Las puertas del Pay-Pay

Cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos
(Mario Benedetti: Cotidianas).


No sea tímido.
Asómese.



El Pay-Pay abre sus puertas en Cádiz, en la calle Silencio (qué ironía), número uno. Es un café teatro que antes era un mítico local de alterne, donde algún familiar directo mío, de natural policía, en sus tiempos hizo más de una redada.

Ahora lo que se alterna allí es la música con la danza del vientre, el teatro con la narración oral escénica, las lecturas dramatizadas con el flamenco y con las copas (nada caras, y nada, nada, de garrafón). Paloma García, verdadera madre del invento, prefiere perder un cliente a tener al público hablando durante la actuación. Yo estoy de acuerdo con esa filosofía, aunque suponga que los beneficios del local no sean como para comprarse muchos diamantes.

Núcleo de agregación de cantautores, hasta donde sé, no hay sitio en España que reúna a tanta peña autóctona guitarrera, que se deja caer por allí cuando les toca cantar y a veces cuando no (y algún cantecito, cae).

Siempre que el Pay abre, hay una actuación. Un día a la semana (de momento, los miércoles), se sube un cantautor al escenario y, a lo largo de la noche, invita a todo el que se asome y quiera cantar (con él o a solas) a subirse al escenario.

No hace falta ser un figura para eso. Recuerdo una vez que se subió un tipo a cantarle a su chica, a capella, una de Marc Anthony, y por los ojitos de Candy-Candy que le puso ella, creo que le fue rentable.

Todo el que quiera tiene sitio en el escenario. Y hay noches en que trepa a las tablas un guiri irlandés anónimo que suena como un elfo, u otras en las que aparece Alejo Martínez, en dos segundos te afina la guitarra como si tuviera dentro seis diapasones, luego se canta un par de ellas y te deja sentado y con los ojos como dos soperas.

Esta tradición de los miércoles la inauguró Ricardo Sinblanca, y ha continuado durante DIEZ AÑOS, que se dice pronto, hasta hoy (miércoles). Ininterrumpidamente.

Seguro que me dejo alguno, pero voy a intentar hacer un inventario de la peña concurrente a este local. Hagan click cuando tengan un buen ratito para escuchar, y háganse sus propias recomendaciones.

Como dije, hay un núcleo de cantautores que han crecido en el Pay. Gente que ha echado los dientes cantando allí, animados y aconsejados por Paloma.

De entre tantos, destaca una voz que Juan José Téllez etiquetó como “catedralicia”, y yo creo que no marró ni un pelo. Vero Díaz es capaz de partir los micrófonos (dice Paloma que, para ella, son de atrezzo). Hay que oírla. Obligatoriamente.

Para los amantes de la música con tintes de aquí, óigase la voz profunda de Paco Medina que, sumada a una técnica guitarrera brillantísima, confiere una calidad enorme a todo lo que canta. Fuera de programa, además, les reto a que encuentren algo que él no sepa tocar (quitando a Los Pecos y Pablo Abraira, que podrá, pero lo mismo no quiere). Es una puñetera gramola con patas.

Siempre he dicho que si Miguel Rodríguez se pusiera a cantar La bien pagá, todo el mundo diría: “Cucha: Miguel Rodríguez cantando La bien pagá”. Tener personalidad en una voz que suene tan diáfana no se entrena ni se adquiere. Se tiene, como Miguel, o no.

No hay tío que curre más sus canciones, sin embargo, que Kico Gómez. Sus discos son cuidadísimos, y para fabricar melodías tiene más talento en la uña del dedo gordo del pie izquierdo que mucha gente que uno puede escuchar por la radio todos los días. A su lado, echándole un cable con la guitarra (y con los arreglos) está el multi-instrumentista más salvaje del Pay: Benjy Montoya, al que también merece la pena escuchar por su cuenta.

