Citas XXXIV

Los escritores, buenos o malos, los escritores acaban por dejar su oficio. Así, sin más ni más, como el que envía a un asilo un hato de prendas usadas. Pero rara vez abandonan la literatura. Unos se convierten en lectores recelosos, acérrimos o vagos, entusiastas o reticentes; otros, los menos, deciden que, puestos a romper con la batuta, hay que saltar al sitio de la orquesta. A la literatura sólo se la desdeña a favor de la vida. Y no hay vida más plena que la literatura. Cuando se entiende esto, uno se convierte, a pies juntillas, en personaje. Yo lo aprendí hace tiempo. Estoy convencido de que a mí también me escribió Homero (Juan José Téllez: Territorio estrecho).


En este caso, el “pasar página”
supone el empleo de una grúa.



Cada vez me admiro más de la cantidad de posts de citas que voy metiendo. Para no prodigarlas mucho, desde hace algún que otro año he decidido que cuando desaparece un post de citas del listado de la derecha, meto otro. Es decir, cada ocho o nueve post, va uno de citas.

Esta vez, sin tema concreto. La vida, el amor, la muerte, el humor, soltar ratones en una merienda, todo es uno en esta amalgama de causas y azares a la que llamamos vida.

Qué bonita, mi digresión previa. Oghf.

Empecemos por una cita vergonzante del discurso preliminar el acta de promulgación del la Constitución de 1812:

El Estado, no menos que de soldados que la defiendan, necesita de ciudadanos que ilustren á la Nación, y promuevan su felicidad con todo género de luces y conocimiento. Así que, uno de los primeros cuidados que deben ocupar á los representantes de un pueblo grande y generoso es la educación pública (Constitución Política de la Monarquía Española promulgada en Cádiz a 19 de Marzo de 1812; Discurso preliminar).

¿Oído cocina, señores políticos? Seguro que no…

La gente era así de extraña. Roba cinco dólares y eres un vulgar ladronzuelo. Roba miles de dólares y eres o bien un gobierno o bien un héroe (Terry Pratchett: Cartas en el asunto).

Tienen suerte de que nuestra educación previa nos haya orientado hacia no creernos nada, ni de Ustedes ni de las revoluciones que los derrocarían.

El escepticismo es lo único que nos protege de los extremos devastadores (Rafael Reig: Todo está perdonado).

Los veía levantarse para cantar himnos al final de los banquetes literarios y lo que sentía no era discordia ideológica, sin vergüenza ajena (Antonio Muñoz Molina: La noche de los tiempos).

Aunque sigue dándonos en la nariz que lo que Ustedes cobran no se correlaciona ni con lo que trabajan Ustedes ni, sobre todo, con los resultados que obtienen.

—El trabajo honesto es algo que me repugna en extremo. Me parece humillante hacer un trabajo para que otra persona, encima, me pague por ello. Además, es agotador. Siempre me han dado lástima los que viven obsesionados por el trabajo.
—Seguro que es una pregunta tonta, pero… ¿tú tienes conciencia?

(Arto Paasilinna: el bosque de los zorros).

Y bueno. Que, al menos los que trabajamos en ciencia, pese a que sabemos que pintan bastos, inexplicablemente seguimos atareados con lo nuestro, tal vez por pura inercia, porque no sabemos hacer otra cosa, o tal vez…

Evidentemente, tengo una rara capacidad para que acabe gustándome lo que he de hacer por obligación. Ello me ha creado fama de bicho raro entre mis conocidos. También eso me encanta, y lo cultivo, lo mismo que tender la ropa o fregar los cacharros. ¿Es grave, doctor? (Juan José Millás: los objetos nos llaman).

Esto tiene su parte buena, porque los tiempos de rutina son siempre tiempos pacíficos para los humanos (aunque los románticos puedan despreciar esos momentos, y ya no sé si incluso con razón), pero tiene la parte mala de la falta de reacción ante situaciones complejas.

—Señor —exclamó el teniente primero irrumpiendo en el camarote del capitán—, el barco está hundiéndose.
—Está bien, señor Spoker —dijo el capitán—, pero ésa no es razón para que se presente usted a medio afeitar. Ponga a prueba su inteligencia, Señor Spoker, y verá que para una mente filosófica no ha ocurrido nada nuevo. Puede afirmarse que el barco, si es que está hundiéndose, estaba hundiéndose desde el momento en que fue botado.

