Citas XXXIII

Para recordarnos que la alegría no es un invento de los inocentes para engañarse a ellos mismos (Álvaro Mutis: Empresas y Tribulaciones de Maqroll el Gaviero).


Ñiej, ñiej.



Como las noticias son últimamente tan fatalísimas, les voy a dejar esta vez unas cuantas frase-citas (jé) que muevan a la sonrisa.

Para empezar, tres de Pratchett, de tres libros distintos.

A Rincewind le habían contado que la muerte es como irse a otra habitación. La diferencia es que, cuando uno grita: «¿Dónde están mis calcetines limpios?», nadie le contesta (Terry Pratchett: Fausto Eric).

—Nosotros hemos perdido a casi ochenta hombres —dijo el capitán.
—¿Cómo? ¡Es terrible!
—Bueno, unos sesenta son deserciones, por lo que se puede saber. Siempre pasa en esta clase de líos. Probablemente algunos solo hayan hecho una escapadita para ver a sus queridas madres.
—Ah, bueno, desertores. Nosotros también tenemos a algunos. ¡En la caballería! ¿Cómo llamarías a la gente que abandona a su caballo?
—¿Infantería…?
(Terry Pratchett: Ronda de noche).

Rincewind suspiró de nuevo. Estaba muy bien apoyarse en la lógica pura, decir que el universo estaba regido por la lógica y por la armonía de los números, pero lo obvio era que el disco atravesaba el espacio a lomos de una tortuga gigante, y que los dioses tenían por costumbre rondar por las casas de los ateos para destrozarles las ventanas (Terry Pratchett: El color de la magia).

Es que cualquier cosa que uno se lea de este hombre…

A pesar del fondo pesaroso de esta novela de Reig (que, formalmente, es impecable, por cierto) (la novela, digo; él, pues no sabría decirles), este escritor siempre tiene tiempo para tirar de ironía buena…

—En cierto modo sí. Los gnósticos son muy particulares: son propietarios de ciertos conocimientos secretos que, por sí solos, garantizan la salvación a quien los reciba. Ahí queda eso.
—¿Y qué se supone que es? ¿Una ecuación matemática? ¿La fórmula Omega? ¿Una receta de cocina?
—¡Oh, por favor! No es nada, qué va a ser: vaguedades, ideas de bombero dichas con una voz en off, como los hipnotizadores. En teoría es un proceso, una ascesis. Cuando llegas al final, has recorrido tanto camino que se te quitan las ganas de volver atrás. Por eso te dices que ha valido la pena. No te queda otra. Así que ya tienes el dichoso «conocimiento», aunque por supuesto eres incapaz de expresarlo con palabras: es inefable, mira tú por dónde. No vale decirlo sin más, el que quiera gnosis, que se moje el culo. Que haga el mismo camino agotador, no te fastidia.
(Rafael Reig: Todo está perdonado).

Descubrí hace poco a Antonio Valle. Un día les plantaré como cita uno de sus cuentos completos (por ejemplo, el que da título al libro del que está extraída esta cita):

CUENTO CLÁSICO
EN EL QUE HAY HÉROE, MALVADO, BUSQUEDA, ENFRENTAMIENTO Y SOLUCIÓN FELIZ O TRÁGICAMENTE MÍTICA, SEGÚN SE IDENTIFIQUE EL LECTOR CON EL HÉROE O CON EL ANTIHÉROE, QUE COMO SIEMPRE SUELE HABITAR EN LUGARES RECÓNDITOS Y ENSOÑADORES COMO EL DESVÁN, AUNQUE PUEDE SER TODO A SU VEZ UNA METÁFORA COMPRENSIBLE FÁCILMENTE EN TÉRMINOS PSICOANALÍTICOS, DE IGUAL MODO QUE LA PREFERENCIA DEL LECTOR POR UNA U OTRA FIGURA PUEDE SER REVELADORA DE SU VERDADERA CONDICIÓN.
(ESTA NO ES UNA PRUEBA PSIQUIÁTRICA VÁLIDA SIN LA ESTIMACIÓN DE UN ANALISTA CUALIFACADO, PARA MÁS INFORMACIÓN PÓNGASE EN CONTACTO CON ACME Y ASOCIADOS).

Mi padre encontró un ratón en el desván y lo mató.

(Antonio Valle: El día más feliz de mi vida fue cuando se estrelló el camión de Foskitos).

Aunque últimamente uno tiene que tener cuidado con los derechos de autor, y eso. Tal vez haya que preguntarle antes.

Otra: cómo usar la chulería hasta en las circunstancias más extremas, por Richmal Crompton:

—Llevas una araña en la nariz —comentó en tono frío.
—Lo sé —replicó Guillermo —. La he amaestrado para que se esté en mi nariz.
Y dicho esto continuó su camino y no se detuvo para quitarse la araña hasta estar bien lejos de Víctor.
(Richmal Crompton: Guillermo el pirata).

Leí hace poco un libro de relatos humorísticos, pero la mayoría eran un tanto victorianos y tampoco es que me cayera de la silla con casi ninguno. Pero, oh, milagro. De entre tanto texto anglosajón el más divertido era uno… escrito por ya saben.

