Microalgo está de vuelta

una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo

la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos.
(Alejandra Pizarnik, El Árbol de Diana).


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Un gurú por aquí,
Un gurú por allá…



Ya estoy otra vez por acá. Hola a todos.

Lamento mucho mi ausencia en este blog durante un par de semanas, pero es que estaba de farra. No me digan, es la mejor excusa.

Estos días últimos días atrás estuve en El Bosque (pueblecito de la sierra gaditana), con una parte de la Peña del Pay-Pay (el honorable grupo denominado Club de Campo al Revés, deporte consistente en comer mucho y andar poco, mientras se planea el siguiente evento campestre deportivo, que consistirá en otra ración de lo mismo).

Antes de esto, me piré unos días a Tenerife, donde me encontré con muchos amigos y ningún enemigo (hay recuerdos que son enemigos). Supongo que en La Gomera sería otra cosa. Aún no voy a volver allá. Y no por rencor, sino por incomodidad. Y porque allí no se me ha perdido nada, qué coño.

No soy muy dado al rencor en general (aunque alguno piense lo contrario). Cuando elimino de mi vida a una persona o a un lugar (contadísimas ocasiones), esto siempre tiene un motivo muy bien justificado. Las personas corrientes y molientes tenemos eso: hay gente a la que nos gusta ver y gente a la que no queremos volver a ver ni en retrato de medio cuerpo. A quien no le pase eso, que levante la mano.

La levantaría, sin duda, un compañero de mi clase durante la carrera, del que, por variar, omitiré el nombre. Lo llamaremos “Pepe Ballenas”, que es el mote que le puso mi amigo Alberto (Pepe Ballenas, el Ídolo de las Nenas). Este extraño ejemplar de la especie humana vestía frecuentemente de un blanco inmaculado y portaba siempre una sonrisa beatífica. Había dejado con anterioridad la carrera una vez, cuando en tercero lo obligaron (o intentaron obligarlo, más bien) a abrir en canal una lombriz de tierra previamente ejecutada en alcohol (no es mala muerte, según se mire). Cuando yo coincidí con él, volvió a negarse a hacer eso y yo lo elegí de compañero de prácticas, le dimos coba a los profesores y abrí el gusarapo yo solo mientras el Ballenas miraba por la ventana.

Este tipo pertenecía a una secta (según él, seguro que era otra cosa) denominada “la Buena Conciencia Blanca Mundial” o algo así. Era vegetariano estricto (pero se hacía unas ensaladas que eran la envidia de propios y extraños cuando nos íbamos de excursión por esos montes de Dios) (o de su Gurú) (quien, por cierto, tenía una cara de colgate que no se lamía: una especie de Fray Leopoldo de Alpandeire pero en versión Hindú, con su puntito colorao en medio de la frente y todo).

El verdadero problema lo tuvimos, con él, en quinto, el último año de carrera. La profesora de fisiología animal (asignatura troncal incluso para los botánicos) tenía que haberse olido la tostada cuando Pepe Ballenas dio un seminario sobre la glándula pineal (“… y gracias a esta glándula las personas espiritualmente superiores pueden ver a los seres invisibles que, realmente, existen a nuestro alrededor: las hadas, los gnomos, los elfos…”) (JURO que dijo esas cosas en un seminario de fisiología animal). La profesora nos miraba asombrada mientras todos atendíamos a su seminario sin descojonarnos, y lo hacíamos porque era un tío estupendo, se creía realmente lo que estaba diciendo y no hacía daño a nadie con sus majaderías. “¿Y lo nuestro? ¿Es que hay alguien que se crea lo nuestro?”, apuntaba, con toda lógica, mi amigo Pepe el Indio.

Pero llegó la hora de la práctica en la que había que mandar al otro mundo (con una anestesia terminal, nada de sufrimiento) a una ratita blanca. Los botánicos solíamos pedir ayuda a algún becario-barra-a del departamento, y le dábamos coba, palique y barnices varios, alegando nuestro clorofílico desconocimiento de los procesos fisiológicos animales y del manejo de bichos con dientes (y los usaban, las jodías ratas), de modo que, salvo algún sádico que gozaba poniendo inyecciones terminales a cuadrúpedos albinos, no solíamos tocar al roedor y éramos meros espectadores del pequeño asesinato.

Pero Pepe Ballenas simplemente se negó a asistir a esa práctica. Y la profesora anunció que no iba a admitir tonterías. Si no iba, le cargaban la asignatura y Santas Pascuas Hindúes.