Cuando David García entra por la puerta, todo el mundo es un poco más feliz. Vale, suena cursi, pero es que no lo digo yo solo. Pregunten. Hagan un estadístico. Pregunten a diez mil personas. Yo lo hice. La peor respuesta registrada fue la de Atila, el Huno, que dijo con una media sonrisa: “bueno, a lo mejor no es para tanto”. Si tienes un nudo feo en la tripa, llega David, te da un abrazo y te pregunta “¿Qué pasa, wapo?”. Y se te quita todo. Alguien o algo le dio con una varita en la cocorota cuando era chico, no hay otra. Y todo eso, antes de que se suba al escenario y te demuestre lo elegante que es, guitarra en mano.

Lolo Sevilla viene del carnaval, y eso se nota en su música… y en sus letras. Agudo, gamberro cuando quiere (y quiere muchas veces), preciso al milímetro con la guitarra. Cuando él se sube al escenario, todo el mundo lo escucha. Y eso, también es un don del que no todos pueden presumir.

De Málaga, por cuestiones laborales, vino un día Nanieva. Al entrar, se quedó con un cacho de puerta entre los dientes. Porque Nanieva muerde. Sus letras, a veces, son (como se decía antes) para mayores con reparos. Yo diría más bien que son para mayores con pocos reparos. Hace poco se fue, de nuevo por cuestiones de trabajo, a Madrid, pero la echamos de menos y siempre que se viene por acá se deja caer por el escenario. Cada vez que la he escuchado, me ha gustado aún más que la vez anterior. No deja de trabajar, con la guitarra, con la letra y con la voz. Y sigue.

Hablando de voz. Consiguió Paloma un día que una chica jerezana la mar de tímida, guapísima, se subiera a cantar. A algunos se nos cayó la copa de la mano. A otros, directamente, y perdón por la expresión, el mismísimo culo. Todo lo que Neus Sánchez hace está tocado por el arte. Lo mismo una canción, que una foto, que un cuadro, que una camiseta (artículos éstos últimos que recomiendo encarecidamente: son un regalo cojonudo). Se prodiga poco, pero el que no la haya escuchado, o no haya visto en directo un dúo entre Verónica Díaz y ella, se ha perdido una cosa importante de la vida. Tranquilos, siempre están a tiempo de.

Otro carnavalero, ganador de unos cuantos primeros premios en el concurso oficial de agrupaciones del Teatro Falla (y en la modalidad más compleja: cuartetos) es Quique Parodi. Su espalda no es que sea estrecha, pero su cara duplica la extensión de aquella, y está hecha de acero cromado. Si tiene el día tonto, consigue que la grada toda le coree sus estribillos (“cuánto me quiero”, por ejemplo). Pero no es humor vacío. De vez en cuando arrea con sus críticas soterradas. Pero siempre con la mejor cara. Y ya digo: la más dura. La cara.

Auri Bravo y su hermana, Mar (aquí oímos a la primera mientras vemos a la segunda ejecutando una impecable danza del vientre, pero ésta también canta… y no saben Ustedes cómo). Ambas demuestran que la genética tiene algo que ver con el “cantar o no cantar, that is the question”. Como tantos otros que se suben al escenario, no se dedican expresamente a esto, pero podrían. De sobra.

Nuevas generaciones aseguran la continuidad del núcleo del Pay. Miguel Gómez, primo carnal (que diría un mexicano) de Kico, es uno de los más jóvenes de entre los que se suben al escenario. Su estilo es diferente al de los demás (arpegia poco su acústica), y a dicho estilo se mantiene siempre fiel y cada vez con mejores canciones. Tengo el honor de que incluyera alguna frase típicotópica mía en sus letras.

Junto a él, (muchas veces literalmente) está Rafa Jaén, cuya edad aún le permite ser golfo y bohemio. Además, lo mismo te canta una canción que te hace un juego de manos (en el buen sentido) con una baraja loca. Polivalente, el muchacho…

Por cierto, el hermano mayor de Rafa, Juan Jaén, es un pianista asombroso que de vez en cuando también asoma por el Pay. En ocasiones han requerido sus servicios para hacer la banda sonora de alguna película. A mí me corroe la envidia más mala cuando veo el sonido que es capaz de sacar del teclado.

