La sal de la vida

Y es que la entrada en la adolescencia te exige aprender a convivir con ese que los libros de anatomía llaman pene, y convivir con tu propio pene es algo muy parecido a tener a un psicópata escondido en el sótano de tu casa.

Pero digámoslo claro desde el principio: el complejísimo Psicópata ― y bautizado queda para lo sucesivo ― no puede confundirse con el rústico miembro viril. Digo esto porque mucha gente padece esa comprensible confusión. Pero no, ya digo. Si bien es cierto que el Psicópata tiene en el miembro viril una de sus residencias orgánicas más espectaculares (aunque no siempre todo lo frecuentes que uno desearía, ni tan espectaculares), tampoco es falso que cada cosa es cada cosa (Felipe Benítez Reyes: El novio del mundo).


Delciosas pastillitas de diversos colores. Cabronas pastillitas.

Di “no” a las pastis. Son caca.



(Vale que a veces abuso de las citas de Benítez Reyes, pero es que 1: tiene citas para todo; 2: últimamente me acuerdo mucho de, concretamente, este libro suyo porque lo está leyendo una amiga mía y le está gustando y 3: me encanta esa amiga mía. Y porque 4) me da la gana poner citas de Benítez Reyes, ¿qué pasa?).

A colación de un comentario de la Dama ETDN en el post anterior.

Andaba yo en el último año de carrera. Año loco en piso de estudiantes, con mi buen amigo Pepe el Indio, que ahora es una eminencia a nivel mundial en abejas melíferas (las cosas que pasan). Se acercaba el verano y el fin de curso, y el calor empezaba a apretar en Granada.

― Hay que ver, hijo, con lo que tú sudas ― me decía por teléfono mi madre. Es cierto que sudo más que la media. En el Dojo de mi amigo Alberto el único que empapaba a su alrededor el tatami era yo. Corriendo una horita (ya no aguanto ni media: cómo se estropician los cuerpos), podía perder más de tres kilos, es decir tres litros de agua, que recuperaba en breves segundos junto a cualquier grifo―. Pues que sepas que eso no es bueno. Te voy a mandar unas sales que he visto en la farmacia, y que valen para recuperar los niveles de sodio de…

― Pero jefa ―mis padres siempre han sido los “jefes” en el argot de Anaxágoras y el mío propio―, no te preocupes, que la sal es CLORURO SÓDICO. Ahí hay sodio por un tubo, y como tengo la mala costumbre de comer todos los días, pues…

― Nada, nada, yo te las mando, y tú pruebas a ver qué tal te va, que las vitaminas que te he mandado te han ido la mar de bien, y a saber qué es lo que comes tú por ahí…

Ni modo, que dirían los mexicanos. Por entonces no existía el Aquarius (sí, soy viejito, qué pasa), y en el siguiente paquetito postal materno me llegó el botecito de pastillas. Pues bueno, probemos.

A ver cómo expreso esto sin que María Santísima se lleve las manos a la cabeza. Se dice que a los 22 ó 23 años los hombres alcanzan su plenitud sexual. Debo decirles que me lo creo. No es que hiciera excesivo (o correcto, o rentable) uso de tal plenitud, lamentablemente, pero la facilidad para la erección de entonces (incluso en momentos sumamente inconvenientes en los que yo no estaba en absoluto de acuerdo con tal reacción fisiológica) no es, ni mucho menos, la de ahora.

Por eso me sorprendió un día la repentina apatía de “la residencia orgánica del psicópata”, que achaqué a los exámenes, desamores, un compañero de piso con demasiados cromosomas “y” para mi gusto (uno: más que de sobra)…

Pero al día siguiente el apartamento playero seguía cerrado. Y al siguiente. Mi ceja izquierda se elevó como por ensalmo, y me apresuré a leer la composición de las aparentemente inocuas pildorillas que mi madre (nunca sabré si inocentemente O NO) me había enviado.

Bromuro de no-sé-qué, bromuro de no-sé-cuántos…

Acabáramos.

Mi amigo el Indio me vio llegar al salón, donde él estaba desvencijado en el sofá, estudiando parasitología de la más chunga. Me observó abrir la ventana del balcón, tirar al aire el bote de pastillas y de una impecable volea-tipo-Mágico-González, dada con mi pierna izquierda (“la buena”), mandar a varias decenas de metros, balcón fuera, calle abajo, el bote de inhibidores neuronales.