(R.L. Stevenson: El barco que se hunde. En “Con la risa en los huesos”, Óscar Sacristán Edr.).

La anestesia ante ciertos estímulos, en ocasiones, proviene del exceso o la continuidad de tales estímulos. Los neurólogos lo tienen más que comprobado. Y tal vez la clase política lo sepa demasiado bien.

Una notica es aquello que le interesa a un tipo al que nada le importa apenas (Evelyn Waugh: Noticia bomba).

In somma, sin menoscabo de que a veces sea necesario levantarse de la silla para pegar un grito, siempre me pareció importante no hacer cosas de las que luego pudiera arrepentirme. Queda bonito decirlo, pero ni siquiera sé si intentarlo merece la pena.

—Es demasiado larga, la vida —repitió el Lluent—. Al final, lo único importante es no morir avergonzándonos de lo que hicimos, y no es fácil. Yo ya no lo voy a conseguir (Pedro Zarraluqui: Un encargo difícil).

Pero eso sí: la ética la elige cada uno (tal vez en función de lo que uno es capaz de engañarse a sí mismo, quién sabe). No hay que permitir que la elijan por ti.

Resulta interesante que los dioses del Disco nunca se han molestado mucho en juzgar a las almas de los muertos, de forma que la gente solamente va a parar al infierno si es ahí donde creen en el fondo de su alma que merecen ir. Cosa que no harán si no saben de su existencia. Esto explica por qué es importante disparar a los misioneros en cuanto se les ve (Terry Pratchett: Fausto Eric).

Esto nos lleva a un terreno filosóficamente peligroso, es cierto. Porque no me dirán que la discusión que mantienen Guillermo y sus amigos no está absolutamente cargada de lógica y de razón… al menos desde cierto punto de vista.

—Escuchad —dijo Guillermo—. Aún no he pensado nada emocionante para la fiesta que da Ethel mañana. A ver si se nos ocurre algo.
—Disfracémonos de asaltantes y ataquémosles —sugirió Pelirrojo.
—Soltemos algunos ratones —dijo Enrique—. Yo puedo conseguirlos.
—Pongamos una culebra encima de la mesa del té —propuso Douglas—. Eso les asustará mucho.
—Pero yo quiero que sea algo que les «divierta» —dijo Guillermo.
—Bueno, pues todas esas cosas les divertirían —replicó Pelirrojo —, disfrutarán hablando de ello y contándoselo luego a otros, aunque no disfruten en el momento. Tiene que ser algo que les haga «recordar» la fiesta; si es una reunión vulgar y aburrida, la gente no tendrá nada que recordar.
—Y a mí se me ocurre otra cosa —dijo Douglas—. Y es que mientras meriendan hagamos explotar un poco de pólvora. Y otra buena idea es poner engrudo en los sombreros, así cuando lleguen a sus casas no podrán quitárselos. Apuesto a que se reirán de lo lindo…

(Richmal Crompton: Guillermo el pirata).

Y bueno. Sin salir del territorio de la cita anterior, ni le doy la razón ni se la quito a Antonio Valle (magnífico, este librito, por cierto), pero déjenme acabar con una curiosa cita que, en realidad, versa sobre lo inevitable del paso del tiempo.

Hasta que alguien prefirió pasar la tarde con una chica, intentar un beso, meter mano, probar algo. Con la llamada de la selva, algún imbécil adelantado creyó mejor una caricia femenina que un partido cinco contra cinco (Antonio Valle: Naturaleza perfectamente azul. En: “El día más feliz de mi vida fue cuando se estrelló el camión de Foskitos”).

Hale. Quiéranse un ratito, que es gratis.

6 comentarios to “Citas XXXIV”

  1. Salamandra Says:

    Y roba millones y sales en la tele, pero en una tertulia.

  2. Rímini Says:

    Jeje… La llamada de la selva… algunos se tuvieron que pasar al cinco contra uno.

  3. Microalgo Says:

    Pues sí. Que también es muy sano…

    Sé a quién se refiere, Salamandra. A mí me parece una ignominia. Sobre todo que escriban libros sobre ética.

  4. Portorosa Says:

    Fantásticas, todas sin excepción; aunque me ha hecho especial gracia (al margen del siempre gran Guillermo) la de Stevenson.

    Gracias, Micro. Un abrazo y buen fin de semana.

  5. Microalgo Says:

    Igualmente, compañero.

  6. ronronia Says:

    Yo voy a empezar a disparar a los misioneros en cuanto me haga con algo que lance proyectiles.

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