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La importancia de los libros

Mar 27 abril 2010

Los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos (Roberto Bolaño: Los detectives salvajes).


(Naturaleza muerta con libros,
por supuesto de Botero, dado
lo gordos que son los libros estos).



A petición de Rímini.

Les propongo hoy que me cuenten qué diez libros les han marcado y, si lo saben, el motivo de tales marcas.

Y bueno, este sitio tiene reglas muy laxas. He dicho diez pero podrían ser tres o doce. Están Ustedes en su casa.

Ahí van los míos.

Uno. Para empezar, La Isla del Tesoro, de Stevenson. Es de los primeros libros que recuerdo haber leído, y me pareció fantástico. De hecho, me lo sigue pareciendo.

Dos. Henry y Pelanas, de Beverly Cleary. Éste libro se editó en España en el 70, así que háganse una idea de cuándo me lo leí yo. Creo que es el primer libro que me compré (o mejor, que pedí que me compraran) porque debió llamarme la atención la ilustración del niño pecoso y desastroso en la portada (Henry) cargando con un enorme salmón en sus brazos, acompañado de su desmadejado perro (Pelanas). Aún recuerdo algunos capítulos de este libro infantil. Qué neuronas más extrañas tengo. Y vale, el que haya empezado su vida lectora escudriñando a Kafka y a Kierkegaard, que levante el pubis. Yo podría haber citado a Richmal Crompton con su Guillermo, pero a ése lo descubrí más tarde.

Tres. El Señor de los Anillos de Tolkien. Que me mire con la ceja arqueada, también, el que quiera. Este libro es la repuñetera madre de todas las novelas de aventuras. Cuando me lo leí (apunto sin disimulado orgullo que, de los tres tomos de la Editorial Minotauro que compró mi hermano Anaxágoras, los dos primeros son primeras ediciones en castellano, y el tercero es una segunda edición) decía que cuando me lo leí me pegué, al igual que hizo Fernando Savater, un verano loco (hay un artículo que tengo guardado de este escritor, y que se llama “el verano loco de Sauron”, y va exactamente de esto). Mi hermano y yo quemamos (literalmente) las lamparitas integradas en los cabeceros de nuestras camas porque nos daban las cinco de la mañana y no podíamos dejar de leer esa pedazo de epopeya.

Cuatro. Fundación de Asimov. Para mí, una de las mejores narraciones de ciencia-ficción de todos los tiempos. Esta trilogía es una obra magna que desborda imaginación y perfección en cada párrafo: una novela redonda, magnífica, con protagonistas inolvidables (siempre parciales, la narración abarca un lapso de tiempo gigantesco), como el flemático y eficiente Hari Sheldom, y con hallazgos sorprendentes como la invención de la ciencia de la Psicohistoria (mezcla de historia, psicología, sociología y estadística, para predecir la dirección de la historia en el futuro).

Cinco. Sí, claro, Rayuela, de Cortázar. Huelgan comentarios, supongo. Cuando me lo leí, no sabía que se podían hacer esas cosas con el lenguaje. Esto me recuerda a un amigo mío de la carrera, que me contó que cuando tenía diecisiete años cayó (si se puede decir así) en manos de una vecinita de su edad pero, digamos, mucho más experta que él en ciertas lides. “No tenía ni idea de que se pudieran hacer esas maravillas”, me confesaba. Pues lo que la vecina a mi amigo, Cortázar al lenguaje. Lo mismo. Toditas las posturas, por aquí y por allá, al derecho y al revés. Todo.

Seis: Empresas y tribulaciones de Maqroll el gaviero, de Álvaro Mutis. El texto es densísimo, pero yo me bebí casi de una sentada estos dos tomos de literatura irreprochable, pulida, brillante y simétrica como un hacha neolítica y, como las armas prehistóricas, no exenta de la capacidad de producir notable desasosiego. Literatura no de la buena, sino de la mejor, en todo caso.

