Lingua Franca

― Perdóneme, mi lenguaje queda muy por debajo de mis ideas. (Boris Vian: Otoño en Pekín).


Hablando se entiende la gente.
Según estos, toda la gente.



En su magnífica obra de ciencia-ficción-crítica-social-juerga-delirante, “¡Tierra!”, Stefano Benni describe un idioma hablado en las islas espaciales exteriores, el Shihrap, que consiste en una mezcla alocada de diversos lenguajes. Un ejemplo:

― Vat si, smula! ―inquirió el policía en la entrada de la Ciudad blanca, la zona sanitaria de Meskorska―, ¿quién eres, enanito?
― Medical tai doctorobot ―dijo LeO, utilizando con gran soltura la jerga espacial.
El policía le examinó con suspicacia. Aunque LeO se había puesto un cable a modo de estetoscopio en el pico, no tenía exactamente el aire de un especialista.
― Uat spezialitaten tai medicinsk? ―preguntó el policía.
― Hum… fegatist robodoctr, ¡Liver, hígado, leber, fegato!
― Only fegatist? ―insistió, tenaz, el policía.
― Ómnibus internis regaglis expertus. Sed spezialist fegatist.
― Den ju visit me ―dijo el policía, descubriendo su peluda barriga.
LeO acercó la trompetilla derecha a la barriga del policía. Era una trompetilla con rayos X y LeO pudo disfrutar de un bonito panorama de visceras militares.
―Hum ―sentenció al final―, infausta diagnosis. ¡Malo!

Recientemente, un directivo jubilado (y aburrido, parece) de IBM definió una variante cateta del Inglés, que restringe su ámbito a poco menos de mil quinientas palabras. Se trata del Globish, palabra que surge de la contracción de “Global” y “English”.

Una vez patente el fracaso del Esperanto como lenguaje de comprensión universal (coincidamos en que era un idioma carente de alma, aunque casi perfecto en el resto de las premisas de su concepción), y aunque la mayor parte de los humanos hablan chino o hindú, el Inglés se ha impuesto como solución sencilla al problema de saber “qué hay hoy de nuevo (o qué hay hoy de comer) en la Torre de Babel”. El chino, desde luego, estaba descartado a priori: aprenderse cinco mil ideogramas no es aceptable hoy en día, habida cuenta del magnífico descubrimiento del alfabeto fonético, que con veintitantos signos nos da el mismo resultado (y nos simplifica los teclados de los ordenadores, no me digan).

Vale que no nos guste, pero es cierto que el Inglés es la Lingua Franca de nuestros días. Ya comenté que en Australia se me acercó una anciana investigadora coreana y me preguntó si yo era “el Microalgo Marino de los ensayos con microfitobentos y el de los ensayos de toxicidad con las bolitas de alginato”. Todo ello en incipiente Inglés, por supuesto.

No nos gusta, pero es evidente la preponderancia de este idioma. Será la supremacía tecnológica, el haber ganado la Segunda Guerra Mundial (principalmente Ingleses, Estadounidenses y Soviéticos) y no haberse encerrado tras un telón de acero (esto, exclusivamente Ingleses y Estadounidenses) del que no era fácil salir y cuando uno salía procuraba no volver, o simplemente una eficiente publicidad encabezada por la industria del cine… lo que sea, pero en casi todos los ámbitos (se escapan el ballet, la música –digamos- culta… ¿alguno más?) el Inglés es la segunda lengua de elección, y la que sirve, por lo tanto, para comunicarse con los que hablan como primera lengua cualquier idioma diferente del nuestro .

En principio, eso no es malo. Da gusto que la mesa de la cena parezca un chiste de Chiquito de la Calzada (están cenando canguro en Sydney un holandés, una canadiense, una coreana, un egipcio, un neozelandés y un español y va el españó y ditzse…) y que todos se entiendan.

(Oigan. Un momento. La escena es real (más un montón de australianos). Haciendo memoria… ¡había gente de los CINCO continentes!) (La Virgen Santa).

Pero si aceptáramos la premisa de que pensamos como hablamos (que hay quien la debate, y yo acepto tales disquisiciones), de ella resulta que el idioma en que nos expresamos puede influir en nuestra concepción mental de las cosas. De este modo, al exportar un idioma exportamos también parte de la filosofía del pueblo que lo habla, en detrimento (o colonización) de las demás culturas. Hace tiempo también escuché que los islandeses estaban perdiendo parte de su identidad porque los jóvenes ya hablaban más Inglés que otra cosa…

Uno podría también quejarse de que el vocabulario del Globish es muy corto, pero más corto es el de algunos estudiantes universitarios (y en su lengua materna) y el de algunos profesores de investigación del CSIC, y nadie se rasga las vestiduras (aunque debiéramos).

Y bueno. No sé. Tengo argumentos a favor y en contra de este idioma recortado. De cualquier manera, más puede la costumbre que el César, y aunque habrá quien quiera aprovechar el nombre (que supongo que ya estará debidamente registrado) y hacer el Agosto con publicaciones especializadas (aprenda Globish en dos patás por sólo 9,95 euros) la cosa escapará al control de los altos mandos, y se decidirá, como tantas cosas, a ras de tierra.

Mientras, intentaré, por mi parte, no maltratar la hermosa lengua de Shakespeare (y menos la de Cervantes o la de Camões, qué coño), y si logro llegar a las mil quinientas una, me escaparé de quedar englobado en la global globalidad del Globish.

Abrazotes.

