Citas XLIII

Uno nunca sabe el pasado que le espera (Rafael Reig: Lo que no está escrito).


Biblioteca loca

Tanto por leer.



Por los dioses. Tengo abandonadísimo el blog. Estoy metido en más jaranas de las que mi pobre soma puede soportar, me temo, y no tengo ni tiempo para generar anécdotas.

No, no es una plegaria, de momento. Todos sabemos lo que pasa cuando se nos avienen encima tiempos interesantes. Aún así, hay que mantener desengrasado esto, de manera que, incluso si no toca, voy a meter un post de citas.

Total, aquí mando yo.

Qué días aquellos cuando uno camina sin saber que el tiempo camina con nosotros (Enrique Vila-Matas: Recuerdos inventados).

Vaya. Una cita y ya se nos ha colado aquí la Nostalgia (con mayúsculas).

Una noche inolvidable nunca es del todo una noche inolvidable si no hay alguien que vomite (Felipe Benítez Reyes: Cada cual y lo extraño).

Eso está mejor.

―Spodiodi de vino ―que era una mezcla de oporto, de whisky y otra vez de oporto―. Hay que endulzar por los dos lados este whisky tan malo ―añadió (Jack Kerouac: En el camino).

No me convence mucho la generación beat, a mí. Este libro me pareció un tanto aburrido, y su influencia sobrevalorada. Ya me lo advirtió el tipo que me lo vendió en un bar-librería en Gijón, y no le hice caso. Cuando vuelva se lo diré, que tenía razón.

Ayer me encontraba la mar de bien. La prueba es que comí motones de caramelos, bombones, pasteles, patatas fritas y helados. Me pregunto por qué, por la noche, sin venir a cuento, me puse tan enfermo (René Goscinny y Jean Jaques Sempé: El pequeño Nicolás).

Comparto la estupefacción del pequeño Nicolás. Hay cosas que lo pillan a uno de improviso.

Esta pequeña historia, Roog, trata de un perro real… ya desaparecido, como Tony. El nombre auténtico del perro era Snooper, y creía tanto en su mundo como yo en el mío. Su principal trabajo, en apariencia, era cuidar que nadie robara la comida de su cubo de la basura particular. Snooper actuaba impulsado por la ilusión de que los propietarios consideraban la basura algo valioso. Cada día sacaban bolsas de papel llenas de deliciosa comida y la depositaban en un contenedor de metal que luego tapaban firmemente Al termina la semana, el cubo de basura estaba lleno… y en su momento llegaba el más diabólico grupo de entidades malignas de todo el Sistema Solar en un enorme camión y robaba toda la comida. Snooper sabía con toda exactitud qué día de la semana ocurría esto: el viernes. Así que a las cinco de la madrugada del viernes, Snooper lanzaba el primer ladrido. Mi esposa y yo teníamos la convicción de que los despertadores de los basureros sonaban a aquella hora. Snooper sabía cuándo abandonaban sus casas. Podía oírles. Era el único que podía; todos los demás ignoran lo que se preparaba. Snooper debía pensar que vivía en un planeta de lunáticos. Sus dueños, y cualquier otro habitante de Berkeley, podían oír a os basureros cuando llegaban, pero nadie hacía nada. Sus ladridos me volvían loco cada semana, pero me sentía más fascinado por la lógica de Snooper que irritado por los frenéticos esfuerzos para que nos levantáramos. Me preguntaba: ¿qué idea tendrá se perro del mundo? Es obvio que no lo ve como nosotros lo vemos. Ha desarrollado un completo sistema de creencias, una visión del mundo radicalmente distinta de la nuestra, pero a partir de unas bases completamente lógicas, apoyadas por la evidencia.
De modo que estas, en su forma primitiva, son las bases en las que se fundamentaron muchos de mis veintisiete años como escritor profesional: el intento de meterme en la cabeza de otra persona, o en la cabeza de otra criatura, y ver a través de sus ojos, descubriendo así lo distinta que es esta persona del resto de nosotros
(Philip K. Dick, Cuentos completos I: Notas finales).