Vean, vean ahí a Microalgo en la puerta del despacho de la profesora titular de la asignatura (señora de bastantes malas pulgas aunque muy buenos modos e impecable capacidad docente), empezando a sudar un poco y preguntándose qué es lo que hace exactamente allá.

Una vez dentro (“tome asiento, Microalgo Marino”), el fotosintético unicelular empieza a explicarle a la profesora, como buenamente puede, que Pepe Ballenas es un buen estudiante: sólo hay que ver su expediente. Que, en serio, es seguidor de una secta cuyos acólitos ni comen carne ni pescado ni insectos ni mariscos y que no matan bichos, por pequeñitos o feos que estos sean. Que, total, es su religión, y que quiénes somos nosotros para decirle a nadie en qué debe uno creer o dejar de creer, y que, en fin, si somos de la especialidad de botánica tal vez sea porque a nosotros eso de matar bichos es que en el fondo no nos va, qué le vamos a hacer, aunque su caso es distinto, porque lo suyo es cuestión de creencias…

La profesora mira a Microalgo con los ojos entrecerrados, como apuntando con un máuser por entre los dedos de la mano en que ella tiene apoyada la cara. Cara que, por cierto, demuestra mucho aburrimiento y mucha mala uva. Las uñas de la otra mano (manicura absolutamente perfecta, observa el insaciablemente atesorador de detalles Microalgo), tamborilean lentamente sobre la mesa que los separa (ta ta ta tác, ta ta ta tác). Microalgo suda ya fuera de toda contención. Aprovecho para anotar un detalle anatómico o fisiológico -ya que estamos- de Microalgo: no suda mucho por las axilas, ni sudan mucho sus pies (sus zapatos no huelen) (algo bueno tenía que tener, el tío feo), ni le sudan las manos… pero suda de manera fluente y extraordinaria por su cabeza. En cuanto hace algo de deporte (darle la mano a alguien muy efusivamente, por ejemplo, o subir una olla a un armario) o se ve sometido a algún tipo de tensión, la cabeza de Microalgo comienza a evapotranspirar como un sistema de riego israelita.

En medio de un tramo de la disertación de Microalgo en la que éste empieza a hablarle a la profesora sobre la libertad religiosa de los que profesan diversas religiones absurdas (pongamos todas), ésta al fin le dice a Microalgo:

– Vale ya, ya buscaré la forma, dejad de venir.

– ¿?

– Que no hace falta que sigáis viniendo. Tengo cosas mejores que hacer que aguantaros el rollo. A Pepe Ballenas le mandaré un trabajo que lo joda muchísimo: traducir un review sobre el papel del calcio en el movimiento de los músculos estriados, o algo así de coñazo, y punto. Pero no quiero que trascienda, o el año que viene tendré doscientos objetores ¿vale?

– Ehhh… ¿Entonces…?

– Entonces ahora tú te largas y le dices a la gente de la clase que no me toque más los ovarios.

– Vale. Eeer… Gracias. O bueno. Es decir.

– Adiós, Microalgo. Cierra la puerta. Por fuera. Y al próximo que entre con la murga le arranco el bigote. ¿Estamos? – a pesar de lo amenazante del fraseo, al salir, en un último vistazo, capto una media sonrisa de la profesora.

Salgo, al fin, del despacho. Como soy de natural lento (le pasa a los vegetales) no me doy cuenta de qué es lo que ha pasado. Estoy aún en la puerta cuando llega una compañera de clase, porrillera ella (cultivaba un bosque de marihuana en su ático con terraza, fui fumador pasivo de esa hierbecilla durante esos años de carrera).

– Hola, Micro. Eeeh… ¿Está la profesora ahí?

– Sí, pero yo que tú no entraría ahora. Me he metido a pedirle que tenga misericordia del Pepe y está un poco cabreada. Cabreada de una manera extraña…

– Ah. A eso mismo venía yo. Es que, tío, es su religión, y, jopé, es que de verdad el tío no puede ¿Cómo lo ves tú con la mujer esta?

– Creo que bien.

Y entonces lo empiezo a entender. Sin ponernos de acuerdo (lo juro sobre el Font Quer), casi todos los de la clase hemos tenido la misma idea y hemos estado unos cuantos días dándole la tralla a la inmisericorde profesora, que piensa que es una huelga a lo… no, a lo japonés no. No sé. Que hemos ideado el darle martirio a la profesora recalcitrante hasta que indulte al bueno de Pepe. Pregunté en mi clase y así fue: ya habían pasado por ese despacho más de la mitad de los alumnos de mi clase, y casi todos los demás estaban pensando hacerlo, solos o en grupos.