Siete y ocho. Tierra y Baol, los dos de Stefano Benni. Pavorosa mezcla de imaginación desbordada, humor… pero no se trata de humor vacío, porque detrás hay una denuncia implícita, a veces más agria y desengañada que ácida y corrosiva. Mi concepto de cuánto se puede reír uno con un texto cambió para siempre con el primero de estos dos libros, y en el segundo descubrí cómo se hace una novela perfecta, jugando con la sustancia misma de la que está constituido un personaje.

Nueve. En busca del tiempo perdido, de Proust. Que esta obra me haya marcado no quiere decir que me gustara. Me sirvió, sin embargo, para fijar mis gustos literarios, y a través de sus tres mil páginas de tedio me dio tiempo a añorar a Jim Hawkins, a Henry, a Pelanas, a Gandalf el Gris, a Hari Sheldom, a Ilona la Triestina, a Ku-Chulain, a Leoporello Tenzo-E-Atari, a Horacio Oliveira al Rey Theoden y a todos sus mariachis. Descubrí cómo no quería escribir si fuera escritor… ¿quién dijo algo de eso? Ah, sí, claro.

Cuando escribo un cuento, necesito tener claras tres cosas: cómo va a empezar, cómo va a terminar y cómo no quiero que sea. A partir de ahí, lo demás puede ser azaroso, al menos hasta cierto punto (Felipe Benítez Reyes: Laboratorio de irrealidades).

Y eso me lleva al décimo libro, El novio del mundo, precisamente de Benítez Reyes. Conozco a mucha gente a favor y a mucha gente en contra de esta novela (a la mayoría de unos y otros, el libro se lo recomendé -y a veces regalé- yo), pero ni las críticas más airadas me mueven un ápice de mi convicción de que es un libro magnífico, escrito con absoluto esmero, donde la historia puede ser sorprendente, pero lo es aún más la forma en que está escrita. Esa manera de escribir me resulta fascinante, cosa que ya saben los que siguen este blog, dada la cantidad de citas de ese autor (muchísimas, también, de ese libro) que suelo colarles de vez en cuando.

Y bueno. Su turno. Lo dicho: tres, cinco, diez o uno. Están en su casa. Un abrazo, Maese Rímini.

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Viaje al Oeste

Jue 22 abril 2010

Una postura de lector hedonista no sólo es perfectamente legítima, sino además la única postura posible (Felipe Benítez Reyes: Bazar de ingenios).


Cuatro peregrinos (cinco, con el caballo)
en busca de un texto doctrinal a través
de unos cuantos miles de páginas.



Decía hace poco que, como biólogo, utilizo mucho las categorías (cosa criticable en algunos ámbitos, pero necesaria en otros). Cuando uno usa estas generalizaciones, en ocasiones puede resultar ofensivo. Sin embargo, en pro de clarificar mi ejemplo, tengo que utilizarlas de nuevo: discúlpenme Ustedes. Sobre todo, que me disculpe el gremio de las modelos.

Circunloquios, divagaciones. A lo que vamos.

Si a una modelo española le preguntan cuál es el último libro que ha leído, podemos imaginar una respuesta del tipo “eehh… ehmm… ¡El Quijote!”. Si le preguntáramos a una modelo china, la respuesta podría ser ”eehh… ehmm… Hsi-You Chi!.

El Hsi-You Chi (es decir: Viaje al Oeste o Las aventuras del Rey Mono) está entre los tres o cuatro libros clásicos fundamentales en la literatura china. Como tantos libros clásicos, se trata de una especie de palimpsesto, es decir, que se formó a base de textos sobre textos, de intercalación de unos textos en otros, o incorporando retazos de obras teatrales dentro de un cuerpo de texto escrito con anterioridad. Viaje al Oeste es un libro, pues, anónimo, que un emperador chino encargó “fijar” allá por el siglo XVI, aunque su verdadero origen comienza casi mil años antes.

El personaje que debería ser el centro de la narración es histórico. Chen Hsüan-Tsang fue un monje que vivió durante la transición entre la dinastía Suei (581 – 618) y la dinastía Tang (618 – 907), periodo convulso (y, por tanto, interesante, como dicen los propios chinos), en el que se reunificó China hasta alcanzar, más o menos, una extensión semejante a la actual. En ese momento, las tres religiones más extendidas (Budismo, Taoísmo, Confucianismo) estaban a la par, al dejar de ser esta última la religión oficial del país.

