Citas XXVII: Hombres y mujeres

Como escribió Borges a propósito de las versiones homéricas, “edición definitiva” es un concepto que no corresponde sino a la teología o al cansancio (Prólogo de Carlos Álvarez Garriga en “Papeles inesperados”, de Julio Cortázar).


¿Ya llevo 27 posts de citas? La Virgen.



Y bueno, sí. Y la lista de citas (que ya va por más de tres mil quinientas) sigue subiendo. Supongo que daré mi versión definitiva de ellas cuando me quede ciego…

Allá va la cosa, en fin. Hombres y mujeres, opiniones cruzadas y esas cosas.

― Está usted en un error ―dijo Grant sosegadamente―. Es cierto que las mujeres sensatas tienen por locos a los hombres estudiosos. Bien miradas las cosas, es cierto que todas las mujeres, de cualquier clase que sean, tienen por locos a todo género de hombres (G.K. Chesterton: El club de los negocios raros).

Y con razón. Silencia Chesterton la opinión contraria, según veo…

No es que en la vida sólo importe tener tratos con hembras vistosas, pero sí ocurre que cuando uno tiene tratos con una hembra vistosa tiende a admitir con más soltura que la vida le concierne (Lorenzo Silva: La Flaqueza del Bolchevique).

Hay gente a la que sí le importa sólo eso. ¡Si yo hubiera empezado a tomar notas cuando me leí, en su día, a Jardiel Poncela! Me dan ganas de releerlo sólo por trincar sus citas.

Le digo que la quiero pero no es cierto. Sin embargo, es tan bella que resulta imposible no mentirle en esta cuestión (Gabriel Noguera: los fracasos tempranos).

Si pueden, trinquen el libro de Noguera, que merece mucho la pena. Prueba de ello, el texto anterior.

Nunca te has encontrado en el caso de empezar una entrevista con la intención de pedirle a la muchacha amada que se case contigo, para darte cuenta, de improviso, de que estabas hablando de las agallas externas, semejantes a unas aletas, de las salamandras recién nacidas. Es una escena que no se puede repetir. ¡No! Acepto mi destino. Todo ha concluido (P.G. Wodehouse: ¡Pues vaya!).

Prueba fehaciente de lo acertado de la primera cita, la de Chesterton.

En materia de mujeres, es inútil recurrir a los hombres. Consulté con los compañeros, por pura fórmula (Daniel Pennac: Los frutos de la pasión).

Ah. Por eso no hay contraopinión a tal cita. Ya. Los hombres, sin embargo, somos mucho más simples que eso:

No me pongas verduras para cenar, que te quiero mucho (Martin, Una Bitácora de Cuadritos ).

¿Lo ven?

― No confiéis en las apariencias. Los hombres son malos. Las mujeres también. No todos ni todas. En distinguir estriba la dificultad (Eduardo Mendoza: el asombroso viaje de Pomponio Flato).

Y Mendoza, por el contrario, simplificando mediante la aplicación de criterios igualitarios. Que también es una fórmula, claro.

Todas las mujeres se vuelven como sus madres. Ésa es su tragedia. Ningún hombre lo hace. Ésta es la suya (Oscar Wilde: La importancia de llamarse Ernesto).

¿Hein? Supongo que habría que ponerse en la cabeza de Wilde (no literalmente, para no hacerle trizas las cervicales) para entender del todo esta cita.

En el ruedo del sexo, los hombres son juzgados por las reglas femeninas. Ya puedes ponerte como quieras, pero es la verdad (sí, obviamente, los hombres juzgan a las mujeres en otras esferas ―las paternalizan, las tiranizan, las excluyen, las oprimen, las hacen absolutamente desgraciadas―, pero en cuestiones de folleteo el listón lo ponen las mujeres (Hugh Laurie: una noche de perros).

Hugh Laurie, como ya he comentado alguna vez, además de hacer de médico cabroncete, escribe libros muy, muy decentes. El citado anteriormente, por ejemplo.

¿Sabes qué es lo malo que tienen las mujeres?… ¿No? Pues yo tampoco, pero debe ser algo espantoso, porque si no, no me explico yo esta ansia mía (Felipe Benítez Reyes: Humo).

No puede faltar una cita del Maestro Benítez en un tema como éste. Yo me adhiero cual lapa caletera al comentario del personaje que dice esta frase en esta novela temprana del de Rota, inencontrable ya en las librerías, por desgracia. Termino con una cita de la escritora que MEJOR ha entendido jamás a los niños:

Aún llovía. Alzó la vista con cierta aprensión no exenta de interés, hacia las humeantes chimeneas de una casa solariega. En ella residía el señor Bott, fabricante de la salsa Bott, con su mujer y su hija. El señor y la señora Bott carecían de importancia. No así su hija. Violeta Isabel Bott era una damita de seis años de edad, ceceo, rostro angelical y voluntad de hierro. Cultivaba y usaba para sus fines un chillido que hubiera hecho palidecer de envidia a la sirena de una fábrica capaz de reducir a cualquiera que se hallara a diez metros de ella a un estado de postración nerviosa. No se la había visto fracasar nunca. Guillermo temía y respetaba a Violeta Isabel Bott (Richmal Crompton: Los apuros de Guillermo).

Es ésta la primera descripción que se hace de Violeta, la niña capaz de gritar hasta enfermar, en las novelas de Richmal Crompton. Luego aparecerá en varias entregas más, haciendo gala de un don que para sí lo quisiera el mismísimo Rayo Negro… A ver si un día me hago con la colección completa, hombre. Que es un tratado de pedagogía.

Y nada. Ya mismito les planto otro post que me estoy montando, sobre un personaje histórico que me he encontrado por ahí.

Besotes.

4 comentarios to “Citas XXVII: Hombres y mujeres”

  1. Portorosa Says:

    Me entero ahora de que Crompton era una mujer…

    Un abrazo.

  2. Microalgo Says:

    Yo también tardé en enterarme. Leyéndolo no lo parece… entiéndaseme: uno tiene el arquetipo de la Blyton en mente, y la Crompton no se le parece en nada. Además, el nombre de Richmal no ayuda nada…

    Por cierto, leí Bruma, uno de sus libros de terror (no infantiles), y no me gustó mucho.

    Más información, aquí.

  3. carmen moreno Says:

    Creo que no voy a hacer comentarios. ¿O sí? Si dejo un comentario es que lo he hecho, ¿no? Ayúdeme, Don Micro, usted que es científico.

  4. Microalgo Says:

    Haga Usted un metacomentario…

    ¿Cuándo viene por acá, que hay que concertar un día una cenita con Zen-Tao y Señora?

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