Mentiras y embustes

― Qué manía tenéis todos con distinguir entre verdad y mentira; no lo entenderé nunca (Pablo Tusset: Lo mejor que le puede pasar a un cruasán).


Ciutadans de Catalunya…



En Cádiz se distinguen muy bien las mentiras de los embustes, y parece que la diferencia está en la intención. Las primeras tienen por objeto obtener algo del interlocutor. Los segundos, sin embargo, parece que florecen con la mera intención de su propia existencia. Por juerga pura.

Últimamente, en lugar de consultar un solo diccionario (yo siempre me iba al DRAE), estoy echándole un ojillo, de vez en cuando, al María Moliner, picado por algún post en blogs hermanos. Y sí, el DRAE define la “mentira” como “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”, mientras que la entrada para “embuste” sólo matiza que es una mentira “disfrazada con artificio”.

María Moliner, sin embargo, da una definición similar (con matices que dejan el espacio libre a la ironía, fuera de la definición) para “mentira”: “cosa que se dice sabiendo que no es verdad, con intención de que sea creída” pero, por otro lado, entre un montón de sinónimos, afina muchísimo (gracias a dos adjetivos) con la definición de “embuste”: “Mentira grande y burda”.

Durante mi etapa doctoral almorzaba siempre en el comedor de Químicas, que está al lado de mi instituto. Como comensal teníamos allí, con frecuencia, a la locuacísima C., que de vez en cuando y sin venir a cuento te relataba en una frase cosas como la que, de memoria, transcribo:

― Pues mi tío iba un día por el campo, le entraron ganas de mear, metió la picha en un agujerito en un muro, le picó una avispa, se le hinchó y luego no la podía sacar, y tuvieron que llamar a los bomberos.

Silencio en la mesa. Al final tuvo que hablar el calvorota, claro.

― Vamos a ver, C. Esa historia no se sostiene por ningún lado. Lo primero, cuando uno va por el campo y tiene ganas de mear, como mucho se arrima a un árbol. O a una tapia, si quieres te concedo eso. Pero nunca, en ningún caso, se le ocurre a uno meterla en un agujero, precisamente porque suele ser el hábitat de artrópodos que pueden ir pertrechados con aguijones y/o quelíceros. Además, los agujeros en los muros no tienen capacidad infinita, ni mucho menos, a no ser que los atraviesen completamente: si uno mea ahí lo más probable es que desborde de manera muy desagradable. Aún así, supongamos que tu tío tiene un defecto enzimático que lo impele a meterla en los agujeros de las tapias, para mear. Y supongamos que, en efecto, tu tío fue picado por un himenóptero, como dices que es el caso. Si uno nota un picotazo doloroso en su sensible miembro viril, el cerebro ni siquiera interviene para activar los músculos que mueven el pubis hacia atrás. Eso es cosa de la médula espinal. Reflejos, se llama a esos movimientos. Y son rapidísimos. Los procesos inflamatorios producidos por tóxicos o alergias pueden demorarse minutos. Si me apuras, segundos. Pero no décimas de segundo. Yo creo que siempre te da tiempo a sacarla del agujero, si te pica un bicho. Así que o bien la historia no es verídica, o bien, en consideración a tus tiernos oídos no te fue contada de manera correcta y lo que estaba haciendo el tarado de tu tío era tirándose a una pared, que ya son ganas, aunque cosas más raras se han visto a lo largo y ancho de la España rural.

C. se enfadó mucho y declaró que no volvería a contar nunca más una historia de las suyas (que habían sido varias), y la cosa, en su día, me hizo acordarme de Pericón de Cádiz, el ser humano más embustero que ha existido jamás en todo el hemisferio boreal de este planeta.

Pericón de Cádiz (Juan Martínez, nacido y muerto en Cádiz, 1901-1980) fue en su época uno de los grandes del cante. Pero en Cádiz se le apreciaba, más que por eso (que también), porque era la mejor compañía que uno pudiera imaginar. En un relato que escribió Maese Rímini hace mucho, se podía leer:

Pueden decirse muchas cosas de él, incluida que se aprovechaba sin disimulo de los forasteros para sacarles hasta la última perra gorda, pero lo que no se puede negar es que Juan, nuestro Juan Martínez, ya desde pibe llevaba en la sangre el impagable don de la fiesta y que nadie a su lado se aburrió jamás.

Pericón contaba que, pescando en La Caleta, enganchó sin querer (y sacó del agua) un submarino alemán.

― Chico, eso sí, mú chico.

(como para hacer más creíble la cosa). Contaba que conocía la guarida de un pulpo que atesoraba cualquier joya que quedara perdida en las profundidades.