― ¿Y eso?

― Pues ya ves.

El Indio siempre se conformaba con explicaciones sucintas, que eran las que él mismo daba. Se encogió de hombros y siguió leyendo acerca de gusanos que te salían por los ojos, como si tal cosa, con senéquica y lanjarónica calma.

Al día siguiente, como nuevo. Apareció el Psicópata con una camisa Hawaiana, una maleta de color verde en una mano y unas gafas de buceo en la otra, y puso la mano en el pomo de la puerta de ésta que es su residencia de verano.

― Ya estoy en casita ―dijo, el hijoputa.

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20 comentarios to “La sal de la vida”

  1. Inés Says:

    ¿No piensas de veras que tu madre no sabía lo que te estaba enviando, verdad? Estoy convencida de que no fue inocentemente. Pero claro, eso significa que cuando dices que dijo “Hay que ver, hijo, con lo que tú sudas” en realidad pensaba “Hay que ver, hijo, con lo que tú f****s” . O igual, quién sabe, es que las vitaminas que te había mandado antes resultó que tenían un efecto secundario que ella quería mitigar. A saber.

  2. Microalgo Says:

    Además de con el KGB (como la de Manolito Gafotas), mi madre creo que tiene varios cursos con Sir Laurence Olivier. Si le pregunto pondrá carita de Santa Gema y dirá “¿Yooo?”. Le ahorraré el esfuerzo neuronal, que madre no hay más que una.

  3. Inés Says:

    Oye, igual ahora, que ya no eres el niño que se fue a Graná, te confiesa sus artimañanas. Que ella seguro que lo único que quería es que acabases la carrera en lugar de andar zascandileando con alguna pelandusca para que hoy fueras el hombre de provecho que eres.

  4. Microalgo Says:

    Más hubiera querido yo que zascandilear, Dama Inés. Y no creo, que mi progenitora es mucho más de mantenella y no enmendalla.

  5. Inés Says:

    Nu sé. Yo pensaba que mi madre también era de esas y últimamente estoy descubriendo algunas cosas que… Y si no zascandileabas… ¿por qué te mandó tu madre bromuro? ¿Qué es lo que no nos estás contando?

    [Acabo de registrarme en wordpress. Debería salir mi carita en este mensaje, pero no sé.]

  6. Microalgo Says:

    Sale, sale.

    Una cosa es lo que yo hiciera y otra lo que mi madre suponía que yo hacía, desde luego.

  7. Inés Says:

    Ey, sí… Y no sólo sale en mi último comentario (voy a ver qué pasa en comentarios en otros posts). ¡Qué bien, ya no soy un dibujito abstracto!

    Ahora… Habremos de creerte, claro. Pero las madres suelen tener un sexto sentido para estas cosas. Igual no zascandileabas porque no querías (o no veías a las pelanduscas que sí que eran detectadas por el radar materno). Mmmm, yo creo que mi radar necesita una resintonización; igual no es el único que debería mandarse al taller.

  8. lu Says:

    Qué arte tienes escribiendo, me compraba tu autobiografía.

    No he leído nada de Benítez Reyes todavía, pero como me gustan las citas que pones de él me regalé hace poco “El pensamiento de los monstruos”. Ya te contaré cuando lo lea, que es que yo los libros los compro por kilos, como los tomates, y los apilo mediante un estudiado sistema completamente aleatorio para ser leídos siguiendo un orden estricto como me dé el punto, dependiendo del cuerpo que me haya dejado el libro recién terminado. No sé si me explico. El caso es que éste va a ser el próximo.

  9. Morella Says:

    Bromuro de acá, bromato de allá, cloruro sódico…
    Que yo vengo para distraerme después de tanto estudio para mi examen de mañana, y usted me sigue con la química…
    (De todos modos me encantó la entrada.)

    Un beso don Micro.

  10. ETDN Says:

    Yo tampoco soy inocente del todo…el comentario sobre el bromuro del post anterior fue intencionado, porque me acordé de esta historia.

    Gracias por compartirla y por hacerlo de manera tan divertida y tan bien escrita.

    muack!

  11. Morella Says:

    Acabo de escuchar El cromosoma, me gustó mucho.

    Y volviendo a la pasada, yo hice toda la primaria, secundaria y polimodal en un colegio de monjas (no se cómo le llaman allá, sería ir al mismo establecimiento desde que tengo uso de razón y hasta que por fin lo terminé). Nunca noté nada raro, más que la misma locura de la monja que lo dirigía… dirige perdón. Todavía, lamentablemente sigue al mando.