Lo indultó, por cierto. Estuvo este tipo trabajando unos años en el Instituto de Investigación del Zaidín (edificio del CSIC en Granada, centrado en el estudio de la fisiología… vegetal), y luego le perdí la pista.

Andará bajando en piragua el Brahmaputra, o algo así de absurdo. Que su gurú lo proteja de todo mal y que sus dioses (gnomos, elfos y toda la pesca) le den larga y dichosa vida. Él siempre afirmaba que las buenas intenciones para con alguien bastaban para mejorar su vida.

Pues ahí las lleva.

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18 comentarios to “Microalgo está de vuelta”

  1. laluli Says:

    Ya te echabamos de menos. Bienvenido.
    Besos

  2. jl ambrosio Says:

    Bienhallado el aprobado.
    No parece, de momento, que el paso a la funcionarización le haya descapitalizado las meninges. Pero todo se andará, compañero, fíjate en mí. Huuh

  3. Glomus Says:

    Ay, nuestro Micro, que es más bueno que el pan… de arepas. El episodio me recuerda algo parecido que sufrí en mis can-nes hace casi 20 años, cuando como delegado de mi curso de Agrícolas me tocó convencer al inexpugnable profe de jardinería (recién aterrizado de dirigir un Jardín Botánico a intentar convencer a los futuros peritos de las bondades del diseño de jardines en un tiempo en que tal materia nos la pelaba -nota shunga-canaria: hoy, no es así. Hay más compis trabajando en golfs y jardines de hotel que retozando alborozados en el estiercol, cual moi-) de que el herbario NATURAL de 200 plantas que pretendia por barba…era mejor en diapositivas. Le convencí con el argumento inefable de poder incluir dragos, palmeras e incluso especies protegidas. Pero también recuerdo el tamborileo de sus dedos…

  4. Microalgo Says:

    Arepas. Qué buen fin de fiesta antianoréxico nos pegamos allá, Maese Glomus.

    Muy hábil con su argumento, por cierto. Pero hay que ser un montón de cenutrio para dudarlo un instante. Supongo que cuando algún avezado estudiante le trajera prensados dos de los tres únicos ejemplares de alguna planta endémica, se le quitarían las tonterías.

    Se cuenta, sin embargo, de un profesor de cierta universidad andaluza que hizo un estudio de “lo que comen los tritones” de cierto humedal… cuando acabó el estudio, no había tritones por allá. Y no ha vuelto a haberlos dede entonces.

    Una eminencia, el hijoputa.

  5. carrascus Says:

    Eso de visitar El Bosque parece muy recurrente… igual se convierte en un gran centro de atracción turística… lo digo porque mis vecinos han estado allí también pasando el puente con bastante peña de su trabajo, y me han dicho que se alquilaban prácticamente todas las casas del pueblo… y que gente había por un tubo…

    Bienvenido de nuevo, D. Micro.

  6. Microalgo Says:

    Pero por un tubo. El Caminito entre Benamahoma y El Bosque (el del Río) parecía la Calle Ancha… habrá que irse a Nueva Zelanda para encontrar terrenos poco hollados por la multitud ansiosa de respirar aire pseudopuro. Por cierto, que tuvimos que detenernos un ratito para que se perdiera, delante de nosotros, un tío que llevaba colgando del hombro una radio a todo trapo. Yo no sé qué piensa la gente, lo juro por mis muertos. Los más recientes.

    Un abrazote, Carrascus.

  7. Profesor Franz Says:

    Me alegro mucho de que ya esté de vuelta alegrándonos la vida con sus textos, aunque eso implique el fin de sus vacaciones. Si es que todo el mundo no puede ser feliz a la vez…

    Y de lo de matar ratas, qué quiere que le diga? A lo largo de mi carrera le he dado el pasaporte a tantas que terminé haciéndolo con la sangre fría del fiel ejecutor de la cosa nostra que tan sólo cumple con su trabajo. Además, gracias a ellas y a las publicaciones que me dieron disfruto ahora de mi sinecura, con lo que mucho remordimiento no tengo, la verdad. Y si la secta de su amigo resulta tener razón, seguro que ahora están todas reencarnadas en becarios de investigación. Que la rueda del karma es inexorable.

  8. NáN Says:

    Joder, Don Funci, qué historia tan buena y tan bien contada (redundancia, una historia bien contada es una buena historia y punto).

