Viaje al Oeste

Una postura de lector hedonista no sólo es perfectamente legítima, sino además la única postura posible (Felipe Benítez Reyes: Bazar de ingenios).


Cuatro peregrinos (cinco, con el caballo)
en busca de un texto doctrinal a través
de unos cuantos miles de páginas.



Decía hace poco que, como biólogo, utilizo mucho las categorías (cosa criticable en algunos ámbitos, pero necesaria en otros). Cuando uno usa estas generalizaciones, en ocasiones puede resultar ofensivo. Sin embargo, en pro de clarificar mi ejemplo, tengo que utilizarlas de nuevo: discúlpenme Ustedes. Sobre todo, que me disculpe el gremio de las modelos.

Circunloquios, divagaciones. A lo que vamos.

Si a una modelo española le preguntan cuál es el último libro que ha leído, podemos imaginar una respuesta del tipo “eehh… ehmm… ¡El Quijote!”. Si le preguntáramos a una modelo china, la respuesta podría ser ”eehh… ehmm… Hsi-You Chi!.

El Hsi-You Chi (es decir: Viaje al Oeste o Las aventuras del Rey Mono) está entre los tres o cuatro libros clásicos fundamentales en la literatura china. Como tantos libros clásicos, se trata de una especie de palimpsesto, es decir, que se formó a base de textos sobre textos, de intercalación de unos textos en otros, o incorporando retazos de obras teatrales dentro de un cuerpo de texto escrito con anterioridad. Viaje al Oeste es un libro, pues, anónimo, que un emperador chino encargó “fijar” allá por el siglo XVI, aunque su verdadero origen comienza casi mil años antes.

El personaje que debería ser el centro de la narración es histórico. Chen Hsüan-Tsang fue un monje que vivió durante la transición entre la dinastía Suei (581 – 618) y la dinastía Tang (618 – 907), periodo convulso (y, por tanto, interesante, como dicen los propios chinos), en el que se reunificó China hasta alcanzar, más o menos, una extensión semejante a la actual. En ese momento, las tres religiones más extendidas (Budismo, Taoísmo, Confucianismo) estaban a la par, al dejar de ser esta última la religión oficial del país.

Tras haber pedido varias veces permiso para viajar a la India con objeto de estudiar los textos sagrados del Buda Gautama a partir de sus originales y tras haber recibido otras tantas negativas por parte del joven emperador Tang Tai-Chung, Chen Hsüan-Tsang decide fugarse por su cuenta en el año 627 disfrazado de mercader. Tarda años en llegar a la India y se pega allí más de una década estudiando los textos con ancianos santones budistas. En el 645 solicita el perdón del emperador y el permiso para regresar. Éste, que no es lerdo, le dice que sí y aprovecha los conocimientos geográficos y políticos del monje acerca de otros países y lo incorpora a su grupo de consejeros, además de quedar admirado de su nivel en el conocimiento del budismo, religión que comenzará su auge en China a partir del siglo VII (aunque ninguna de las otras dos será prohibida). De hecho, es el mismo emperador el que prologará la traducción de los textos budistas que viajaron de vuelta con Hsüan-Tsang.

Hasta aquí, la cosa histórica. Pero sobre este largo viaje se empezaron a acumular leyendas…

En la novela es el emperador quien encarga el viaje al monje, que adquiere el nombre de viajero de Tripitaka. En su peregrinar, pasa junto a una montaña en la que está encerrado un antiquísimo y extraordinario mono, al que una deidad femenina ofrece la libertad a condición de que escolte al monje hasta el Monasterio del Trueno, donde están las escrituras budistas. Como lleva más de quinientos años encerrado (y se aburre bastante), el mono accede. Este personaje es Sun Wu-Kung, el Rey Mono, que se convertirá, por su personalidad socarrona, gamberra y bronquista, en el verdadero protagonista del libro (de hecho, estaba encerrado en la montaña como castigo por haber sumido a los cielos en un caos total, tras comerse unos melocotones sagrados y beberse licores cuya destilación suponía miles de años).

Más adelante el grupo se incrementa con un monstruo idiota y tragón con cara de cerdo (Chu Ba-Chie), y otro monstruo devorador de hombres que abraza la fe budista (Sha Wu-Ching), además de un dragón (también bastante antropófago) que es convertido en caballo para que sirva de montura al monje. Los cinco personajes atraviesan más de dos mil páginas (y más de cincuenta páginas de notas al final) plagadas de monstruos y peligros.

