¿Y qué si lo hago?

El heroísmo proliferaba, y era notable que reluciera en mayor medida provocando desgracias que intentando evitarlas, hecho que al ser comprobado en muchas y muy diferentes ocasiones a través de la historia, invita al recogimiento y a la oración (Pere Calders: Ronda naval bajo la niebla).


A que no te atreves. A que sí. A que no. ¿Cómo que no? Como que no...

Ñic.



El ejercicio del taller del Bremen me va a valer otro post. Se trata, en esta ocasión, de describir un punto de inflexión. Si no cansado, sí temeroso de cansar a base de exponerme a pecho descubierto ante mis (virtuales) compañeros de taller, cosa de la que no me he aburrido aún en este blog, había decidido inventarme uno y aplicarlo a un personaje desconocido, de esos que en un momento dado levantan la cabeza y dicen la palabra “destino”.

Pero total, para qué.

Septiembre del año de Nuestro Señor de 1984. Acabábamos, mis padres y yo, de dejar en una pensión en Granada a mi hermano Anaxágoras. Según mi madre, “ahí, solito, y tan chico, él”. En realidad, con sus dieciocho años y las espaldas platónicas de un judoka-cinturón-bastante-oscuro como efectivamente era, con veintiuno-coma-ocho segundos en los doscientos metros, menos de once en los cien y un sobresaliente de media en el Instituto, mi hermano Anaxágoras ni era tan chico, él, ni tampoco le importaba un bledo quedarse solito. Seguro que hasta lo agradecía, con su carácter gatuno de rubito arisco.

En la parte de atrás del coche, con veinte meses menos que su hermano, el meso-Microalgo se asomaba a la ventanilla (perruno, él, por supuesto), olisqueando, mientras la abandonábamos, la ciudad que lo acogería en tan sólo dos años, y durante cinco.

El coche se detuvo en un semáforo. Indiferente a los injustificados suspiros maternos, Microalgo se fijó en una mujer joven en la acera, a punto de cruzar el paso, y que bien podía doblarle la edad, muy guapa, y a la que un sencillo pero inmaculado pantalón vaquero, unas botas de tacón alto y una camisa blanca le sentaban divinamente. Elegantísima. Como una modelo. Impecable.

Mi demonio particular, mi Azazel privado, me sugirió que le guiñase un ojo.

Fíjense qué cosa.

Y hete aquí que, por primera vez (tarde, porque Microalgo siempre llega tarde a todos sitios), una frase le cruza relampagueando entre las neuronas.

“¿Y qué si lo hago?”

Y lo hice.

Ñic.

La dama en cuestión me miró divertida con una medio sonrisa condescendiente y cruzó tan pancha.

Mi memoria, o mejor dicho, la falta de ella, es legendaria, a no ser que se ocupe de tonterías como ésta.

Así, mi tan mentada memoria vino a golpearme pocos años después, cuando la profesora de bioquímica, a la sazón esposa del catedrático de citología, entró por primera vez en clase y pude reconocer sin ningún atisbo de duda a la Venus Peatonal del 84 en esa señora que dictaba apuntes como una Thompson mafiosa, de las de tambor vertical.

Si ella me reconoció o no… no lo sé.

Esto que sigue es un extracto de mi expediente académico, donde se aprecian un par de cosas. La primera es que la estadística me gusta poco (a no ser que se trate de la que se aplica a diferentes juegos de azar y cartas, con Alcanceros de por medio). Y la segunda…

Empollón de mierda. Menos para la estadística.

Lo dicho. No sé si me reconoció o no. Si lo hizo, no se lo comentó a su marido (véase la calificación de la asignatura siguiente).

Y bueno. Otras muchas veces me he asomado al acantilado del “¿y qué si lo hago?”. De vez en cuando me he arrepentido del resultado, pero… no de haberlo hecho. Seguro que duele más no hacerlo.

Eso es tó, eso es tó, eso es todo, amigos.

Anuncios

13 comentarios to “¿Y qué si lo hago?”

  1. Inés Says:

    La filosofía del “¿Y qué si lo hago?” la comparto. Está bien, vives con más emoción todo. El problema suele ser el hostiazo posterior que a veces viene, claro. Pero siempre es mejor arrepentirse por haberlo hecho que mirar atrás y preguntarse “¿qué habría pasado si…?”.

    Y yo estoy segura de que la matrícula era merecida, aunque es probable que también te reconociese (una cosa no quita la otra).

  2. Morella Says:

    “Mi memoria, o mejor dicho, la falta de ella, es legendaria, a no ser que se ocupe de tonterías como ésta.”

    Siempre me pregunto por qué nos ocurre eso, por qué ocupamos archivos erróneos o carentes de sentido en nuestro disco rígido (en mi última entrada algo verá).

