Citas XXXIX (en relatos breves)

En el cuento hay que ganar por K.O., y no por los puntos, como en la novela (Julio Cortázar).


Muro de libros

Hay donde elegir.



Hoy voy a plantificarles un post de citas extraídas de relatos breves (a Fernando Quiñones no le gustaba llamarlos “cuentos”, pero por ahí van los tiros).

Los poetas carecemos de identidad, ocupamos cuerpos vacíos, los animamos (Adolfo Bioy Casares: Historias Fantásticas).

Excepto Carmen Moreno, que en lugar de animar un cuerpo lo avasalla.

Todo poema, con el tiempo, es una elegía (Jorge Luis Borges: Posesión del Ayer. Por favor, sea Breve).

Así se reía Jorge de Burgos. Digo (perdón) Jorge Luis Borges.

El placer de un hombre no dura lo que se tarda en decir dihidroepiandrosterona. And the oscar goes to Sandra Sorvino por su magistral interpretación de chica de clase media de buen corazón que sufre un placentero orgasmo y hay días que es mejor no acostarse (Félix J. Palma: Métodos de Supervivencia. Amor Interactivo).

El libro entero merece la pena. Sigo pensando que Palma es un orfebre del relato corto.

Esa calle a la que vuelves obsesivamente sólo conduce a ti (Juan José Millas: Articuentos).

Si yo le contara, Maestro…

Harto de perseguir animales peligrosos y siempre alerta, se hizo vegetariano. Es mucho más fácil cazar a la gente cuando está distraída buscando bayas y frutos (Pedro Fernández Urtasun: Caníbal).

Qué lástima que Peter Urtasun no se dedique más a esto, porque es buenísimo. ¡Anímeseme, hombre, dele a la tecla, sobrevívase a sí mismo! Si creo que hasta me dedicó un microrrelato, y todo…

Las ilustres familias de los Rodofitas y los Clorofitas llevaban años enfrentándose sin parar. Tras muchos años, el amor prohibido de un descendiente de cada familia dio lugar a un heredero. Felices ante el amanecer de un nuevo futuro, pasó un camión por allí, y las convirtió a todas en harina para pollos. (Pedro Fernández Urtasun).

¿Ven? ¡Já! Yo tengo un microrrelato dedicado y Ustedes no. A chincharse.

A veces encuentro difícil convencerme a mí mismo de que no es una mujer insoportable (Roald Dahl: Relatos de lo inesperado).

¿Hay alguna manera más sutil de decirlo?

Era un exilio tolerable para aquellos que gustaran de la langosta y la soledad y fueran capaces de aceptar las ideas de la cocina irlandesa acerca de lo que podía perpetrarse con el nombre de mahonesa (Saki: Animales y más que animales).

¿Mahonesa? Me cae bien, este Saki. Qué idiotez de guerra que acabó con su vida. A saber lo que habría escrito de haber sobrevivido. Antes de que un francotirador alemán, durante la guerra del 14, fijara la vista en su cabeza, sus últimas palabras en aquella trinchera francesa fueron “¿Queréis apagar de una vez ese maldito cigarrillo?”. Qué gran pérdida.

La recordé entonces hacía tres años, paseando un gato en el parque. Hasta ese momento pensaba que nadie paseaba a sus gatos, y pensaba otras cosas, también. Pero literalmente dejé de pensar (Lara Moreno: Casi todas las tijeras).

Estupendo libro de relatos, también, este de Lara. A ratos, inquietante.

Algunas veces, para eludir el infortunio, uno piensa que sólo puede perderse lo que nunca se tuvo, y que esa ley vale lo mismo para la amistad y el amor que para los encendedores. Al fin y al cabo, vendrá un día en que lo perderemos todo: ya dijo Graham Greene que basta perder la vida para que no le quede a uno nada que perder (Antonio Muñoz Molina: Las apariencias).

