Santa Tecla la Jartible

No me tachen vuestras paternidades de blasfemo, pero he besado tantos falsos vestigios de la cruz del Salvador que bien parece como si lo hubieran crucificado junto a los doce apóstoles y a todos los santos varones (Jesús Maeso de la Torre: El sello del algebrista).


Santa Tecla

Aquí la Santa en un charco lleno de
bichas que pasaron mucho de ella.



La semana pasada estuve en Tarragona, y conseguí unas horas libres el último día para darme una vuelta por la ciudad.

Al parecer, los visigodos no jorobaron la arquitectura romana demasiado cuando cayó el Imperio, y solo un par de siglos después, al poco de que asomara Tarik por las gaditanas costas, el obispo de Tarragona pilló las reliquias de San Fructuoso (primer mártir cristiano de la Península Ibérica) y salió por patas camino de Génova, sirviendo de ejemplo para toda la población tarraconense, que se dio el piro de igual manera y con idéntica celeridad ante el turbador avance de los de los turbantes.

El caso es que Tarragona quedó en una especie de tierra de nadie, porque estaba demasiado cerca de la costa para los gustos de los invasores árabes y demasiado al norte para que estos no temieran un acoso constante de sus norteños vecinos cristianos, así como demasiado cerca de la zona de influencia musulmana y, por tanto, demasiado expuesta a los saqueos de estos, para el gusto de la población cristiana.

Totá: que la ciudad quedó abandonada durante cerca de cuatrocientos años. Cuando a fines del siglo XI se recuperó la vida de la ciudad, los monumentos romanos estaban tal cual, de modo que muchos edificios se conservan muy bien y merece la pena darse una vuelta por la ciudad para ver los restos del circo, por ejemplo (que no era donde los leones se zampaban a los cristianos, eso es el anfiteatro. El circo era para las carreras de bigas y cuadrigas. ¿Vale? Pues eso).

Lo que no se conservó fue el imponente templo de Augusto, situado en la parte más alta de la ciudad. Allí se erigió una basílica románica de la que no quedan restos, y sobre esta basílica se erigió la Catedral Basílica Metropolitana y Primada de Santa María (para que se hagan una idea, en España con ese rango solo hay dos: Toledo y esta), dedicada a la figura de Santa Tecla.

Y a eso vamos. ¿Quién era Santa Tecla?

Pues Santa Tecla era una chica UN MONTÓN DE JARTIBLE, como me propongo comentarles.

Según la tradición, la prometieron a un tipo pero ella oyó predicar a San Pablo y se dijo “quillo, esto es lo mío”. Mandó a freír espárragos a su prometido y se lió la manta a la cabeza, yéndose a evangelizar con San Pablo por esas localidades de Dios (Tarragona entre ellas, y de ahí que).

En aquellos días los protocristianos estaban empezando a darle por saco a la autoridad romana competente en asuntos de martirizar, porque los emperadores habían pillado el truco de hacerse dioses para que no los apuñalaran tan frecuentemente (estaba reciente lo de Julio César) e investirse así de cierta autoridad incontestable (o no mucho), mientras que los cristianos afirmaban que los emperadores ni eran dios ni ná de ná, con lo cual subvertían un poquito el orden establecido y ya se sabe. Así las cosas, el ex-prometido de la joven Tecla, que en realidad no sabía de la que se había librado, víctima de un ligero despecho, la denunció a las autoridades por cristiana y chunga, para que la apiolaran profusamente.

Una vez arrestada y comprobado que Tecla no le guardaba ni un pelín de respeto a la divinidad del emperador, los romanos idearon cargársela de una manera original: la echaron a un pozo con serpientes la mar de venenosísimas para que la picotearan a gusto, pero hete aquí que las sierpes no le hicieron ni puñetero caso a la chica, que, en un alarde de chulería, aprovechó además el chapuzón para autobautizarse. Como lo oyen.

