra, creo que fue por pura política preventiva de los demás que no tuvo que arrear ni una torta en toda nuestra infancia (ni él ni yo, que siempre me creí un magnífico diplomático hasta que caí en la cuenta de que “a lo mejor” tenerlo de hermano mayor (veinte meses) suponía un paraguas a prueba de misiles balísticos intercontinentales, ejjem). Por entonces, su manera de combatir era temible, mucho más dañina para los otros que a puñetazos. Hay que ver lo que le puede doler a un supuesto líder el látigo de la indiferencia del tío más cachas del bloque, o simplemente que hagan algo que ellos no pueden hacer (superar de un salto limpio una señalización en una calle que medía como un metro veinte de alta, por poner un ejemplo que me llegue a la memoria a bote pronto) (qué día, aquél).

A mi entender, siempre le cuadraron unos cuantos adjetivos (desde pequeño hasta ahora), y uno de ellos podría ser “inexorable”, pero no en el sentido cerril del descerebrado que no se sale de su camino, sino en el del que sabe lo que quiere y camina hasta donde quiere llegar. Con calma, con las manos en los bolsillos, pero sin perder de vista el banderín de la meta. Silbando, incluso, para desesperación de los que se van cayendo a su alrededor.

Y bueno. Que nunca le he agradecido servirme de buen ejemplo para tantas y tantas cosas. Una de las que más, su afición lectora, completamente autóctona, que yo heredé a base de leerme los libros que iban quedando tras su paso. Yo leo porque él leía, eso siempre lo he tenido clarísimo. Yo divisé a Tolkien en primeras ediciones en castellano, en el ochenta y poquísimo, y no fue mérito mío. Nos zampamos secuencialmente a Asimov, a Clarke, a Aldiss, a Le Guin y a Scott Card después de abandonar a Verne o a Salgari, y no fue mérito mío.

Y sí, qué pasa. Por cosas como esas lo quiero como a un hermano.

14 comentarios to “Como a un hermano”

  1. Glomus Says:

    Aunque las condiciones de contorno o ligaduras han sido evidentemente distintas, apunteme al club de la última línea (a pesar de ser un rubito arisco…). Besos,

  2. laluli Says:

    Muy tierno, me han entrado ganas de darle un beso al mío…

  3. Portorosa Says:

    Qué afortunado(s).

  4. Prima Consorte Says:

    Cuanto más te leo, más engorda el orgullo de saber que perteneces a mi “clan”.

  5. Microalgo Says:

    Gracias a todos, wapísimos.

    Una lotería primitiva pa ca uno.

  6. maria victoria Says:

    Viva la fraternidad y la madre que os pario……que casualmente fui yo

  7. ETDN Says:

    Qué raro, en estos tiempos que corren, expresar admiración y amor de manera tan sencilla (que no simple, en el sentido de simplona) y hermosa.
    Ser familia suele implicar quererse, pero no siempre se da el caso de caerse bien o elegirse en la vida adulta.como amigo, compañía, persona en quien mirarse.
    Afortunados ambos.

  8. Maria jose Says:

    MARÍA JOSE LA DE ALMERIA
    Sencillamente precioso. Para empezar la foto que dan ganas de comeros. Para mi ha sido un viaje al pasado que me ha traído tantos y tantos recuerdos de esos veranos en el patio de la abuela bajo la parra y efectivamente esperando la llegada de los queridos primos de cádiz tan diferentes entre si como diferentes eran su padre y el mio.
    Uno cachondo, otro templado como las cuerdas de una guitarra pero siempre unidos pase lo que pase.
    No cambiéis nunca.

  9. Stockton Says:

    Querido amigo: tú, en los primeros años de colegio, eras para mí el hermano de Tito. Aunque os conocía a los dos desde primero de EGB, yo fui judoka antes que baloncestista, de ahí que hasta que coincidiéramos en el legendario equipo de basket de los Salesianos (Don Bosco 68, también conocido para la historia como los 68ers), el gran Anaxágoras me regalaba sus virtudes como persona y como deportista en el tatami. En el Judo era tal y como lo describes en tu entrada: ni los más grandes querían pelear con él, y todos admirábamos su nobleza y deportividad, incluso con los que no lo merecían. Y a mí me parecía admirable.
    Un gran tipo, sí señor. En eso es igual que usted, Don Micro.

  10. Anaxágoras Says:

    Mi admirado Microalgo no sólo tiene el don de ver lo mejor de cada persona, sino también el de hacer mejores a los que tiene a su alrededor.

    No es el lugar para escribir todo lo que he aprendido de él, pero ha sido mucho.

    Tanto es así, que tendré incluso que perdonarle que hable de mi.

    Por cierto, glomus, viejo amigo, como dijo alguien en una cita, entre nosotros no hacen falta palabras.

  11. Microalgo Says:

    BASTA, BASTA, que nos puede la emoción. Hagan el favor de decir algunas cosas malas, que hay que equilibrar los comentarios.

  12. Pasquino Says:

    (Snif) a la antigua: belleza y verdad. Besitos

  13. Anarkasis Says:

    un tío tan grande que se sale por los laterales del bloc, y con cuatro as, que tenga el educado defectillo de ser salesiano, es perdonable.
    ¡Por tanta azúcar glasé sin motivo!, un poco de glucosa chorreante de añoranza, desde los labios de un niño leyendo a Julio Verne, puede hasta adornar un blog tan ecléctico,
    A mi, magustao la notA.

  14. Microalgo Says:

    Ah, los Salesianos. Qué magnífica fábrica de ateos, que fue todos esos años…

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