Trieste

Pocas cosas se salvan de la severa ley del presente. Las ciudades son una de esas cosas, porque mezclan los tiempos, extienden la realidad, y lo que ha desaparecido vive junto a lo que permanece, a lo que nace, a lo que se impone de manera rotunda con su presencia (Luís García Montero: Mañana no será lo que Dios quiera).


Canal

Una foto de la infancia: el Canal y la Iglesia
de San Antonio Taumaturgo.



Ilírica al principio, romana después, bizantina más tarde hasta que se hizo parte del reino franco, durante un tiempo ciudad independiente hasta que la volvieron veneciana, luego el único puerto marítimo del imperio austrohúngaro, y por fin italiana, desde 1920. Con un dialecto propio cercano al veneciano antiguo, Trieste es un ordenado batiburrillo, un palimpsesto tranquilo donde los apellidos eslovenos, italianos, dálmatas y austriacos deben convertir la lectura del boletín telefónico en algo incluso divertido. No extraña que Álvaro Mutis hiciera nacer a su personaje femenino principal, Ilona Grabowska, en Tireste. No sabemos de dónde es Maqroll, el gaviero. Su amiga y amante, Ilona, es de Trieste, que es como ser de muchos sitios.

Trieste es una ciudad adinerada. Si alguien pasea a un perro, éste nunca es un chucho. Es un perro caro, de marca, que nadie ataría a una farola si tuviera que dejarlo un momento para entrar en una charcutería. Por favor, no. Un perro así tiene que tener su propio ganchito a la puerta del comercio.

Gancho para perros

Los triestinos, como los venecianos, siembre han sabido cómo hacer dinero. Algunas de las primeras aseguradoras del mundo nacieron aquí. Muchas de ellas nunca han quebrado y aún siguen. Échenle un ojito a los edificios de estas aseguradoras y me dicen.

Aseguradora I

Aseguradora II

Aseguradora III

Los escaparates de cualquier cosa, en Trieste, se convierten en escaparates de joyerías. Aunque vendan esponjas marinas.

Escaparates

El orden impera de tal manera (no parece Italia), que lo único que está desordenado es aquello que no debería estar ordenado: las librerías de viejo, enormes, fantásticas, alérgenas, que dan la sensación de que debajo de un legajo uno aún puede encontrarse un Stradivarius.

Librería de viejo

Paseando por Trieste uno no debe mantener la vista en el suelo. Merece la pena alzar los ojos porque en medio de la pared de cualquier calle puede haber una pequeña escultura que debería estar en un museo.

Esculturita Trieste

Eso sí, un único detalle extraño de Trieste. Las manchas del suelo.

Chicles

¿Son chicles? Parece que sí, pero la ciudad está estampada con ellos. Y no hay una distribución heterogénea de la densidad de manchas (que sería esperable en las puertas de los colegios o en zonas más transitadas). ¿Heces de los numerosos cuervos grisáceos que habitan la ciudad? No, en las carreteras no hay. En realidad sí que parecen chicles. Los triestinos deben de ser la población más adicta a los chicles del mundo y la más propensa a tirarlos al suelo. No sé.

La Inquisición la llevaría cruda en Trieste. Abundan los templos católicos (como la iglesia de la foto de entrada, o la Catedral de San Justo), pero no falta una sinagoga, un centro cultural islámico, una preciosa iglesia ortodoxa griega, con todos los carteles (hasta los horarios de las misas) en griego…

iglesia ortodoxa greiga

… o una maravilla de iglesia ortodoxa serbia, con todos los carteles (incluidos los horarios de las misas) en cirílico.

Iglesia ortodoxa serbia

Hay sitio para todos, en Trieste. Hasta para los que solo creen en las aseguradoras.

En medio de la ciudad, doblando una esquina, uno puede encontrarse un arco romano, o, perfectamente integrado en el paisaje, junto a un supermercado, un teatro del siglo segundo.

Teatro romano

A unos minutos en autobús de línea, uno llega a una cueva situada en la montaña cercana cuya escalinata interior me daba vértigo hasta a mí. Desde la ciudad, pillen la línea 42 y en un cuartito de hora están a tiro de piedra de la entrada de la gruta. Merece la pena.

Cacho cueva

(Esas dos líneas verticales que ven en la foto, al fondo, son dos tubos de plástico de ciento y pico metros de longitud que aíslan del aire a dos péndulos que se usan para medir la “marea de tierra“… qué cosas).