    Que me han dicho que no viene por aquí. ¡Pues sí que estamos bien! Echo a mi propio hijo de casa para que tenga usted una cama que se pueda llamar así y no viene.

    Hale, al menos escriba entradas como esta, ¿vale? En penitencia por no venir y por la ratas convertidas en becarios.

  9. Microalgo Says:

    ¡Hola, Nán!

    No voy para allá esta vez, pero eso no implica una renuncia absoluta a volver a pisar el empedrado de la Villa y Corte… ya habrá Corte otra vez y seguro que paso. Además, estoy deseando entrar a saco en cierto restaurantillo del que me han hablado…

    Y, Profesor, yo tampoco soy un fanático recalcitrante en contra del (o los) matarratas… pero con eso de que soy botánico y las plantas (y algas) no se me quejan de manera audible, pues uno se ablanda.

    Y en cuanto al Karma loco, yo creo que podría ser al revés. Los becarios convertidos en ratas blanquitas. Eso sí que es una rueda inexorable y equilibradora (cómo se ve que he saltado de escala, oiga…).

  10. Lola Says:

    Un micrito de vuelta!

    Qué crueles sois los biólogos… con lo bonito que es factorizar polinomios, que en el fondo no deja de ser una disección, pero con estilo :P

  11. posidonia Says:

    Estimado Microalgo, me alegro de leerle nuevamente tras un merecido descanso.

    Veo que no ha perdido ni el humor, ni el apego épico a los suyos que ha venido luciendo en su etapa-no-estable profesionalmente-hablando y del que todos disfrutamos, y esperamos seguir disfrutando.

  12. Microalgo Says:

    Y Usted que lo vea, amigo Posidonia. Cuídeseme mucho y salude a la consorte y a la prole.

    Y no se toque, que la Virgen llora.

  13. alcancero Says:

    Pues bien hallado, aunque ya tuve ocasión de saludarle a su regreso personalmente. Aunque debo discrepar, yo estoy más bien de acuerdo con la profesora. Alguien con esa filosofía que se meta en Biología sabiendo que hay que hacer experimentos con animales es como el testigo de Jehová que se mete en Medicina sabiendo que hay que hacer transfusiones de sangre. Menos mal que Herr Professor lo tiene claro, aunque su gusto por las ejecuciones ratiles no deja de ser inquietante. Se empieza exterminando roedores y luego se acaba exterminando… bueno ya me entienden.
    En cualquier caso el Ballenas este debía ser un tipo carismático, pues consiguió toda una movilización popular a su favor.

  14. Sérilan Says:

    Luego buscaré tiempo para leerme el extenso post con que nuestro querido Micro nos deleita de nuevo, como se nota que vuelve renovado.
    Ahora solo quiero darte la bienvenida a ésta tu casa. Ya te extrañaba

  15. Irene Adler Says:

    Jajajjaajjajaja. Es graciosísimo. Me ha recordado a una historia que me contó otro insigne biólogo que tenía que hacer una estadística contando todas las moscas de alas largas y todas las moscas de alas cortas mientras éstas estaban dormidas. Lo peor era cuando empezaban a despertarse y todavía le faltaban un montón por contar sobre la mesa.

  16. Microalgo Says:

    Eso pasa en las mejores familias, Dama Adler. Peor era pasarse con la dosis de somnífero y que NUNCA más se despertaran (que también pasaba).

    Pobeshitaz laj mojcas.

  17. David García Says:

    Que alegía para “el Ballenas” contar con la buena conciencia gremial de sus compañeros. Si Microalgo se llevaba tan bien con él imagino que tenía que ser un encanto el tipo, pero nunca entenderé bien del todo a los vegetarianos. Sin poder evitarlo sufro algún tipo de recelo sin explicación ante esta postura de fan de las ensaladas sin atún. Con todo mi respeto. En algún momento dado he alcanzado las ideas más felices reflexionando profundamente sobre los temas más variopintos con un bocadillo de jamón entre las manos. No nos engañemos. El cuerpo (y no digamos la mente) no funciona igual con un tomate Cherry entre los dientes. “Ballenas”, hervíboros del mundo, no mateis ratas ni gusanos si no os place (lo entiendo y lo comparto), pero pedid el solomillo más grande en vuestra próxima cena navideña a la salud de vuestros seres queridos y, sobre todo, a la vuestra propia. ¡Salud!

  18. Microalgo Says:

    Me adhiero como una lapa al pensamiento de este insigne cantautor. Que para algo tenemos los colmillos…

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