    Otro beso.

  12. laluli Says:

    Estoy con Inés, de inocentes sales nada. ¡Cómo son las madres! A la mia le enseñó la guerra psicologica el M16. Y debio graduarse con nota.

  13. Salamandra Says:

    La fe en tu madre te honra. Yo hubiera leído primero y tirado después.

  14. Princesa sin sapo Says:

    Yo creo que atribuimos a las madres demasiada malicia y artimañas, y que la mayoría de las veces no han querido más que darnos una mano. En todo caso, la mala entraña puede haber venido de parte de quien le atendió en la farmacia. Imagina a tu madre diciendo: “es que mi retoño de 18 años está con falta de energía allí solito, seguramente comiendo mal, en un piso de estudiante”, y el de la farmacia, para sus adentros :”a éste le voy a dar yo…”.
    Pobres madres inocentes…

  15. Bereni-C Says:

    Se me viene a la cabeza una Semana Santa en la que mi madre se llevó, para ir de penitente tras El Cautivo, una crema “maravillosa” que aliviaba los pies que no veas. Todas sus amigas y ellas alabaron sus propiedades, parecía mentira, era echártela y dolerte mucho menos. Le pregunté a mi madre que de dónde la había sacado, que ya me la conozco y en mi familia materna siempre ha habido mucha costumbre de “toma, hija, que estas pastillas me las ha mandao el médico y me han quitao esto y esto, tómatelas tú y dáselas también a tu hija, que ya verás que bien”. Se las había dado su abuela (mi bisabuela Antonia) sin caja ni prospecto ni nada (como de costumbre). Me enseñó la crema: Canestén. La reconocí al momento: el verano anterior me la había recetado el médico para una candidiasis. Evidentemente, me callé como una puta, que no me convenía que me preguntasen por el origen de los hongos vaginales, ejem.

  16. NÁN Says:

    I.- Sobre las citas de Felipe Benítez Reyes. REspuestas a a), b), c) y d). No se esfuerce. No las leemos.

    II.- Respuesta a Lu: no me venga ahora con ideas que ya le tengo apalabrao un libro.

    III.- Voy a revisar lo que compro en el súper, porque pamí que llevo 59 años tomando bromuro sin enterarme. ¿Puedo preguntar a su madre de usted, que la veo experta?

    IV.- Princesa Sin Sapo. Las madres son malas por definición. Porque si no, el resultado de nuestra vida estúpida es consecuencia de nuestra estupidez, y somos cmo Camps, que dice que al Bogotes apenas lo conocía.

    V. Mi amigo imaginario me dice que por qué no me voy a dormirla. ¡Que sabios es!

    • lu Says:

      NÁN, perdona, pero no te he entendido del todo… ¿Le vas a regalar un libro? ¿Le vas a publicar un libro? Si es esto segundo quiero un ejemplar dedicado. Pagando, claro, que el amor al arte es precioso pero todo tiene un límite. Ojalá sea una novela sobre su vida, me la imagino exageradísima como la de Martín Romaña. Y encima en Cádiz… Ya me estoy riendo.

  17. Sérilan Says:

    A ver..a ver…a ver…..que yo soy madre y me estoy sintiendo un poquito salpicada. Tambien tengo madre, y aunque en algunas cosas (poquitas) puedo estar de acuerdo con la peña tendreis que reconocerme que a pesar de todo las madres son el alivio de la mayoría de nuestros males.
    Entonces que sentido tiene querer averiguarle sus métodos..??
    Oigan, que cada uno es cada uno, dejemoslas estar
    Y si no quereis que acudan en vuestro auxilio iros a Sevilla que aún queda festival, ( Territorios) estuve el viernes en su inauguración (10 horitas de concierto) y a pesar de quedar maltrecha os aseguro que me traje una vacuna contra muchos males que seguro me dura al menos seis meses.
    A mi madre de momento visitas de cortesía

  18. laluli Says:

    Está claro que si nos ponemos a enumerar las cosas buenas que tienen nuestras madres nos sale una lista enorme. Yo adoro a la mía, pero de vez en cuando…

  19. NáN Says:

    A Lu: no, estoy dando el coñazo a una persona para que le edite un libro de relatos, porque son descacharrantes.

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