Aprendizaje vicario

El malvado cree que es un malvado aquél a quien él hace sufrir (Marcel Proust: en Busca del Tiempo Perdido, El Mundo de Germantes).

Piensa en todo lo que le queda por aprender y te dará una lástima infinita (Pere Calders: Ronda naval bajo la niebla).


El Árbol del Aprendizaje.
No confundir con el del Conocimiento.



Pensaba hace poco en la pérdida de tiempo que suponen ciertas actividades, aquellas a las que hacía referencia Fernando Quiñones en sus últimos tiempos como “pasarratos”, la única cosa, en toda su vida, de la que se arrepentía.

Alguien me quiso hacer notar que la lectura no es menos entretenimiento lúdico y vacío que, por ejemplo, un videojuego en el que uno escapa de una fortaleza nazi o deambula por un laberinto plagado de monstruos a los que despanzurra muchísimo con una profusa variedad de armas inciso-contundente-arrojadizo-disparadora-explosivas.

Y mire, no.

Tras pegarse cuatro horas ametrallando engendros virtuales uno no puede utilizar ese conocimiento para nada. Pero leyendo, a poco despierto que esté uno, aprende tela. Y aprende mediante ese método denominado, en psicología, aprendizaje vicario.

El aprendizaje vicario es el que ganamos escarmentando en cabeza ajena. El refranero español, con su crudeza sanchopáncica, afirma que no existe, pero un niño que ve cómo su compañero de clase se sube al pupitre para improvisar un aurresku en ausencia del personal docente, y que resbala y se esfarata contra el suelo, difícilmente va a evitar que se le pase por la cabeza que le puede pasar a él si lo intenta. Si Ustedes me entienden.

Con la lectura es lo mismo. Sólo tres ejemplos.

Uno.

“El Conde de Motecristo”, de Alejandro Dumas, era uno de los dos libros preferidos de mi abuelo. Ése y “Los tres mosqueteros”. Ya ven.

― Cuando seas feliz que nadie lo note, Microalguillo ―me decía mi abuelo.

¿Por qué Edmundo Dantés está a puntito de acabar sus días en la lóbrega prisión de If? No le ha hecho daño nunca a nadie pero… tiene la desgracia de cruzarse con tres hombres, uno de los cuales envidia su (merecido) ascenso en el trabajo, otro está enamorado de su prometida y el tercero descubre que su propio futuro político podría peligrar si el muchacho no desaparece. Envidia, celos y ambición. Quienes no los sienten como motores de sus pasos a veces no entienden a los que sí, y estos son peligrosos. Hay que aprender a detectarlos y prevenirse de ellos.

Dos.

El marine americano Pinkerton se casa (o finge que se casa, aunque ella no lo sabe) con la bella Cio-Cio-San (Madamme Butterfly). Cuando el militar acaba su misión y vuelve a casa, la nagasaqueña, preñadita, la loca, se queda esperando su regreso. Pero cuando él vuelve a Japón y Cio-Cio-San le va a mostrar a su hijo, se encuentra con que él viene con su mujer, una genuina yankee. Por supuesto, la mariposa japonesa se mete un arma blanca de considerables proporciones en las tripas, y con notable éxito.

Moraleja: el pueblo estadounidense (en general y seguro que haciendo miles de excepciones) es famoso en el mundo entero por considerar dos subespecies dentro de la especie humana: ellos (los seres humanos) y el resto, de mucha menor categoría. Repasen la filmografía (o las series de televisión) y verán que no se suele dar la misma importancia a una víctima estadounidense en un crimen que a una niña chicana, a un anciano coreano o a un negro (estos últimos, incluso elementos patrios) (repito: salvo honrosas excepciones). Aprendamos de este libro (y de esta ópera de Puccini, ya que se ponen) y no cometamos el error de la pobre Butterfly de darle cancha a quienes nos desprecian y cuya cultura e historia, por cierto, se remonta tan sólo a doscientos y pico años. Para ellos, Bob Beamon (sin desmerecer al atleta) es un mito Marlon Brando es un mito. Para nosotros, un mito podría ser Heracles o, si me apuran, el Cid Campeador. Pero este último tal vez sea demasiado reciente para considerarlo un mito, no llega casi ni a mil años. Para que nos vayamos entendiendo. Algo tienen de críos, estos muchachos. Malcriados, por cierto.

Y tres.

No infravaloremos la mala leche de la gente. Nunca. No digo yo de ir siempre con la escopeta cargada por ahí, pero un poco de prevención es muy necesaria.