La más reciente del criadero de guitarreros es Paula de Alba, que recién agarrada la guitarra ya está dando conciertos por ahí (se ha ido fuera a estudiar, porque acaba de empezar la Universidad) (¡juventud, divino tesoro!), y cada vez con más desparpajo y mirando al público de frente, con esos ojazos azules.

No sé si me dejo alguno de los del “núcleo del Pay”. Como ven, no son pocos.

Pero luego se pasan por allí cantantes y grupos de toda calaña: desde la música celta más cuidada de los Stolen Notes, que cuentan en sus filas con músicos del enorme calibre del flautista Juan Almaraz (qué leche ratones: LAS BALLENAS se salen del agua detrás de él cuando toca), hasta nombres propios de la canción como mis muy queridísimas Tiza, de Madrid, o María José Hernández, de Zaragoza, a las que ya cuento entre los buenos amigos. Las dos han estrenado disco recientemente (María José, hace pocos días): Échenle un ojito a ambos, si me hacen el favor.

La primera vez que escuché a Elena Bugedo noté una especie de pellizco malo como bastante tirando hacia dentro. Desde entonces, escucharla es, para mí, un sólido argumento en contra del suicidio. Con ella, desde Granada, juntos (bajo el nombre de la BBC) o separados, suelen aparecer por el Pay de vez en cuando los argentinos Fede Comín (un absoluto genio) y Bruno Bonacorso (que es un tifón en el escenario). Bonacorso, Bugedo, Comín = BBC. Cuando vienen juntos se traen un montón de cachivaches al escenario (máquinas de escribir, altavoces de juguete, percusiones irregulares). Nadie sale decepcionado de una de esas noches.

Y bueno. Son también frecuentes visitantes de este espacio los espectaculares Antílopez, Joaquín Calderón, su hermano Chiqui Calderón, José Antonio Delgado, Alfonso Moreno, Carlos Chaouen, el genial Paco Cifuentes o el mismísimo Javier Ruibal, al que uno puede escuchar cantar a metro y medio de donde uno se sienta, subido el pedazo de genio al escenario que, desde hace algún tiempo, por decisión de la Gerencia del local, lleva su mismo nombre.

En fin. Que las quejas generalizadas sobre la poca vida cultural de la ciudad se quedan sin argumentos, en cuanto a los cantautores, gracias a que existe un local pionero del barrio del Pópulo que se sale de rango. Por cierto: hasta que no se abrió el Pay-Pay, la vidilla del barrio no comenzó a levantar cabeza, y ahora esa zona es el puñetero Soho, como podrán comprobar si se pasan por allá a cenar, y luego a ver un espectáculo ya saben dónde.

Cosa que les recomiendo vivamente, porque sé que me lo agradecerán.

6 comentarios to “Las puertas del Pay-Pay”

  1. glomus Says:

    Gracias por la info, pero e usté un cabronaso. Los dientes largos a 2000 km al sur, justo el año que tengo más complicado un sartito veraniego a mi Cadi…
    Disfruten sin moderación. Abrazos!

  2. Microalgo Says:

    En Otoño tampoco se está mal por acá, si en verano no pueden Ustedes escaparse… y bueno, ya saben que la cosa está en asomarse por la puerta y decir “hola”.

    Por cierto, felicite a la Princesa sin Sapo, que sabemos que no es futbolera, no, aunque cuando juega Uruguay se pone un tanto nerviosilla. La cosa no pinta mal, porque Paraguay no hace más que empatar y empatar. Ya vemos en tres días.

  3. laluli Says:

    y ahora que no se puede fumar, todavía mejor.

  4. Microalgo Says:

    Pues sí.

    Tenemos que quedar, Luli. Hoy mismo la llamo.

  5. manuela Says:

    conozco el Pay Pay desde que abrì..en el verano 2001…Paloma y su equipo son fantasticos y me gustò este blog. saludos desde Roma

  6. Microalgo Says:

    Gracias, Manuela! Un besote.

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