Cada uno de los tres monjes acompañantes lleva un arma característica: el mono lleva una barra metálica con los extremos de oro y que cambia de tamaño a voluntad de su dueño; el cerdo lleva un rastrillo de nueve puntas; el Bonzo Sha un báculo de desbaratar monstruos.

La mayor parte de los capítulos (que son cien, en total) se estructura de manera similar: los peregrinos se encuentran con uno o varios monstruos de diverso pelaje que raptan al monje para zampárselo, porque al comerse a un tipo de virtud tan probada adquirirán una longevidad sobrenatural. En el momento de mayor peligro, el capítulo acaba (con la fórmula ”no sabemos lo que ocurrió a continuación. Quien desee conocer el resto, debe escuchar atentamente las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo”), y la acción se resuelve al inicio del siguiente episodio, para iniciar una nueva aventura antes del fin del mismo capítulo. Es decir: que el anónimo autor del texto oficial inventa el culebrón por derecho.

Evidentemente, los más frikis habrán detectado ya muchas similitudes con los personajes de “Bola de Dragón”. De hecho, Songoku no es más que una niponización de Sun Wu-Kung. La serie de dibujos adopta, incluso, la estructura culebrónica del texto clásico.

El libro es muy, muy gordo. Dos mil páginas en papel de biblia dan para mucho, créanme. Con él en la mesilla de noche, he tardado casi un año en acabarlo (poquito a poco, eso sí). Siruela ha hecho un magnífico trabajo con la traducción del original y ha cuidado con detalle la edición y la encuadernación (por ejemplo, tiene dos registros, esas tiritas de tela cosidas al lomo para marcar las páginas).

Y hala. Ya me puedo dedicar a ser modelo china sin que me tiemblen las carnes cuando me pregunten por el último libro que me he leído.

Abrazotes.

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10 comentarios to “Viaje al Oeste”

  1. Salamandra Says:

    …los más frikis (por ejemplo Salamandra) … ha sido leer lo del palo que se alarga y ver a Goku subido por encima de las nubes.

    A lo mejor me leo el libro, no sea que acabe en china de modelo, nunca se sabe.

  2. NÁN Says:

    Una entrada de categoría Larga, Muy Larga. Pero ha merecido la pena: nunca me habían contado tan bien el argumento de El Mago de Oz. Cuando la vi, me sonaba, pero como estaba un poco tuneada a lo occidental, no me percaté.

    En premio, lo remito a la mejor explicación de Confucio que he visto en mi vida, salida de la boca de fresa de Miss Panamá 09. Modelo de virtudes físicas.

  3. NÁN Says:

    ¡Joder qué chachi! Quería poner el link e incrustado el vídeo. Seguro que pasarán 2.000 años antes de que sea capaz de repetir esta hazaña.

  4. Salamandra Says:

    Ayer lo encontré en la red y lo estuve “tuneando” para el ebook. 4594 páginas de nada.

  5. Microalgo Says:

    Y cincuenta euracos del ala si uno lo compra en papel, Salamandra. Pero es que uno tiene sus manías y perversiones, y es objeto del libro en sí… me pone… me pone…

    Me encanta el sesudo comentario de texto sobre Confucio, Nán. Y creo que eres el primero en clavar un vídeo directamente (y no el link) en mi blog. ¡¡¡Noragüena!!!

    Aprovechando la recopilación de bibliografía la chica podía hacer una tesis: “Confucio: ese muy antiguo chinojaponé”.

  6. juan antonio Says:

    Interesante post, tengo curiosidad si la traducción es entendible para un occidental?? Ya que estos orientales son bastantes enrevesados, quiero decir si es ameno ya sabes, si engancha porque 2000 folios,¡uff son muchos folios!Saludos.

  7. Rímini Says:

    ¡Quien ama a China amaaMao!

    ¡Viva Giosué Cozzarelli!

    ¡Viva la Confución!

    ¡Ole, Micro que se ha zampado el Glan Tocho!

  8. Portorosa Says:

    Qué interesante.

    (Cuánto me gustó tu relato negro. Ya te contaré.)

  9. Portorosa Says:

    ¡Joder, qué genial el vídeo!

  10. Microalgo Says:

    Me alegra verlo por acá, Maese Portorosa. Un bremenístico abrazo.

    La traducción es muy buena, Juan Antonio, y las notas al pie (al final del texto en realidad), que suman más de cincuenta páginas, son de gran ayuda para las partes del texto más complicadas (cuando empiezan a referirse a la alquimia, por ejemplo).

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