Es esta una ciudad de escritores, de poetas. Paseando por sus calles se cruza uno con el mismísimo Umberto Saba…

Umberto Sava

… pero quien es una presencia constante es James Joyce. Hay numerosos recuerdos de su estancia esta ciudad, que habitó durante casi una década. Al parecer, este irlandés errante no perdonaba el cafelito diario en la diminuta pastelería Pirona, donde uno se toma un café y un minipastelito de pie, porque no hay sitio para sillas ni mesas. Carísimo, todo, pero merece la pena.

Joyce en Pirona

Cafés mucho más señoriales abundan en la ciudad. El muy antiguo Caffè San Marco es frecuentado por gente del mundo de la cultura y no es difícil encontrarse con Claudio Magris por allí (no fue el caso, pero la Dama de los Lunares no paró de mirar, por si las moscas). En el siglo XIX, los irredentistas (movimiento político que pretendía desligarse de Asutria y unirse a Italia) se reunían allí hasta que los guardias austriacos entraron a lo burro y quemaron el café. Ardió entero… excepto la barra. Y conservando la misma barra del antiguo local, lo reconstruyeron.

Café San Marcos en Trieste

El más antiguo de Trieste, sin embargo, es el Caffè Tommaseo, elegante y decimonónico. No es necesario tomarse un café en cada uno de estos establecimientos (aunque la Dama de los Lunares no los perdona). Uno puede alternar con las deliciosas spremute, zumos naturales de naranja sanguina preparados al momento. Cuando con el café te agasajan con unas pastitas, una chocolatina y un vaso de agua, uno se siente en paz con la civilización occidental, a pesar de sus numerosos defectos.

Spremutta y café en Tomaseo

Y cómo íbamos a irnos sin comer en Trieste. En cualquier restaurantito les pueden cantar, además de lo que pone en la carta escrita, el menú del día. Ojo con dónde se meten. Hay algunos locales en los que ese menú es el baratito, mientras que en otros lo que te ofrecen de viva voz está fuera de carta en el sentido feniciogaditano del término: van a clavarte, y te clavan. Todo está buenísimo, pero los precios pueden ser un tanto excesivos.

Sin embargo, váyanse al restaurante Da Giovanni, una trattoria popular, y verán canela en rama. El dueño, a la hora de comer, se sienta a una mesa de la sala y come allí, discutiendo de política a voces con sus amigos de las mesas contiguas o incluso alejadas. Es fácil de encontrar: miren, desde el Canal, a la iglesia de San Antonio Taumaturgo (la de la foto del inicio del post), y avancen por el lateral izquierdo de la iglesia. Tomen la primera calle que cruza por detrás de la misma, a la izquierda (Via San Lazzaro) y ahí está, ese es el sitio.

Giovanni

Con que se pidan un platito de embutidos y quesos de la zona…

embutidos en Giovanni

… y unos gnocchi (primer plano) o unos tortellini de espinacas y piñones (al fondo), todo regado con el tintorro de la casa, van listos, y a muy buen precio. Nosotros repetimos un par de días.

Gnocchi en giovanni

Por último, hay un local que NO DEBEN perderse en Trieste. Precisamente, el primer día, que llegamos tarde, muertos de frío y despistados, nos perdimos, y acabamos preguntando allí por el hotel (el Hotel James Joyce, por cierto). El camarero, un majara amabilísimo, nos hizo un plano. Era muy tarde y llevábamos todo el día de viaje, pero nos prometimos, a la primera que pudiéramos, volver y tomarnos algo. Y lo prometido es deuda.

Se trata del pub del Mastro Birraio (maestro cervecero) Daniele Stepancich, sito en la Via Venezian número 24/b.

Mastrobirraio

Allí te ponen unas cervezas de este pelo,

Cervezota

tiradas con su tiempo, su pausa y con todo el cariño, en un ambiente estupendo y una música buenísima al volumen perfecto. Tu vasito de cacahuetes al lado, y cuando preguntas por esos raros whiskys de malta que hay en la estantería (se anuncian como schiaffo di malta, un “bofetón” de malta)…

Whisky

… te los acerca, te los describe, te advierte que tienen casi sesenta grados y educadamente te dice el precio que tiene que cobrar por ellos. Cuando le decimos que queremos probar un par de los que tiene nos mira con otra cara (anda, unos picaos de lo güeno), te los sirve con una medida metálica, aspira embriagado el aroma que ha quedado en el vasito de latón, hace un gesto italianísimo de delicia, y te trae unas tapitas de pan con aceite de oliva y bresaola (el jamón curado de allí), porque esas cosas no es bueno bebérselas a pelo. Vasos con forma de campana para que no se escape el aroma del whisky, y ¿una jarrita de agua y dos vasitos aparte? Por supuesto que sí, lo celebra convencido de haber encontrado dos almas gemelas.