A las siete en punto de la tarde, cuando los primeros voceadores del Worker se refugiaban en los bares del Upper Tames Street a jugar al marro, Sherlock Hokmes me llamó a su habitación.
Comparecí rápidamente suponiendo que sucedía algo grave; y en efecto el problema era de alivio: Sherlock Holmes se había roto en seis trozos los cordones de sus zapatos.
Durante varios minutos le ayudé a luchar contra el Destino, pero ambos fracasamos visiblemente, y, de no haber acudido la señora Padmore en nuestro auxilio brindándonos la brillante idea de pegar el zapato al calcetín, es posible que Sherlock no hubiera figurado nunca en el tomo H de la enciclopedia Espasa, donde, como se sabe, no figura.
(Enrique Jardiel Poncela: La momia analfabeta del Craig Museum. En “Con la risa en los huesos”, Óscar Sacristán Edr.).

Umberto Eco puede hacer una reflexión sesuda, pero, a la vez, mal que le pese a Jorge de Burgos, es capaz de ilustrarla con una sonrisa:

El Papa y el Dalai Lama pueden pasarse años discutiendo si es cierto que Jesucristo es el hijo de Dios, pero (si están bien informados sobre literatura y cómics) ambos tienen que admitir que Clark Kent es Supermán y viceversa (Umberto Eco: Confesiones de un joven novelista).

Y bueno. Casi por terminar, tres citas aplicables a la actualidad. La última, tal vez, dedicada especialmente a algún juez, en mi poco entendida opinión (pero mía, al fin y al cabo) injustamente defenestrado.

Al principio los banqueros, escépticos, no quisieron saber nada de mí, pero luego se ablandaron al descubrir una laguna en las leyes contra la usura (Woody Allen: Pura anarquía).

Antes de la guerra, vivía en nuestra ciudad de Hamburgo un hombre llamado Eric Graus. Tenía esposa y cuatro hijos. Pero las malas compañías le hicieron dudar de la rectitud y la justicia de los designios divinos. En vez de someterse humildemente a los decretos de la Providencia, se las daba de inteligente y era pacifista (Sławomir Mrożek: El elefante).

Hoy en día lo que cuenta no es lo que uno haga, sino quién te denuncia (Evelyn Waugh: Cuentos completos).

Y bueno. Sean optimistas, aunque pinten bastos atravesados por clavos herrumbrosos. Piensen seriamente en lo que dice Gabriel Noguera…

Cualquier dirección lleva fuera del desierto. Eventualmente (Gabriel Noguera: Para acabar con el teatro).

Buen Marzo, sobre todo si son Ustedes liebres.

6 comentarios to “Citas XXXIII”

  1. Ronronia Says:

    Yo soy más sombrerero loco que liebre de marzo, I’m afraid. De cualquier manera, es mucho de agradecer que en estos días plagados de Casandras que gritan “Troyaaaanos, s’avecinan grandes peoooooras”, alguien se dedique a tratar de sacar una sonrisa a sus lectores.

    :-)) como ésta, que es la que me ha sacado a mí.

    (Y yo que no consigo que me haga gracia el Pratchett, no le saco el juguillo, oiga, debe ser alguna conexión neuronal faltante o defectuosa que tengo porque hay un montón de gente de la que me fío mucho que se espatarra de risa con sus libros, cogen uno y se encanan vivos, pero a mí me deja fría. Esto del humor es muy personal, yo por ejemplo puedo ver el sketch de Faeminio y Cansado de la Catedral de Burgos o el de Santa Eduvigis cientos de veces y en todas ellas termino retorcida en el suelo vertiendo lagrimones y mi marido en cambio se me queda mirando asombrao preguntándose qué será lo que me hace tanta gracia)

  2. Portorosa Says:

    El otro día, haciéndole caso, ojeé varios libros de Patchett, pero debo reconocer que los títulos y las sinopsis de las contraportadas me echaron mucho para atrás. ¿Qué me dice usted?

  3. Salamandra Says:

    Cualquier dirección lleva fuera del desierto, pero una es más corta que todas las demás.

    Y a mi Pratchett me hace mucha gracia, pero tengo que ir parando porque me “absorbe” y la Sra. Salamandra se enfada conmigo.

  4. Microalgo Says:

    Algo así me pasa a mí con ellos, Maese Salamandra. Me duran dos días.

    Sí que es subjetivo el humor, Dama Ron. No creo que haya neurólogo que dé con la tecla. Y no sólo varía de persona a persona. También hay épocas en las que una cosa te escacharra y al cabo de diez años te deja frío. Y no sé por qué.

    Yo siempre recomiendo a Pratchett y a Stefano Benni, Maese Portorosa (aún hay reediciones de “¡Tierra!” en Anagrama… si lo pilla por ahí, no se lo pierda). Los dos tienen sus trucos y sus dejes, pero siempre me hacen pasar un rato estupendo. Y eso, en los tiempos que corren, no es moco de pavo…

  5. Rímini Says:

    Me viene bien un poco de humor… Yo estoy ahora leyendo un libro de Martin Amis sobre Stalin…

  6. Microalgo Says:

    Pues ya son ganas, Rímini.

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