Tras haber pedido varias veces permiso para viajar a la India con objeto de estudiar los textos sagrados del Buda Gautama a partir de sus originales y tras haber recibido otras tantas negativas por parte del joven emperador Tang Tai-Chung, Chen Hsüan-Tsang decide fugarse por su cuenta en el año 627 disfrazado de mercader. Tarda años en llegar a la India y se pega allí más de una década estudiando los textos con ancianos santones budistas. En el 645 solicita el perdón del emperador y el permiso para regresar. Éste, que no es lerdo, le dice que sí y aprovecha los conocimientos geográficos y políticos del monje acerca de otros países y lo incorpora a su grupo de consejeros, además de quedar admirado de su nivel en el conocimiento del budismo, religión que comenzará su auge en China a partir del siglo VII (aunque ninguna de las otras dos será prohibida). De hecho, es el mismo emperador el que prologará la traducción de los textos budistas que viajaron de vuelta con Hsüan-Tsang.

Hasta aquí, la cosa histórica. Pero sobre este largo viaje se empezaron a acumular leyendas…

En la novela es el emperador quien encarga el viaje al monje, que adquiere el nombre de viajero de Tripitaka. En su peregrinar, pasa junto a una montaña en la que está encerrado un antiquísimo y extraordinario mono, al que una deidad femenina ofrece la libertad a condición de que escolte al monje hasta el Monasterio del Trueno, donde están las escrituras budistas. Como lleva más de quinientos años encerrado (y se aburre bastante), el mono accede. Este personaje es Sun Wu-Kung, el Rey Mono, que se convertirá, por su personalidad socarrona, gamberra y bronquista, en el verdadero protagonista del libro (de hecho, estaba encerrado en la montaña como castigo por haber sumido a los cielos en un caos total, tras comerse unos melocotones sagrados y beberse licores cuya destilación suponía miles de años).

Más adelante el grupo se incrementa con un monstruo idiota y tragón con cara de cerdo (Chu Ba-Chie), y otro monstruo devorador de hombres que abraza la fe budista (Sha Wu-Ching), además de un dragón (también bastante antropófago) que es convertido en caballo para que sirva de montura al monje. Los cinco personajes atraviesan más de dos mil páginas (y más de cincuenta páginas de notas al final) plagadas de monstruos y peligros.

Cada uno de los tres monjes acompañantes lleva un arma característica: el mono lleva una barra metálica con los extremos de oro y que cambia de tamaño a voluntad de su dueño; el cerdo lleva un rastrillo de nueve puntas; el Bonzo Sha un báculo de desbaratar monstruos.

La mayor parte de los capítulos (que son cien, en total) se estructura de manera similar: los peregrinos se encuentran con uno o varios monstruos de diverso pelaje que raptan al monje para zampárselo, porque al comerse a un tipo de virtud tan probada adquirirán una longevidad sobrenatural. En el momento de mayor peligro, el capítulo acaba (con la fórmula ”no sabemos lo que ocurrió a continuación. Quien desee conocer el resto, debe escuchar atentamente las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo”), y la acción se resuelve al inicio del siguiente episodio, para iniciar una nueva aventura antes del fin del mismo capítulo. Es decir: que el anónimo autor del texto oficial inventa el culebrón por derecho.

Evidentemente, los más frikis habrán detectado ya muchas similitudes con los personajes de “Bola de Dragón”. De hecho, Songoku no es más que una niponización de Sun Wu-Kung. La serie de dibujos adopta, incluso, la estructura culebrónica del texto clásico.

El libro es muy, muy gordo. Dos mil páginas en papel de biblia dan para mucho, créanme. Con él en la mesilla de noche, he tardado casi un año en acabarlo (poquito a poco, eso sí). Siruela ha hecho un magnífico trabajo con la traducción del original y ha cuidado con detalle la edición y la encuadernación (por ejemplo, tiene dos registros, esas tiritas de tela cosidas al lomo para marcar las páginas).

Y hala. Ya me puedo dedicar a ser modelo china sin que me tiemblen las carnes cuando me pregunten por el último libro que me he leído.

Abrazotes.