Esta nota me parece absolutamente magistral. Me encanta que la gente explique las cosas con circunloquios, y me encanta la gente que tiene la paciencia de esperar a que se termine de trazar la curva para llegar al punto que generó la digresión. Me recuerda, en parte, a un amigo de Granada, que me exponía sus argumentos a favor de la masturbación diciendo “imagina que hay un lanzador de peso que está todo el día lanzando el peso y venga y dale, mientras que otro lanzador de peso sólo lo lanza el día de la competición. Fin de mi argumentación”. Pues eso.

Pero lo que encontré ante mí era la peor desgracia que pudiera imaginar.
Un lameculos.
No existe arma más terrible en la dotación de un Régimen. Su intuición para considerar quién tiene peso y quién no es infalible. Es difícil de corromper porque sabe quién puede darle más. No puede ser adulado porque la adulación es su territorio particular. No hay manera de asustarlo, porque sabe quién le puede brindar protección. Sabe quién sube y quién baja por las escaleras de las jerarquías: una mirada de desprecio por su parte es la prueba más segura de que una carrera está acabada
(Stefano Benni: Baol).

No me canso de releer este libro. Cada pocos años.

Cuando la conversación se extinguió, en la mirada de ella él pudo descubrir al fin lo que siempre había querido. Pero ya era tarde para aceptar lo que le proponían sus ojos. Podía pedirle el teléfono, atreverse a llamarla a escondidas de su mujer, invitarla a un café, tenerla en los brazos ahora que ya la habían tenido todos, descorchar al fin ese vino que ha estado cogiendo polvo en la bodega. Pero prefirió no arriesgar la vida que llevaba con una aventura rápida que no haría sino empañar el recuerdo que tenía de ella. Sólo pudo dedicarle la novela cuando la mujer se la tendió, y verla marchar con su aire de princesa sin cuento, cargando con su libro, en cuya primera página la aguardaba la pequeña venganza de una dedicatoria con el nombre equivocado (Félix J. Palma: La firma. Diario de Cádiz, 2 de junio de 2003).

Sobre lo efímero de los artículos periodísticos, este mismo autor escribió una columna que, por supuesto, también tengo guardada. El texto entero cuyo final es la cita anterior es un TRATADO del relato breve, o al menos de (quizás) una modalidad de relato breve, donde la última palabra hacer girar todo el relato. Merece la pena guardar estas cosas, no me digan que no.

Si hay una cosa que no consigo soportar, decía Víctor Hugo cuando presenciaba algo especialmente estúpido o malvado, es pensar que mañana todo esto será historia (Claudio Magris: El Danubio).

Denso, el texto de Magris sobre el Danubio. Pero magnífica literatura, si uno tiene tiempo para disfrutarla.

Inmediatamente después de comer, Guillermo se fue al viejo cobertizo donde encontró a los otros Proscritos ya reunidos. Ninguno de ellos había trazado ningún plan. Douglas dijo que había ayudado a cruzar la calle a un hombre muy viejo, con la esperanza de que fuese un millonario y le diera mucho dinero, pero resultó que no, que no solo no era millonario, sino que además no tenía intención de cruzar la calle, y en vez de darle media corona, le obsequió con un tirón de orejas y una sarta de maldiciones poco apropiadas a su edad y apariencia venerable. Enrique había pasado la sobremesa tratando de convertir una sartén de juguete de su hermanita en una moneda de media corona falsa, pero el resultado no fue muy alentador (Richmal Crompton: Guillermo el gángster).

(Guillermo Brown y sus Proscritos, a lo suyo. No comment)

En cambio yo no conseguiré decir nunca nada, hablando ―digo―. Por eso escribo (Italo Calvino: La gran bonanza de las Antillas).