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13 comentarios to “Lingua Franca”

  1. NáN Says:

    El Globish es una lengua natural: el inglés defectuoso y escuchimizado que, como es natural, hablamos los que no sabemos hablar inglés. Sobre todo, en el mundo de la empresa, en el de la técnica, en el de la ciencia…
    Oséase: hablamos un inglés algo mejor que los indios en las películas de vaqueros (pero tampoco “mucho mejor”) + la jerga correspondiente a nuestra profesión.
    Y lo utilizamos en el entorno profesional.
    También lo usamos, acompañado de mucha mímica y levantar la voz, para que nos sirvan una cerveza en un English land.

  2. Rímini Says:

    Osea, no es más que ponerle nombre a nuestro desconocimiento del inglés. Globish es la versión global (remasterizada) del Spanglish, Italinglish, etc.

    So, this is no more than our latin incompetence in english, isn´t it?

  3. NáN Says:

    No, no, Don Rímini, añada usted a japoneses, chinos, coreanos, indios más todo Oriente Medio y África, Indonesia y Andorra.

  4. Microalgo Says:

    En muchas revistas científicas, en las normas de publicación, viene una nota bajo el epígrafe “atención a los autores de países asiáticos”, en la que los editores ruegan encarecidamente que el manuscrito sea revisado, antes de su envío a la revista, por un inglés nativo. No lo ponen para los españoles, lo cual no deja de ser un alivio. Nosotros ,de todas maneras, lo hacemos, previo pago de su importe…

  5. juan antonio Says:

    Resulta que va a ser cierto lo del anuncio del profesor Mauren que dice que con mil palabras te defiendes en Ingles, ¿este tío que vende Globish?, una curiosidad por si alguien lo sabe ¿los sordo-mudos se entienden en algún idioma común? Yo abogo por mi castellano que aún sin saber hablarlo perfectamente me gusta una Jarta.¡ No a la contaminación idiomática! Parafernalia, cachivache, rimbombante, y ahora que los ingleses la traduzcan.
    Buen post como siempre

  6. Salamandra Says:

    Afortunadamente se ha impuesto el inglés, imagínense por un momento tenerse que manejar en alemán. Por otra parte el problema no está en que exista algo para entenderse, sino el destrozo del lenguaje propio.

  7. carrascus Says:

    Pues a mí no me parecería mal en absoluto que hubiese un idioma con mil palabras para que todo el mundo, en todos los paises pudiese entenderse de una forma básica y solucionar cualquier aspecto de la vida cotidiana.

    Otra cosa diferente es que después cada uno escribiendo, o leyendo, o hablando en su entorno, o diciéndole palabras bonitas a su enamorada, pudiese utilizar un idioma propio rico en expresiones y valores…

    Pongo un ejemplo para clarificar mejor lo que digo… cuando tenemos sed, todos disponemos en cualquier parte del mundo de agua para calmarla. Pero cuanto estamos tranquilitos en casa, en buena compañía o disfrutando de una buena cena, tomamos cubatas, vinos, cavas… e incluso agua de capricho, que no es la del grifo o la de las botellitas de 1 euro.

  8. NáN Says:

    Me parece, carrascus, que has dado en el clavo estupendamente. También a mí me parece bueno que haya un “chapurreo” que nos permita entendernos a todos en las cosas básicas. Pero hay algo esencial que es la lengua materna: cuanto mejor se conozca y se use, más se puede expresar unas sensaciones, sentimientos y pensamientos más sutiles.
    No hay peligro de que el “chapurreo” se entremezcle con esa lengua materna, desvalorizándola. Porque en quien pasa eso es porque tiene ya una lengua muy pobre y seguiría siendo pobre aunque no hubiera Goblish.
    La situación ideal: que todos tengamos un dominio mejor de nuestra lengua y, a ser posible, que mejoremos también nuestro Goblish.
    La situación fatal, que el Goblish desvirtúe la lenagua callejera propia: pero de eso culpemos a los medios de comuicación, tan bárbaros, a la educación, tan nefasta… y al Gobierno (que corresponda).

  9. Microalgo Says:

    Porco governo: non piove!

    Pues me adhiero como una etiqueta de precio sobre un artículo chino, como un velcro sobre Espinete, como dos enamorados tras la mili, como una lapa contra un parabrisas, como la mugre sobre los márgenes de una sartén en un piso de estudiantes.

  10. Rímini Says:

    ¿Acaso podemos pensar que, por ejemplo, un adolescente inglés (del mismo barrio de Chelsea, por ejemplo) sabe más de 1000 palabras de su idioma? O escoceses, ¿habéis visto “Sixteen” de Loach en versión original? Es puro escupitajo con un fuckin´cada tres palabras.

    Me adhiero al globish

  11. Sérilan Says:

    Y si todos hablaramos con gestos no nos quitariamos todos éstos lios de las lenguas de un plumazo..??
    Pero a quien se le ocurriria inventar tantas por dios…!!!

  12. Microalgo Says:

    ¿Cómo se diría “mahonesa” por gestos?

    (Lo pregunto porque me es una palabra indispensable…)

  13. piero Says:

    Creo que “mahonesa” tendría un serio problema de coincidencia con “zambomba” en el lenguaje gestual. Aunque siempre podría completarse con un gesto adicional: el dedo índice de la mano derecha que entra en el vaso imaginario formado por los dedos de la mano izquierda y que luego se dirige hacia la lengua, dispuesta para catar el néctar amarillo.

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