Uno piensa eso, sí, pero la cosa es justamente lo contrario. Lo único que uno puede perder es lo que alguna vez uno tuvo. Aunque lo que uno tuviera fuera solo una posibilidad (y no importa que la posibilidad fuera imposible, porque entonces lo que uno tenía era la idea de que esa posibilidad no era imposible) (qué follón he liado, oigan). (Buéh, da igual).

Cierto que en toda aquella agitación, hombre quizá de sumarle más a la vida y de distraer sus acritudes, podía descubrir el hombre algunos motivos fundados. Por ejemplo, el de su naturaleza hipervital, o acaso neurótica, y hecha a la habilidad de eludir, desde chico, dramas, problemas y conflictos, empezado por los de su familia, mediante la costumbre de no parar la mente en cosa alguna más allá de unos momentos. Una capacidad de evasión ayudada, desde la infancia, por una libertad siempre pronta a sustituirle cualquier situación triste, cualquier saber doloroso, por la alegría del mar, de los amigos, de las calles (Fernando Quiñones: Con el Viento Sur).

Al principio les hablaba de Quiñones. Aquí describe a un personaje… que sospecho que es él mismo.

En la esquina, un taxi se paró delante de él, hasta el punto que por poco le arrolla, se apeó una señora con dos niñas, una de las cuales ―quién sabe por qué― no quería salir y tuvieron que estirar de ella con energía. Salió volando. La puerta abierta era una tentación y Albert pensó que cuado un taxi cae del cielo no tiene perdón quien se lo deja perder (Pere Calders: Ruleta rusa y otros cuentos, Ruleta rusa).

Pere Calders era un maestro absoluto del relato, y a pesar de sus pesares (del exilio, de montar una editorial en catalán en el México de los años cincuenta, del desarraigo), en sus textos subyace un humor en apariencia contenido, pero en realidad completamente desbordado. Bien por él.

Cuando uno deja a su amante, la vida debería detenerse; cuando uno se aleja del mundo, el mundo debería acabarse, pero eso nunca sucede (Truman Capote: Cuentos completos).

En efecto. Tan sólo en descubrir eso consiste crecer.

Me llamó el párroco.
―¿Es verdad que en la Plaza Mayor han abierto una tienda nueva que atenta contra el sexto y el noveno mandamiento?
―¿El sex-shop?
―Yo no quiero saber cómo se llama esa guarrada, yo sólo quiero saber si es verdad.
―Es verdad, padre.
―¿Y la gente acude a ella?
―¡Y cómo! No se puede pasar por la Plaza Mayor del gentío que hay
―Pues nosotros también tenemos que abrir una tienda así en la parroquia.
(Sławomir Mrożek: Juego de azar).

Hace poco, en el blog de Maese Javier Miranda (And the Winter is Coming), salió a colación este gamberrísimo polaco. Si pillan alguno de sus demasiado breves librillos de relatos, no los dejen escapar. ¿Otro ejemplo? Ahí va:

―Escucha ―titubeó Cayo.
―¡Dime!
―Si esos cristianos… ya sabes.
―Si los cristianos ¿qué?
―Si llegan al poder…
―¿…?
―¿Podrías dar fe de que no te he obligado a nada?
Salus republicae suprema lex tibi esto ―dijo el león sentenciosamente y volvió a su zanahoria.
(Sławomir Mrożek: El elefante).

Hale. Por cierto, hablando de relatos cortos: nunca pierdan de vista, tampoco, a Woody Allen…

Es todo un reto ―dijo mi mujer, estableciendo el récord femenino de eufemismo en pista cubierta―. Será divertidísimo reformarla (Woody Allen: Pura anarquía).

¿Y como puedo creer en Dios si la semana pasada me pillé la lengua en el rodillo de una máquina de escribir eléctrica? Me siento atormentado por las dudas. ¿Y si todo es una ilusión y nada existe? En tal caso, he pagado demasiado por la alfombra. ¡Si al menos Dios me enviase una señal clara! Como hacer una cuantiosa imposición a mi nombre en un banco suizo (Woody Allen, Sin plumas).