― No vea. Yo era como er shulo der purpo.

Se le acabó el chollo, según afirmaba, un día que reconoció a su pulpo en el plato de un amigo que lo invitó a cenar, cocinado a la gallega, el pobre cefalópodo. Contaba también que había un perro que soltaba sus “guaus” cuando tocaba decir “ole” en las juergas flamencas, cosa que a los señoritos les hacía gracia, tanta que le daban duros al perro, y que éste los enterraba. Pericón (decía) descubrió el escondite y le robó los duros. Durante una juerga, se le acercó el perro, le olfateó, se levantó sobre las patas traseras y le dijo claramente:

― Pericón… ¡ratero!

Y así. Pero luego juraba y perjuraba que era cierto y, como dice Rímini en su cuento, apostaba el corte de un brazo o una pierna (propios, claro) a la veracidad del relato.

Así, el embuste, aquí, es un género narrativo. Nada más. Y nada menos.

Arrepentido de mi arranque neopositivista lógico wittgesteniano, empezaba a echar de menos los tremendos embustes de C., cuando un día se plantó a la hora de comer y nos soltó:

― Cuando volvió Tarradellas a Barcelona, después de que se acabara la dictadura, mi abuelo, que vivía con nosotros allí, fue a verlo a la Generalitat, y de vuelta a casa nos dijo: “qué grasia ha tenío er viejo… Za somao ar barcón y ha disho: siutadáns de Catalunya: ¡¡ASUKIKI!! Qué arte, oye, er viejo.”

(…)

Me callé como un muerto.

12 comentarios to “Mentiras y embustes”

  1. Rímini Says:

    ¡Ja, ja, ja! La anécdota es tal y como usted la cuenta, Micro, usted no miente ni tantito así. Ja, ja. Esa C. era la pera, no se si era embustera o crédula de lo que le contaban en casa, pero las historias eran tan rocambolescas que yo creo que tenían la escondida intención de no ser creídas bajo ningún concepto, aunque la tipa se enfadara.

    Aunque no se, porque como usted dice ella acabó de camarera de la virgen de su pueblo, lo que indica una candidez a prueba de bombas. Los embusteros son mis tipos favoritos, dan muchísimo juego y combinan como nadie lo cómico con lo trágico. Lo de Pericón ya no tenía límites. ¿Se acuerda de la anécdota que él contaba de cómo le sacaron una Tenia que pilló de shicatito? Genial!

  2. peponide Says:

    ¿cómo se la sacaron? ¿cómo?

  3. Portorosa Says:

    Qué descojone, por favor, de principio a fin.

  4. laluli Says:

    Las historias de Pericon son geniales, yo con la del perro no podía parar de reir. ¡Qué imaginación!

  5. Microalgo Says:

    Pues sobre la tenia hay al menos un par de versiones. Una de ellas es que el médico le recetó que comiera sólo bacalao durante una semana. Al cabo de ese tiempo, pusieron una palangana con agua cerca del culo del pobre Pericón y la tenia salió, arrastrándose, muertita de sed, y ahí la pillaron.

    La otra es que durante un mes lo alimentaron con un huevo duro y un filete. Lo mismo para comer y para cenar. Y entonces un día le dieron sólo un huevo duro… y la tenia salió preguntando “Quillo, ¿y ese filete?” y ahí la trincaron por el pejcuezo…

    En fin, Pericón.

  6. Salamandra Says:

    Y tiene calle en el barrio de la viña.

    Y a los embusteros habría que protegerlos como a las especies en vías de extinción. Yo creo que además no mienten, ya que están convencidos de la veracidad de lo que dicen. Lo de los mentirosos es completamente distinto.

  7. Rímini Says:

    Ja, ja. A los que son de Cádiz ¿sabéis que Pericón era el padre del fotógrafo Kiki?
    Además un flamenco de los güenos.
    Y un embustero.
    Y el chulo del pulpo.

  8. Microalgo Says:

    De Kiki no, de Juman, me parece.

    “Proxeneta de cefalópodos”.

    Bonito oficio para ponerlo en la tarjeta de visita.

  9. Rímini Says:

    Eso, eso. De Juman, qué cabeza esta…

  10. Carmen Moreno Says:

    Qué grande Pericón, C. y usted, Don Micro.

  11. Microalgo Says:

    Yo, más que grande…

    … gordo.

  12. carrascus Says:

    Jejeje… aquí en Sevilla, las cosas ésas que cuentan ustedes de Pericón de Cádiz las oía yo cuando “chequetito” atribuidas al Bizco Pardal… bueno, esa forma de escribir el nombre lo aprendí con el tiempo, fonéticamente, tó la vida ha sido “el bihcopardá”.

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