El Archidiácono Frollo está loco por llevarse al catre a la bella gitana Esmeralda en la historia que nos cuenta Víctor Hugo en “Nuestra Señora de París”. Pero el cura no puede. No es que no pueda moralmente o fisiológicamente (la moral le importa un pito y está salidísimo), es que ella no quiere. La solución, por supuesto, es torturarla un buen ratito para que confiese que fue ella la que intentó asesinar al guapo Febo (militar al que ella ama) y así condenarla a la horca (en realidad es el prenda del Archidiácono el que apuñala al guaperas). No, lo siento, lamento reventarle esa parte del argumento a los seguidores de la Disney, pero es así. El Archidiácono manda matarla sólo porque no puede follársela. Así de claro. Se la carga, amigos.

Inmediatamente tras este horrible crimen los personajes de esta novela (centrales y laterales) la van diñando a pares en un sprint final en el que la Parca hace horas extras (se salvan un estudiante que pasaba por allí, una cabra y creo recordar que pocos más). Pero el aprendizaje que nos ofrece el libro está en advertir que hay gente que se buscará las excusas mentales más peregrinas para justificar su manera mezquina, o incluso asesina, de actuar. La gitana es pecadora, había que matarla. No, no es que yo quiera tirármela y no pueda, la culpa es de ella, por lasciva.

Y de utilizar los mecanismos mentales exculpatorios de la maldad propia no estamos a salvo ni Usted ni yo, por cierto. Está ahí Proust (véase la magistral cita inicial, diáfana) para recordárnoslo y darnos un papirotazo en la oreja, ahora que no podemos replicarle porque murió hace unos noventa años. Hagámosle caso y apliquémonos el cuento. Ése y los otros cuentos.

Lean, coman ensaladilla rusa y blah, blah, blah. Todo eso que ya saben. Y que les aproveche, la comida y las lecturas.

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7 comentarios to “Aprendizaje vicario”

  1. NáN Says:

    ¡Viva el Vicario de mi parroquia, perdón quise decir de mi biblioteca!

    Por ejemplo, ¿sabía usted por qué esos habanos fabulosos se llaman Montecristo?

    Lo sepa o no, se lo cuento. A finales del XIX, los cubanos y cubanas que se dedicaban a hacer habanos, se quejaban del hastío de estar tantas horas dale que te pego a enrollar hojas. Un patrón listo, para subir su ánimo (y con ella la producción), contrató a un lector de novelas (od os) que les leían todo el tiempo. El Conde de Montecristo era una de las que más les gustaba y por eso le pusieron ese nombre a un tipo nuevo de puros.

    Jopete que no se aprende, leyendo.

  2. Portorosa Says:

    Se aprende mucho.
    Sin embargo, no estoy muy de acuerdo con las enseñanzas que ha traído usted a colación. Muy temeroso y desconfiado lo veo a usted, señor Micro. ¡Solo aprende usted que la gente es mala!
    Y lo de los estadounidenses tampoco lo comparto, perdone; creo que en EE.UU. hay de lo peor y de lo mejor (y no, no le salva a usted decir que hay excepciones; porque una excepción es siempre eso, una excepción, y muy minoritaria).

    Un abrazo.

  3. Microalgo Says:

    Siempre que uno generaliza la acaba cagando, por supuesto. Pero aún así me sigue dando la impresión de que, en general, ese pueblo considera que hay humanos de primera y de segunda.

    Tiene razón también en que los tres ejemplos que he puesto son poco alentadores. Como exaltación de la amistad y de la nobleza and the wailers, véase El Señor de los Anillos, por ejemplo, pero al decirlo podían tacharme de ñoño.

    No conocía la historia de los habanos, Nán. De hecho, pensaba que lo de leer a los obreros de la fábrica de tabaco era un invento de la Revolución. Sí sé que se sigue haciendo.

    Pese a la prosa un tanto abigarrada y romántica, es una pedazo de novela. La escribiera quien la escribiera (Dumas o alguno de sus asalariados).

  4. Portorosa Says:

    A mí lo que me escama es que en mi breve comentario he puesto cuatro veces “usted”. ¡Imagínese cuánto lo respetaría si además estuviera de acuerdo con sus conclusiones!

  5. Microalgo Says:

    Jé.

  6. Salamandra Says:

    En una sociedad con pastillas para todo, desde la alopecia a la eyaculación precoz, lo que tenemos es aprendizaje boticario. O lo tendremos cuando alguien desarrolle la pastilla necesaria.

  7. Rímini Says:

    Jamás he jugado a un videojuego. Lo juro; hasta el punto de que, dado que me gusta ver la fórmula 1, un día le pedí a un niño que me dejara la PSP para dar una vuelta con un juego de F1 y… ¡¡ me mareé (mi mujer es testigo)!!, ¡ No pude acabar ni una sola vuelta!

    Jamás me he mareado con un libro, por mucho que alguno dé ganas de vomitar (Camino, Mein Kempf,…)

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