Los libros prohibidos

La sabiduría no se transmite, es menester que la descubra uno mismo después de un recorrido que nadie puede hacer en nuestro lugar (Marcel Proust, En Busca del Tiempo Perdido: A la Sombra de las Muchachas en Flor).


Los de arriba del todo.



Me comentaba la Dama de los Lunares que la mejor manera de hacer que un niño se lea un libro es decirle que ese libro no se puede leer. O disimuladamente, pero delante de él, ponerlo en el estante más alto, fuera de su alcance.

Sin duda alguna.

En 1981 yo tenía trece puñeteros años. Mi hermano Anaxágoras se pegaba las tardes entrenando judo o velocidad (creo que fue ese año el que fue campeón provincial de 100 y 200 metros) (en categoría absoluta, por cierto, cuando tenía quince años). Mi padre trabajaba hasta tarde. Mi madre se estaba sacando el graduado escolar (una vieja espina clavada, porque en su día tuvo que dejar el colegio más o menos con la edad que yo tenía entonces para ponerse a trabajar). Así que yo, que aún no me había metido en aquello del baloncesto (que me ocupó todo el bachillerato), con la mismísima edad del diablo, me quedaba solo en casa bastante tiempo. Y ya saben que cuando el diablo se aburre…

Aparte de las actividades normales a las que se entrega cualquier postimpúber tal que era yo en aquella época, por exceso de tiempo (la madre de todos los pecados), me empecé a fijar en los libros que ocupaban el estante de arriba del salón.

Subiéndome en el sillón los alcanzaba perfectamente, y así me leí algunas novelas pícaras y deliciosas (como Clochemerle y su secuela Clochemerle Babilonia de Chevalier, o el gamberrísimo Departamento Diez de Noel Clarasó) y algunas terribles (como Los cipreses creen en Dios o Un millón de muertos de Gironella… a ver si alguna vez acabo la tetralogía), calculando siempre la hora de vuelta de los jefes para dejar otra vez los libros en su sitio y poner carita de bueno al escuchar la llave en la puerta.

Pero un día agarré Cien años de soledad y me senté en el brazo del sillón que me servía de escalera, para leer la primera página y ver de qué iba ese libro de título extraño. Y allí mismo me pillaron mis padres varias horas más tarde, casi sin luz, con una pierna dormida, en la misma posición y leyendo sin parar.

Sólo me dijeron “pero si ese libro es un rollo” (vale, lo que tu digas), y supongo que se dieron cuenta de que ya no había libros fuera de mi alcance en la casa.

Y bueno, si bien es cierto que la curiosidad es una reconocida asesina de felinos, junto con la experiencia debe ser la otra madre de la ciencia (matrimonio lésbico, ahora que me fijo). De la ciencia y, en mi caso, continuadora del pique lector que disparó mi hermano dejando por ahí a mano a Verne, Tolkien, Clarke, Asimov y Salgari.

9 comentarios to “Los libros prohibidos”

  1. Salamandra Says:

    Recuerdo la sensación de empezar a leer y no poder parar. Lo de leer a escondidas no, porque en casa no había libros prohibidos.

  2. Pasquino Says:

    Y así caí yo víctima de todas aquellas novelas del oeste…
    Por otro lado, yo sé de un futuro libro – que bien podría titularse “Aquí yace el tiempo perdido” – que cuando esté situado bien arriba en alguna estantería sólo será reclamado para aposentar alguna pantalla de ordenador, o algo.
    Mmh.
    Creo que lo situaré bien a mano, no vaya a quitarle la pulsión lectora a algún pobre incauto.
    Besos

  3. Microalgo Says:

    Uh. Creo que se refiere a su propio proyecto docente, Dama pasquino. Mujer, no será para tanto…

  4. HORAS ROTAS Says:

    …traigo
    sangre
    de
    la
    tarde
    herida
    en
    la
    mano
    y
    una
    vela
    de
    mi
    corazón
    para
    invitarte
    y
    darte
    este
    alma
    que
    viene
    para
    compartir
    contigo
    tu
    bello
    blog
    con
    un
    ramillete
    de
    oro
    y
    claveles
    dentro…

    desde mis
    HORAS ROTAS
    Y AULA DE PAZ

    TE SIGO TU BLOG

    CON saludos de la luna al
    reflejarse en el mar de la
    poesía…

    AFECTUOSAMENTE
    ZONA FOTICA

    ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE CACHORRO, FANTASMA DE LA OPERA, BLADE RUUNER Y CHOCOLATE.

    José
    Ramón…

  5. Princesa sin Sapo Says:

    ¡Cómo no quedarse horas inmerso en ese libro, don Micro! Siempre he sido una ávida lectora, aunque he leído menos autores de los que me gustaría (y releído muchas veces los libros que me han gustado), y “Cien años de soledad es una obra maestra.
    (Y le advierto que García Márquez me gusta pero alguno de sus libros me ha parecido directamente rollífero, como “Los funerales de la mama Grande” y “Vivir para contarla”…)

  6. Princesa sin Sapo Says:

    P.D.: En mi casa si había algún libro “en el estante de arriba”, como por ejemplo unos ciertos cuentos de Maupassant…ejem…

  7. Sérilan Says:

    Pués no recuerdo yo lo de libros fuera del alcance de mis manos en casa de mis lectores y amados padres, puede que confiaran en la responsabilidad de sus obedientes hijos (cuatro) en fin, no se, por mis hermanos no puedo hablar pero mi memoria lectora independiente se remonta a los clásicos juveniles con mil historias apasionantes en las que yo siempre queria ser la protagonista. Luego con el tiempo y mis primeros ahorrillos fueron llegandoa mí mis primeros libros de poesía.
    Con el tiempo he vuelto a retomar titulos que en la adolescencia se me atragantaron y que de seguro leí sin permiso paterno.
    Me alegra enormemente Don Micro que fuera Cien Años de Soledad el causante de que perdiera la noción del tiempo, sin duda mi lectura favorita y a la que vuelvo muchas veces.
    Besos

  8. Microalgo Says:

    Es que era muy distinto a todo lo que había leído antes. Y García Márquez tendrá sus detractores, pero no se le puede negar que su lectura engancha muchísimo.

    En fin, en casa libros “prohibidos”, en el sentid oestricto de la palabra, no había. Sólo estaban un poco fuera de alcance, pero, como han podido comprobar, no tanto.

    Y oigan… Extraño, cuando menos, el comentario éste de Horas Rotas, ¿no? Qué cosas se ven, Don Pero.

  9. Sérilan Says:

    Extraño y original así es, pero cargado de bellas palabras.
    “traigo sangre de la tarde herida..” se puede decir más con menos….???

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