    Un saludo don Micro.

  3. ETDN Says:

    Yo también soy de la escuela del “mejor arrepentirse de lo que uno hace que de lo que ha dejado de hacer”. Aunque el atrevimiento de guiñar un ojo a través de la ventanilla de un coche tampoco es que sea de un riesgo extremo…Tiende usted a la exageración, a veces, ¿no? jñi jñi

    Por lo demás, una tontería que me ha suscitado la expresión “catedrático de citología”. Suena a “experto en citas” y en eso, ese sobresaliente fue anticipatorio de su afición futura. La otra acepción de citología me trae desagradables recuerdos de consulta ginecológica… no sabía que los biólogos estudiabáis esas guarrerías en la carrera, jajajaja.

    Buen finde y saludos a Princesa sin sapo, que he leido anda por allá (y a Glomus, aunque sólo le conozca de oidas y por compartir este espacio de comentarios).

    y besos para usted, claro

  4. Salamandra Says:

    Me recuerda a mis notas de primero de medicina, es algo así como los embriones, que al principio se parecen y luego se diferencian.

    Por lo demás y contra toda lógica prefiero pensar que te reconoció.

  5. Microalgo Says:

    Los biólogos siempre estudiamos guarrerías, ETDN. Dentro y fuera de las aulas. Le daré sus recuerdos a Glomus y PsS, que probablemente leerán esto (si les da tiempo).

    Yo prefiero no preguntármelo mucho, Salamandra. No vea Usted qué tipazo de profesora.

    Ya pasé por su casa, Morella, y le dejé una ruta para escuchar una canción de una cantautora de Zaragoza que merece muchísimo la pena.

    Y sí, Inés, ya veo que coincidimos en nuestras cafradas a la hora de utilizar el “y qué si lo hago”. Algún día nos será rentable, ya lo verá.

  6. Princesa sin sapo Says:

    Ya sabía que venía Ud. con Glomus, OBVIAMENTE. Y ya que estamos, él es uno de los mejores ejemplos (exitosos) del “¿Y qué si lo hago?”.
    Ya tiene Ud. algunos antecedentes, y hay más…

  7. Microalgo Says:

    Glomus es un contínuo “y qué si lo hago”. Es su tercer nombre. El segundo es “Peligro”. El nombre completo es Glomus Peligro Y Qué Si Lo Hago. Anaxágoras, al que conocerá en unas horas, es Anaxágoras Rubito Arisco.

    Y del Arquitecto Sombrerero Loco no le contaré nada. Lo descubrirá Usted misma.

  8. Lucia Says:

    Me hubiese gustado que la historia acabase con un affaire amoroso-pasional del tipo tormentoso.

    Un abrazo.

  9. H. Lecter Says:

    Se nota que es una anécdota real en que no aparece el calificativo “despampanante”, que es un palabro cacofónico que nadie utiliza salvo para adobar (sin mayor fortuna) invenciones picantonas. Yo no soy de los de “y qué…”, ya me gustaría. Aunque me lo propusiera como método, el “y qué…” se convertiría de inmediato en un “pues que entonces…” y luego en un “ya, pero…” para acabar con un “vale, ya déjalo correr”. Y sin embargo recuerdo dos o tres oportunidades en las que me ví haciendo lo insospechado y no fue tan terrible, sino al contrario. Pero nada, hijos, ni avisado ni escarmentado.
    Lo que no pillo es el hilo de la cita con el resto del post…
    Salú.

  10. NáN Says:

    Pues anda que, de tener usted un tic en un ojo, habría sacado la carrera entera con Honor.

    Porque estoy convencido de que esa nota se debe exclusivamente al reconocimiento público de la belleza de la profe.

    Vamos yo, de ser profe, puntuaría por cosas como esas.

  11. Microalgo Says:

    Uh, no me tire de la lengua, no me tire de la lengua…

    Al cabo de un año, esa profesora tuvo un hijo, y mi amigo Alberto (ese que siempre que le cuentas un sueño te dice que el significado es que eres maricón) insistía en que era mío, porque el niño había nacido con poco pelo…

    El hilo del post, Doctor Lecter, viene por las muchas otras ocasiones en que el “y qué si lo hago” se han visto seguidas por un “quién coño me mandaría a mí”, y que no relato por pudor y vergüencilla.

    Un abrazo, a todo esto.

  12. Princesa sin sapo Says:

    No se ruborice, don Micro, de ésas tenemos todos… (ya sé, mal de muchos…, pero consuela un poco, ¿no?)

  13. Microalgo Says:

    Ocúltelas, Princesa. Ocúltelas a todas luces.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: