Canino

Todos los perros son ludópatas (Felipe Benítez Reyes: Mercado de Espejismos).


Canis sum, sed formoso.



Creo que lo he sabido siempre. Tengo un temperamento canino.

Eso no es ni bueno ni malo: es y ya.

Corrijo: es bueno y es malo, que no es lo mismo que la frase anterior, porque no se igualan numerador y denominador.

La falta de doblez, a priori, puede parecer una virtud, pero si lo analizamos bien (y dado que este mundo es más Gehena que paraíso), es una desventaja tremenda. Sobre todo jugando al póker (es difícil no mover el rabito ante un full de ases y reyes). Pero, por otra parte, un perro contento es el animal más inequívocamente contento del planeta. No me imagino a un perro fingiendo alegría si no la siente.

¿Qué ha pasado en el mundo para que, en lugar de ser solo lo contrario de culpable, la palabra inocente haya adquirido matices peyorativos?

El frecuente apego cuasi-patológico a ideas y personas es otra de las marcas del perro. Nótese que estaba tratando de esquivar, tal vez con poca cintura, la palabra “fidelidad”, porque en términos humanos parece restringirse solo a la pareja, y uno se olvida de los amigos (a la familia, se sobreentiende: la especie es Canis familiaris), cuando en realidad el vocablo los engloba también. Hay amigos a los que, tal vez, yo debería haber mandado a la porra hace tiempo (un gato lo habría hecho años ha), y no ha sido así porque mis amigos tienen una consideración especial. Tienen un plus de mi aguante, porque son mis amigos. ¿Absurdo? Es posible. Pero, en ocasiones, ha merecido la pena.

Por supuesto, este apego no tiene que ser eterno, y los perros pueden cambiar de dueño. Pero no con mucha facilidad, ni muy frecuentemente. Hay que hacérsela muy gorda a un perro para que se largue.

Como dice Benítez Reyes, los perros son (somos) ludópatas. No sé dónde escuché una comparación hombre-perro frente a mujer-gato, alegorizando con el juego-sexo (no es mía, amigas feministas: no os lancéis a mi yugular. Solo hago eco): Cuando tú no quieres jugar, el gato quiere. Cuando quieres jugar, es cuando no quiere él. Cuando tú no quieres jugar, el perro quiere. Cuando quieres… pues también. Siempre quiere. Siempre.

En descargo del cánido ludópata, debo decir que es un axioma reconocido por todos los etólogos de cualquier escuela que la duración de la etapa del desarrollo en el que los individuos de una especie juegan (alegoría juego-sexo mode off) (o no, ahora que caigo) está directamente relacionada con la capacidad intelectual de la especie. Humanos, primates, delfines, nutrias, aves prensoras (etc.) juegan toda su vida, y son (excepto algunos economistas, que parecen pertenecer a la primera especie citada) de los bichos más inteligentes. Hormigas, lagartijas, acedías, lapas, ranitas de San Antonio (etc.) no juegan un carajo ni de pequeñitas, y así les va, desde un punto de vista cortical-neurológico.

Los perros se encuadran, clarísimamente, en el primer grupo.

De cualquier manera, un ser de estas características tiene pocas defensas en un ambiente agresivo. Basan su éxito evolutivo, sin duda, en la asociación (con humanos, por cierto), y toda conclusión que se derive de esta premisa es claramente negativa. Tal vez una de las pocas barricadas que le quedan a estos bichos es, precisamente, esa: si les haces daño es que eres un verdadero cabrón con pintas, y allá tú con tu conciencia. Y sí, hoy la conciencia es una barricada de papel, qué le vamos a hacer.

Pero en fin. La tendencia fernandoquiñonesca de los perros perrunos a tener poca memoria para lo malo y a disfrutar con el hueso que tienen entre los dientes (el hueso mordido es la metáfora perfecta del aquí y ahora) es una característica indudablemente positiva, y aprovecho y con ella también me quedo, ya que está en mi naturaleza.

Su seguro servidor, arf, arf.

8 comentarios to “Canino”

  1. Salamandra Says:

    Cuando he visto el título he pensado que los recortes habían sido más importantes de lo esperado, o que se había olvidado el bocadillo en casa.

    Una petición a mujeres de que no se lancen a la yugular es más bien invitación.

    Y ahora me vuelve a apetecer como muchas veces desde que me mudé a la casa nueva adoptar un perro.

  2. laluli Says:

    Yo también debo tener algo perruno, porque lo de los faroles en el poker lo llevo fatal.

  3. Ronronia Adramelek (@Ronronia) Says:

    Yo de gato tengo poco, soy también más bien chucha.

  4. NáN Says:

    Me parece cojonudo lo de “perro ludópata” y la distinción con el gato: que el perro quiere jugar tanto cuando quiere él como cuando quieres tú.

    También me parece sensacional, por la coincidencia con mi sentir (que no puede cantar ni quiere, a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la mar). Dicho con todo respeto al misterio que me produce que hasta el andaluz más descreído vibre al ver los pasos de Semana Santa. No se puede entender todo en este mundo. (Entender el peronismo es otro de los enigmas al que no veo solución).

    A lo que íbamos. Si todo me gusta tanto, ¿para qué comento?

    Pues es que me has ofendido, amigo, al hablar mal de las lagartijas. Cuando te preguntan ¿qué animal serías?, como el rayo pienso: lagartija. Y es que andar por ahí meneándome como un poseso y sobre todo, en cuanto hace sol, buscar una piedra y quedarme bobo bajo el sol, me parece la experiencia más fantástica. (por no mencionar que si pierdes el rabo, te vuelve a crecer).

  5. Rímini Says:

    Jo, Micro. Tienes razón; no lo había visto así hasta ahora. Eres perro. Muy perro.
    Y eso me hace recordar a Coco (1976-1994): uno de mis mejores amigos de toda la vida. Nunca me pidió nada; si acaso, los restos del arroz y pasarle de vez en cuando la palma de mi mano por la cabeza. A cambio, me recibía cada día al llegar a casa como lo hacen esas parejas idílicas de los anuncios: dispuestas, sonrientes, entregadas… sus dos patas en mi pecho (las siento ahora).
    Está enterrado en el jardín de mi casa, la de mi infancia, como mi infancia.

  6. Microalgo Says:

    Maese Rímini, ya se lo he dicho unas cuantas veces. Si yo tuviera la más mínima neurona trastocada, le haría lo que Cathy Bates a James Caan en Misery, incluídos los mazazos en los tobillos para que no se escapara (me iba a doler más que a Usted, ya sabe que lo aprecio mucho), con tal de que Usted escribiera más. Hombre, no es del todo una amenaza.

    No son malas consideraciones, a favor de la largartijas, ésas que Usted anota, Maese Nán. Pero aún así, no veo yo que sean bichos muy cognitivos… y bueno, los mamíferos nos hemos ganado el derecho (revanchista) evolutivo de chuflearnos de los reptiles, que por poco estuvieron a punto de dar al traste con nuestra línea genética hasta que (parace ser) que algún Dios misericordioso, en lugar de jugar a los dados, jugó a los bolos y mandó un peñasco a darse un rijostiio contra la Tierra (amén).

    Como comentaba, Damas Luli y Ronronia, aunque me reconozco perruno no estoy totalmente en contra del comportamiento gatuno, que a veces me parece más digno que el mío. Es sólo que asín soy, qué le voy a hacer…

    La alergia, Maese Salamandra, me libra de la disyuntiva acerca de si tener o no tener perro. Porque tiene sus ventajas (claras) y sus inconvenientes (obvios).

  7. Salamandra Says:

    Yo soy alérgico al gato y hay gato en casa.

  8. Microalgo Says:

    ¿Y cómo sobrevive? Bueno, un gato puede no ser tan afectuoso como un perro…

    Afectuoso: Adicto a ser un incordio. La criatura más afectuosa del mundo es un perro mojado (Ambrose Bierce: El diccionario del diablo).

    … pero aún así, ¿no le da la moquera de vez en cuando?

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