Esta idea la mantuvo Calvino en muchos de sus textos, y no carece de lógica. Solía decir (o más bien escribir) que nadie habla tan bien como escribe (si escribe bien, quiero decir), y que por eso él cada vez hablaba menos. Todo un ejemplo para nuestra clase política, excepto para nuestro Presidente, que habla demasiado poco.

VII.71: Es ridículo no evitar la propia maldad, cosa que es posible, e intentar, por el contrario, evitar la ajena, cosa que es imposible (Marco Aurelio, 121-180 dC: Ad se ipsum – meditaciones).

Qué texto más lleno de sensatez, el de Marco Aurelio. Qué distinto su hijo, que era un imbécil.

… fue al cuarto de su tío (Rodolfo andaba en un bar de mujeres desnudas) y le robó su antigua Virginia Dragoon, la oh tan famosa pistola de primera, la exterminadora Colt.44, más pesada que la mala suerte y dos veces más fea (Junot Díaz: La maravillosa vida breve de Óscar Wao).

Magnífico libro, el de Junot Díaz. Absolutamente recomendable. Cuando un escritor se preocupa por tener un estilo propio, acaba cagándola. Pero cuando el estilo sale solo, y es tan bueno, aparecen obras como esta.

Descubrió que, por mucho que cada hombre se conozca a sí mismo, le conocen mejor sus amigos, no uno por uno, sino el conjunto de todos ellos (Pere Calders: La sombra del Maguey).

Otro que tal baila. Y este libro sí que es difícil de encontrar, porque está editado en México. Y yo lo tengo. Já. A chincharse.

Pero no desesperen. Hay muchísimo que leer. Tantos y tantos libros por leer, que no sé si la cosa me ilusiona o me desespera.

—Oh, bueno… los libros me mantienen vivo —improvisó.
—¿Los libros?
—Sí, leer es lo único que me produce placer, y hay tantos que leer todavía… solo por eso merece la pena estar vivo.
(Félix J. Palma: El mapa del cielo).

Un abrazo. Cuídenseme.

7 comentarios to “Citas XLIII”

  1. laluli Says:

    Espero que, entre tanta ocupación, encuentre un huequito para mi!
    El lameculos, descorazonador. Marco Aurelio, un sabio. Besos

  2. Microalgo Says:

    ¿El diecinueve, o así, llegas? Justo la Dama de los Lunares creo que esos días está… en París. Fite tú.

  3. Ronronia Says:

    La cita de Vila-Matas me recuerda un poco a cuando hablamos con las amigas de si echamos de menos cuando teníamos 18 años, si volveríamos a ese momento. Lo que suelo decir es que no volvería ni aunque me pagaran pero que lo que sí echaré siempre de menos de tener esa edad es la inmortalidad.

  4. Microalgo Says:

    Como dijo el poeta:

    Cuando éramos niños
    los viejos tenían como treinta
    un charco era un océano
    la muerte lisa y llana
    no existía.

    (Mario Benedetti: Viento del exilio).

  5. Microalgo Says:

    Gracias por dar pie al comentario, Dama Ron. Y al próximo post.

  6. Salamandra Says:

    Me gusta el título del último libro.

    • Microalgo Says:

      Es parte de una trilogía de ciencia-ficción que está escribiendo Félix J. Palma: El mapa del tiempo (homenaje a Wells y a su máquina del tiempo), El mapa del cielo (homenaje a Wells y a su guerra de los mundos) y falta otra cuyo nombre desconozco porque está aún escribiéndose, y que es un homenaje a adivinen Ustedes quién y a su hombre invisible.

      Se dejan leer muy bien, pero tienen estructura y alma de best-seller. Mi opinión es que, como escritor de novelas de este tipo, Palma es bueno, pero está a muchísima distancia del Palma que escribe relatos, formato donde es absolutamente magistral. Hágase, si no me cree, con su último libro (El menor espectáculo del mundo, Ed. Páginas de espuma) y compruébese mi aseveración leyendo “las siete vidas (o así) de Sebastián Mingorance”.

      Y si me dice a dónde, se lo regalo y se lo mando yo.

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