Citas XXII

Bueno, si encuentro al Dios de los cristianos, estoy perdido: es un déspota y, como tal, está lleno de ideas de venganza; su Biblia no habla más que de castigos atroces (Stendhal: Rojo y Negro).


Literatura fantástica.



Citas con trasfondo religioso. Surtiditas.

Después de todo ―se dijo a sí mismo―, soy más que un demonio, soy un hombre. Puedo hacer algo que Satán no puede, puedo morir (G.K. Chesterton: El Hombre que fue Jueves).

El que no se consuela es porque no quiere. Pero es una triste ventaja, ésa.

Ciertamente, los que creen y los que siguen la religión judía, y los cristianos, y los sabios, en una palabra, todo el que cree en Dios y en el día final y que haya obrado el bien: todos estos recibirán una recompensa de su Señor, el temor no les alcanzará y no estarán afligidos. (El Corán, Sura II, 59).

No sé si conocían este versículo de la Sura II. Interesante, ¿verdad?

… estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad (Milan Kundera: La Insoportable Levedad del Ser).

Cuando los checos se ponen dramáticos no hay quien les pare.

Estos imbéciles de los hippies… ―dijo mientras se sentaba de nuevo―. Siguen convencidos de que la religión es una iniciativa individual basada en la meditación, la búsqueda individual, etc. Son incapaces de darse cuenta de que es todo lo contrario, una actividad puramente social, basada en el establecimiento de ritos, reglas y ceremonias (Michel Houellebecq, Las partículas elementales).

No me cae bien este tipo, es un triste y un cortapunto. Pero no le quito razón en lo que se refiere a esta cita.

El meollo de la cuestión es saber si el mal (o el delito o el crimen o como usted quiera llamarle) es casual o causal. Si es causal, podemos luchar contra él, es difícil de derrotar pero hay una posibilidad, más o menos como dos boxeadores del mismo peso. Si es casual, por el contrario, estamos jodidos. Que Dios, si existe, con pille confesados. Y a eso se resume todo (Roberto Bolaño: Los detectives salvajes).

No es una disquisición baladí, en el fondo, si la estudian con cierta atención…

Por extraño y cicatero que parezca, los judíos creen en un solo dios, al que ellos llaman Yahvé. Antiguamente creían que este dios era superior a los dioses de otros pueblos, por lo que se lanzaban a las empresas militares más disparatadas, convencidos de que la protección de su divinidad les daría siempre la victoria. De este modo sufrieron cautiverio en Egipto y en Babilonia en repetidas ocasiones. Si estuvieran en su sano juicio, comprenderían la inutilidad de su empeño y el error en que se funda, pero lejos de ello, han llegado al convencimiento de que su dios no solo es el mejor, sino el único que existe. Como tal, no ha de imponer a ningún otro pueblo ni su fuerza ni su razón y, en consecuencia, obra según su capricho o, como dicen los judíos, según su sentido de la justicia, que es implacable con quienes creen en él, le adoran y le sirven, y muy laxo con quienes ignoran o niegan su existencia, le atacan y se burlan de él en sus barbas. Cada vez que la suerte les es contraria, o sea siempre, los judíos aducen que es Yahvé el que les ha castigado, bien por su impiedad, bien por haber infringido las leyes que él les dio. Estas leyes en su origen eran pocas y consetudinarias: no matar, no robar, etcétera. Pero andando el tiempo, a su dios le entró una verdadera manía legislativa y en la actualidad el cuerpo jurídico constituye un galimatías tan inextricable y minucioso que es imposible no incurrir en falta continuamente. Debido a esto, los judíos andan siempre arrepintiéndose por lo que han hecho y por lo que harán, sin que esta actitud los haga menos irreflexivos a la hora de actuar, ni más honrados ni menos contradictorios que el resto de los mortales (Eduardo Mendoza: el asombroso viaje de Pomponio Flato).

Este libro es una delicia. Y en el fondo es un “thriller”, ahí donde lo ven…

Dios creó al mundo en seis días y al séptimo lo arrestaron (Ambrose Bierce: El diccionario del diablo).