Los romanos pensaron que se habían pasado de modernos y decidieron que lo mejor era optar por soluciones trilladas pero infalibles, así que hicieron una clásica pira con la joven en medio y le metieron yesca.

Mala idea. Según cuenta la tradición, las llamas se alejaron del cuerpo de la recalcitrante mártir (no sé si llamarla así, porque con ella parece que no había manera de martirizar como es debido) y, de paso, las flamas escapistas churruscaron bastante a los propios churruscadores, carbonizándolos de muy mala manera.

Esto no va a quedar así, se dijeron los romanos. La echaron al foso de los leones, en el anfiteatro (ya hemos dicho que el circo era para la fórmula uno). Los leones le dieron de lametones. Entonces la ataron a unos bueyes enormes situados en trayectorias divergentes y gritaron “arre, bicho”. Los bueyes se quedaron lacios y además las cuerdas se rompieron.

Yo creo que a esta altura hubo varias dimisiones de ministros de torturar (eran otros tiempos, había un puntito de pundonor en los funcionarios públicos, ahora ya nada es lo que era). El caso es que por cansancio o por agotamiento del presupuesto para torturas en ese ejercicio económico, los romanos la dejaron en paz, y Tecla se fue a una cueva, en plan anacoreta. Muchos años después alguien se debió de encontrar el expediente traspapelado y dijeron “anda, que se nos ha olvidado torturar a esta”, y cum gladiis et fustibus se dirigieron a la cueva donde oraba y pasaba mucha hambre la Santa, a ver si se le había agotado la suerte y de este modo conseguir darle, finalmente, para ella y para trasplantes.

Cuenta la tradición que al ver llegar a la muchedumbre enfurecida con ánimos de matarla y mancillarla, tal vez no por ese orden, Santa Tecla le pidió a Dios que hiciera algo para evitar, si no la muerte, al menos lo de la mancillación, que a ella no le apetecía mucho aquella tarde. El Señor optó por lo cómodo, y cuando estaba todo el mundo dentro de la cueva diciendo “Teeecla… yúúújuuu, ¿Dónde estááás?”, la cueva se derrumbó muchísimo dejando a todos sus ocupantes bastante muertos.

Quedó un brazo de Santa Tecla saliendo de entre las rocas (la tradición no dice si alguno de los dedos estaba extendido pero tal cosa no se descarta, dada la patente chulería de la finada), y alguien bastante truculento se lo llevó y ahora se venera ese cachito de la Santa, que fue exhumado según dicen de su lugar de entierro original en Armenia y traído hasta la Catedral de Tarragona.

Si alguna vez visitan este templo, no se pierdan los altorrelieves que decoran el friso inferior del altar mayor, donde se exponen al menos algunos (no sé si cupieron todos) los intentos de tortura de los romanos sobre Santa Tecla la Jartible (la foto de arriba es uno de ellos). Merecen la pena.

Hale. Agur.

4 comentarios to “Santa Tecla la Jartible”

  1. Glomus Says:

    Sin duda en el Edén, viendo el cariz de la sujeta, hicieron todo lo posible por prolongar su estancia en este valle de lágrimas, de ahí su asombroso empeño en no causar baja en el padrón.
    Gracias por la historia, hasta ahora no hubiera sabido contestar si me preguntaban por algo interesante que ver en Tarragona. Nunca se sabe, tomo nota.

  2. Salamandra Says:

    Estoy ahora leyendo “La leyenda dorada” y el patrón se repite, intento de tortura por medios más o menos exóticos y cuando todo falla, se le corta la cabeza y listos.

    Lo de la patrona de la informática es más complicado, desde luego.

  3. Anarkasis Says:

    Santa Tecla,.
    le voy a rezar un rosario, malditos descreídos.

  4. Anaxágoras Says:

    He pasado un buen rato leyendo esta crónica de Santa Tecla. “Se non è vero, è ben trovato”. Abrazos.

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