¿De Cádiz? Anda, yo he estado un par de veces allí, y me encanta el pan de Cádiz…

(Ni que decir tiene que ya le hemos mandado un paquetito con pan de Cádiz… y amarguillos de Medina Sidonia, para que vaya ampliando horizontes).

Daniel

Lo dicho: si pasan por allí, no se lo pierdan. Este hombre es un espectáculo.

Y en fin. La única referencia visual que la Dama de los Lunares tuvo durante casi toda su vida de la muy hermosa ciudad de Trieste fue la foto del canal con la iglesia de San Antonio Taumaturgo al fondo que ilustraba, en la enciclopedia que había en su casa, la entrada que nombraba a la localidad. La PequeDama miraba y remiraba esa foto. La contempló cientos de veces cuando era pequeña. Una foto casi idéntica a la del inicio de este post.

Como en una novela infantil, hizo pop y se metió, al fin, en la foto.

Su allí

Ahí está, a la derecha, a la altura de la casa amarilla, con su bolso de cuadros. Tan contenta.

10 comentarios to “Trieste”

  1. ClementeMat Says:

    De verdad que dan ganas de viajar a Trieste ,,, vaya trabajazo de post. Un placer.

  2. Anarkasis Says:

    Si no es por lo del bolso a cuadros no reconozco a Alicia

  3. Microalgo Says:

    Lleva dentro las setas y las galletas, Dama Anarkasis.

    Y no tanto, Maese Mat. Estos post se escriben solos. Sí que merece la pena Trieste, sí. Aunque como Barcelona, necesita de ciertos fondos en la bolsa para verle el lado amable.

  4. Glomus Says:

    Se huele, se escucha, se saborea, se ve, se toca…y porque no hay más sentidos. Coincido con ClementeMat, gran trabajo que agradecemos los viajeros que gustamos de exprimir hasta la última gota de una villa en lugar de saltimbanquear de un lado a otro.

  5. Sérilan Says:

    Que lindo paseo nos ha regalado por ésta hermosa ciudad. La incluyo entre mis prioridades

  6. Guiomar Says:

    Me encanta. Y no sé por qué, después de leer el post, me ha quedado la sensación de que Trieste (de la que no sabía absolutamente nada), desde su nombre mismo, es una ciudad imaginaria, imposible, al estilo de Italo Calvino, Sofronia, por ejemplo. Gracias por hacernos, a varios Kublai kan, de Marco Polo ibérico.

    Uf, y cómo me siento identificada con la Dama de los Lunares. La enciclopedia casera me salvó la vida tantas veces…

  7. Microalgo Says:

    Pues sí que es una ciudad un tanto italocalvínica, ahora que lo menciona, Dama Guiomar. Gracias a Usted y a Maese glomus por el comentario. Un día (que nos toque la lotería) merecería la pena coincidir allá.

    De lo más recomendable, Dama Sérilan. Y no muy lejos de Venecia, en tren. Venecia es el próximo (y último) post de ese viaje, pero va a ser difícil no hacer una visión tópica de la Serenísima. A ver.

  8. Pasquino Says:

    Sí, la enciclopedia de casa… cuando voy, sigo mirando alguna que otra cosa junto con mi madre, normalmente para reírnos. Es de los ritos que aún se mantienen.
    (…recordar no volver a leer post de viajes a ESTAS horas, recordar no volver a leer otro post de viajes a ESTAS horas, recordar…)

  9. Microalgo Says:

    Ops. Lo siento, Maese Pasquino.

    Por cierto… vaya soba nos dio la Dama Luli ayer, en el Póker. Hombre, no es que me alegre de que se vaya a vivir al Pagí de la Frans, pero si iba a ponerse así muy seguido…

  10. Filla Says:

    Oh! Señor mío, qué delicia…

    Allí mismo, en Da Giovanni, comí en mi última visita a Trieste.

    Y qué hago ahora yo con estas ganas, eh?!

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