Y este libro sí que es imprescindible.

Para los antiguos egipcios el símbolo de la precisión era una pluma que servía de pesa en el platillo de la balanza donde se pesaban las almas. Aquella pluma ligera se llamaba Maat, diosa de la balanza. El jeroglífico de Maat indica también la unidad de longitud, los 33 centímetros del ladrillo unitario, y también el tono fundamental de la flauta (Italo Calvino: Seis propuestas para el próximo milenio).

Anda. Esta cita se me ha escapado y la podía haber utilizado hace dos posts. En fin, las cosas.

Transcurrieron casi cincuenta años entre la invención de la lata de conservas y la del abrelatas. Durante ese medio siglo, los civiles las abrían valiéndose de escoplo y martillo mientras que los militares utilizaban sus bayonetas. Hubo que lamentar numerosas desgracias personales, pulgares machacados, falanges amputadas, heridas en las manos, etcétera, pero mereció la pena: el Progreso, como todos los dioses, también exige sacrificios humanos (Rafael Reig: Manual de literatura para caníbales).

Aunque no los exige por decreto: se los cobra por la cara.

Los héroes trágicos siempre gimen cuando los dioses se interesan por ellos, pero son precisamente las personas a las que los dioses pasan por alto las que se llevan la peor parte (Terry Pratchett: Mort).

Ahí le ha dado el amigo Pratchett: entre guasa y guasa te suele soltar una de éstas.

Hasta Dios necesita campanas (Rafael Marín, Lágrimas de luz).

Y hasta Buda necesita gongs.

— Buenos días, vengo a que le eche un vistazo a mi coche. Le falta potencia al subir cuestas.
— No se preocupe, un padrenuestro y como nuevo.
— ¿Cómo dice?
— No me diga que es usted uno de esos ateos que no creen en el poder curativo de la oración.
— No sé, la verdad es que prefiero un mecánico.
— No sea tonto. Una vez a mi mujer se le estropeó la batidora, recé un rosario y aleluya: al tercer día volvió a funcionar. Como si fuera nueva.
— ¿Seguro que no lo era?
— Qué poca fe tiene usted, no me extraña que se le averíe el coche. A ver, ponga en marcha el motor. Ajá, como me temía.
— ¿Qué, qué le pasa?
— Creo que tiene al diablo en las bujías.
— No se enfade, pero me voy a otro taller.
— Pero escuche, escuche el ruido del motor.
— A mí me parece normal.
— No, es el diablo, que susurra con voz ronca versos satánicos. Espere, voy a meterle agua bendita en el radiador.
— Todo esto es un sinsentido.
— Oiga, ¿acaso ha estudiado usted mecánica teológica o teología mecánica? Pues entonces déjeme trabajar, que sé lo que hago.
(K; Aventuras en el país de la psicopatía: Reparaciones).

Y no para de escribir, Maese K. Deduzco de una de sus últimas entradas que lleva ya como seis años rentabilizando su insomnio para dejarnos perlas como ésta.

Y acabo con un artículo de Millás en El País, de hace unos años. Uno de esos artículos suyos estructurados en tres partes, como un insecto: con su cabeza de inicio, con su tórax donde late el corazón que sustenta la historia, y con su abdomen donde se digiere la idea.

[Se quejaba amargamente Félix J. Palma (“La posteridad y los camarones”, Diario de Cádiz, 11 de Agosto de 2003) de que la vida de los artículos periodísticos era escalofriantemente efímera: en un día se quedaban viejos, y él relataba que el artículo suyo que más había durado había pervivido empapelando el interior del cristal de una tienda cerrada. Que se tranquilice: yo tengo casi todos los suyos copiados y algún día pondré aquí alguno, de los antológicos (la firma del Retiro o la noche de Reyes, por ejemplo). Hoy, para no dilatar mucho este post, toca éste de Millás, que viene al tema…]