Y acabo con uno de Italo Calvino:

Érase un país donde todo estaba prohibido.
Como lo único que no estaba prohibido era el juego de la billarda, los súbditos se reunían en unos prados que quedaban detrás del pueblo y allí, jugando a la billarda, pasaban los días.
Y como las prohibiciones habían empezado con poco, siempre por motivos justificados, no había nadie que encontrara nada que decir o no supiera adaptarse.
Pasaron los años. Un día los condestables vieron que ya no había razón para que todo estuviera prohibido y mandaron mensajeros a anunciar a los súbditos que podrían hacer lo que quisieran.
Los mensajeros fueron a los lugares donde solían reunirse los súbditos.
―Sabed ―anunciaron― que ya no hay nada prohibido.
Los súbditos seguían jugando a la billarda.
―¿Habéis comprendido? ―insistieron los mensajeros―. Sois libres de hacer lo que queráis.
―Está bien ―respondieron los súbditos―. Nosotros jugamos a la billarda.
Los mensajeros se afanaron en recordarles cuantas ocupaciones bellas y útiles existían a las que se habían dedicado en el pasado y a las que podrían dedicarse nuevamente de ahora en adelante. Pero los súbditos no hacían caso y seguían jugando, un golpe tras otro, casi sin respirar.
Comprobando la inutilidad de sus intentos, los mensajeros fueron a comunicarlo a los condestables.
―Muy sencillo ―dijeron los condestables―. Prohibamos el juego de la billarda.
Fue la vez que el pueblo hizo la revolución y los mató a todos.
Después, sin perder tiempo, volvió a jugar a la billarda
(Italo Calvino: La gran bonanza de las Antillas).

8 comentarios to “Citas XXXIX (en relatos breves)”

  1. Guiomar Says:

    Quiñones; un tipo superapasionado que rezumaba y transmitía la alegría de vivir. La alegría de los amigos, del mar y de las calles, espacio de libertad donde cada uno merece la posibilidad de no ser nadie. También me hace recordar esa expresión tan de aquí: “Salir a cuerpo”.

    Y ése de nombre romulano (Mrozek), me tiene que gustar, fijo que sí. Besos mil

  2. eroticon Says:

    ayer mismo me hubiera venido de perlas, del bracete con un chulapo como usté paseando por la feria del libro de Madrí,
    porque para no comprar cualquiera me vale que los compre…
    este año tienen el lema de “por el libro de papel” , y asústese, el “están” más grande el de Sansung, todo lleno de crios hasta rebosar.

  3. Confusio Segundo Nán Says:

    Casi todos, buenísimos. Pero en el comentario sobre la Moreno, me ha dado un ataque de tos; de la risa.

  4. Microalgo Says:

    Pues me ha negado la mayor, la Moreno, diciendo que no avasalla ya nada (fíese de ella y no corra, Maese Nán).

    Pues habría sido un placer para mí también, Dama Eroticon, patear feria del libro de la Villa y Corte en tan buena compañía. La de mi ciudad es un tanto triste, para qué engañarla. Lo que me cuenta del están de Samsung es para temblar.

    Espero que disfrute de los libros de Mrozek y de Rellán, Dama Guiomar. Son divertidísimos. Para sufrir ya está el telediario.

  5. Salamandra Says:

    De Quiñones recuerdo «Las mil y una noches de Hortensia Romero» y una de las primeras retransmisiones de la final del Falla en la que, entre aplausos del público, estuvo a punto de lanzar al Maspapas desde un palco del segundo piso donde lo estaban entrevistando.

  6. Microalgo Says:

    Era un gamberro. Yo lo veía los domingos por la mañana limpiando de restos de cigarrillos la Caleta, para que la gente se la encontrara más limpita.

  7. Pasquino Says:

    Y supongo que la cuestión es desde dónde llegaba, los domingos por la mañana.

  8. Microalgo Says:

    Desde dónde llegaba… él. Porque yo iba a bucear. Ya sabe que es difícil haerme trasnochar, Pasquino. Sin una buena excusa, quiero decir.

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