Cometer errores de adulto

Al ser los secretos tan secretos, en caso de error el castigo es severísimo. Sólo estando lejos de los secretos se podrá alegar: yo no estaba, no tengo nada que ver, no era mi turno. Por lo tanto, aunque existe la obligación de vigilar de cerca los secretos, al mismo tiempo todos tratan de no estar cerca de los secretos, cosa posible gracias al hecho de que quienes vigilan que se vigilen los secretos frecuentemente están en otro sitio, ya que no quieren estar cerca de los secretos a fin de poder decir que no eran ellos los encargados de vigilar a los vigilantes de los secretos en caso de que se comprobasen violaciones de los secretos. Comprendo que no es fácil explicar todo esto, pero sus efectos están ante vuestros ojos (Stefano Benni: Baol).


Errare humanum est

Errare adultum est.



Los errores de los niños contienen una lógica, a veces absurda, pero una lógica, al fin y al cabo. La agudísima Richmal Crompton describió, en los libros donde el protagonista es Guillermo Brown, cientos de ejemplos de esta lógica surrealista, que tanta gracia nos hacen y cuyos cimientos formales, a veces, los adultos no podemos rebatir con tanta claridad como suponemos.

Dándole la vuelta al aparato con lentes, los niños no entienden, en muchas ocasiones, la lógica ilógica de los adultos, y se asombran de que cuatro personas en un ascensor se pasen el trayecto estudiando las aristas de la cabina o contando cuidadosamente las llaves que llevan en sus manos (como si fuera la primera vez que ven el manojo), sin mirarse ni hablarse, en lugar de hacer algo más divertido, como competir por ver quién es capaz de aguantar la respiración hasta llegar al final del trayecto o, si de verdad te son simpáticos tus compañeros de ese breve viaje, hacer un concurso de número o intensidad de pedos por cada planta superada. Por ejemplo.

De cualquier manera hay, para cada humano, al menos una experiencia iniciática, un rito de pasaje que te hace ver en un click que los adultos tal vez no sean todo lo listos que creías cuando tú tenías dos años. Eso puede pasar con cinco o con doce, pero acaba pasando. Recuerdo, por ejemplo (creo que ya lo he contado en este blog, perdónenme el abuelocebolletismo, es que ya van más de siete años de posteo), que a mi abuela se le rompió una vez algún cacharro y soltó un “¡me cago en los moros que mataron a Jesús!”. Yo no era muy mayor, pero ante mis reticencias sobre el origen étnico de los asesinos del nazareno, me espetó: “¡Anda que no, si lo sabré yo, que he visto un montón de fotos!”, y se quedó tan pancha.

Algo saltó entonces en mi interior, pero aquello no fue nada comparado con el episodio que, vía circunloquio tremendo, quería contar.

Catorce años. Último curso de básica. Un día llega al aula un cura desconocido, licenciado en psicología, que viene a hacer un estudio (el pobre) con los alumnos de mi clase como material de trabajo (el pobre, repito) para confeccionar unos etogramas que conformarán parte de su tesis doctoral.

Tras unas cuantas encuestas, saca a un pobre compañero a la pizarra, le pone las manos en los hombros (culito a la pared, amigo) y declara solemnemente que ese alumno es el líder de la clase.

Así, tal cual.

En mi cabeza se agolparon, inmediatamente, las objeciones a tal aseveración. Y eran muchas. Las más importantes, dos.

La primera: Eso no se hace, imbécil. Elegir a un compañero, sacarlo a la tarima y decirle a los demás “éste es el líder de la clase” equivaldría casi a decir “por muchos golpes que le deis con una silla en la cabeza, este niño nunca sentirá dolor”. El resto del alumnado estaría loco por comprobar la veracidad de este aserto. No sé si me entienden. Ya buscaré la cita, pero en una novela de Pratchett (el próximo post, citas de libros de este individuo, lo prometido es deuda) se cuenta que la Guardia investiga (levemente) la muerte de un tipo que entra en una de las peores tabernas de Ankh-Morpork anunciando al respetable que es inmortal. La Guardia clasifica el suceso dentro del apartado de “suicidios”. ¿Me explico mejor? Pues eso.

Y la segunda: esa afirmación era absolutamente falsa. El tipo sacaba buenas notas, sí, pero no mejores que EMDEN (El Mejor De Entre Nosotros), por ejemplo (por cierto, para los que no conozcan el Nick, no es una ironía). Y EMDEN no daba clavo, y se pegaba las tardes jugando al baloncesto y los fines de semana viendo pájaros, mientras que este elegido estudiaba cuatro horas diarias. En octavo de básica. Sin intención de zaherir, siento decir que luego no pudo con el bachillerato.

Si hacen la cuenta, cuatro horas de estudio por la tarde eliminaban al sujeto de todas las tribus posibles, y esa edad es una época de tribus. Estábamos los de baloncesto (me avergüenzo de recordarlo así, pero éramos una puñetera casta), luego los seguidores incondicionales de Félix Rodríguez de la Fuente (algunos se imbricaban con el grupo anterior), estaban también los de la navaja en el bolsillo, y también el Club Cultural de Intercambio de Revistas Porno (bueno, eran Interviús, pero en aquella época parecía hiperporno duro), al otro lado los futboleros, más allá los frikis-frikis… pero este compañero ni siquiera estaba entre los frikis. Era normal. Absolutamente normal. Nadie le odiaba (creo) pero tampoco nadie lo contaba entre sus filas (eso, seguro). Ante la pregunta del cuestionario “¿Junto a qué compañero te sentarías en un examen?”, probablemente se llevó la palma, pero temo que tan solo porque todos sabíamos que se dejaría copiar por algunos (por simpatía), por algunos otros (por puro terror), o por, en fin, los restantes (por lástima), y que sus respuestas en los exámenes eran de fiar.

Por supuesto, cuando uno tiene catorce años no rebate en clase a un sacerdote a punto de doctorarse, y menos para que parezca que uno desea dejar mal a un compañero que, encima, no resultaba antipático. Vale, si tú lo dices, eso será. Vete por ahí a seguir cagándola, gran psicólogo.

Pero recuerdo de una manera diáfana aquella sensación de ver algo que un adulto era incapaz de ver, y a “alto nivel”, vuelvo a no saber si me explico bien. Y desde entonces tengo la certeza de que los adultos metemos la pata con la misma frecuencia que los niños, pero mucho más patéticamente, con menos excusas y con mucha, mucha menos gracia.

5 comentarios to “Cometer errores de adulto”

  1. Dalicia Says:

    Seguir siendo niña no está nada mal… en serio. :)

  2. Microalgo Says:

    Me lo creo.

  3. anarkasis Says:

    es queeeee….es así, La bruja es la buena, tu no sabes, así que vete

    Me parece que los niños no se equivocan, El error es un término destructivo de los adultos que no resisten un asalto esperando que surja la magia despues de una propuesta, y se la cargan inmediatamente antes de haber jugado con ella.

    porque usted al final quiere referirse a la serpientula que se había tragado un oligofante
    Le dejo el dibujo para que lo vea más claro.

  4. Microalgo Says:

    Talmente, Dama Anarkasis. Me encanta el comentario al cuadro, por otra parte.

  5. ClementeMat Says:

    De esas anécdotas tan divertidas de nuestro antigua y común escuela, se podrían contar más, que son deliciosas. Pero totalmente de acuerdo en lo de los adultos, que metemos la pata, pero a base de bien.

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