Dios y Luzbel coincidieron en la consulta del urólogo. Tras recibir malas noticias respecto a sus próstatas, Dios propuso que fueran a tomar un café. El diablo, que se jactaba de haber inventado la lucha de clases, se resistió por miedo a que aquello dañara su reputación. Pero el Todopoderoso dijo que se lo debía: “No habrías podido descubrir la lucha de clases si yo no hubiera concebido previamente las clases”. Tras pedir las consumiciones, Dios le preguntó quién le había recomendado aquel urólogo, y si podía pagarlo. “Le compré el alma al poco de que terminara la carrera”, dijo Satán, “a cambio del éxito. Durante estos años han pasado por sus manos las próstatas de los artistas más famosos, de los escritores con más prestigio, de los obispos con la mitra más larga… No me cobra nada con la esperanza de que en un arranque de generosidad le devuelva el alma. Si nos saca adelante, igual se la devuelvo”.

Dios le agradeció el interés por su salud, pero dijo que había pocas esperanzas. “Además”, añadió, “estoy cansado de llevar esta doble vida. Predico la bondad, pero ya ves que la gente tortura y mata y se suicida en mi nombre. Al principio me divertía que resultara tan fácil proclamar una cosa y hacer otra, pero ha dejado de hacerme gracia. También tú estarías harto si tus seguidores fueran tipos como Bush o Bin Laden. La verdad es que habría dado cualquier cosa por tener entre mis filas a algunos de tus admiradores”. “Si te gusta Julio Iglesias”, objetó el diablo, “no puedes pretender llenar los estadios con aficionados a los Rolling. Tienes que ser un poco coherente”. “Hay algo”, añadió Dios, “que llevo muy mal, y es la sospecha de que al final tú has sido el más feliz de los dos”.

“No te creas”, respondió el diablo, “cuando me di cuenta de que yo, comparado contigo, era un pedazo de pan, se me vino el mundo abajo. Por más empeño que ponía en hacer bien el mal, tú siempre me sacabas una cabeza de ventaja. Por decirlo rápido: yo debería haber inventado las clases sociales, desde luego, pero también la Inquisición, y el Opus y los cilicios de siete puntas”. “Total, que somos un par de fracasados”, resumió el Creador llamando al camarero. Pagó la cuenta el diablo, porque Dios no llevaba suelto.

(Juan José Millás: Próstata, El País, 31 de Marzo de 2006).

Y nada. Besotes a todos y a todas, que diría la Menistra, aprovechando el día de la Muhén trabahadora.

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3 comentarios to “Citas XXII”

  1. Rímini Says:

    Yo soy ateo; pero el Dios en que no creo es el auténtico, el de los cristianos. Los otros son una farsa; no merecen desmentirse.

  2. Stockton Says:

    Yo, al igual que Rímini, practico el monoateismo, y como le dijo el abuelo de un buen amigo a una pareja de testigos de jehová cuando lo pararon por la calle, “si no creo en el mío, que es el verdadero, ¿voy a creer en el de ustedes?”.

    También recuerdo muy bien aquella pintada que usted comentaba de cuando estudiaba en Granada: “DIOS HA MUERTO. MARX HA MUERTO. Y YO ME ESTOY PONIENDO MUY MALITO”. Me parece magnífica para haberla puesto entre las citas de su blog.

    Excelentes los comentarios.

    Saludos para todos.

  3. Microalgo Says:

    Rímini y sus contradicciones… Es capaz de utilizar la infalibilidad del Papa para hacer una quiniela y convnecer al Vaticano de que monte un negocio inmobiliario en espera del Día de la Resurrección de la Carne. Un crack.

    Qué de tiempo, Míster Johnn Stockton. Me ha dicho alguien que es Usted un picha loca y que su Señora Esposa vuelve a sufrir las consecuencias… Que sea enhorabuena. Aún estoy deseando que se venga Usted un día a jugar al Póker. El Señor Undertaken está demostrando una tremenda habilidad (nada sorprendente, conociéndolo) en ese juego y la última vez nos defenestró a todos en hora y media sin despeinarse. Véngase un día a lavarnos la afrenta, antes de que los berridos vuelvan a invadir su casa y le sea imposible la escapada.

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