El Rey en la Emboscada, III

Los errores están en el tablero, esperando que los cometas (Xavier Tartacover).


El Rey ha caído en la emboscada



Para estar cerca de su mujer (los nazis, con maquiavélico criterio, no la dejaron escapar de Francia), Alekhine vuelve al París ocupado con la intención de trabajar como pacífico intérprete (hablaba ruso, francés y alemán como si fueran lenguas maternas, y chapurreaba otros cuantos idiomas). Esperaba que su fama fuera un escudo suficiente.

Pero los servicios de inteligencia nazis tienen registrado su odio a los comunistas, y cualquier frase antisemita dicha en alguna reunión. Suficiente.

El comisario Otto Zander, nombrado directamente por Goebbels, se entrevistó con Alekhine (después de detener a su mujer y registrar todas las propiedades de ella en Paris), y le puso por delante un artículo ya redactado (parece que por un tal Gerbec) en el que se criticaba el modo de juego judío (cobarde y conservador) frente al glorioso estilo ario de juego en el ajedrez. Sólo tenía que firmarlo. Le recordó que Hitler está venciendo en todos los frentes, que la Unión Soviética, vil enemigo común, va a ser aplastado por los blindados nazis. Que el imperio alemán durará mil años (a París no llegaba otra información… y Estados Unidos no había hecho aún ni amago de entrar en la contienda). Que él conservará todo el favor del Fürer, que lo admira muchísimo. O bien, claro… si no quiere firmar no pasa nada. Pero sus bienes quedarán todos confiscados. Su mujer no será tan bien tratada como ahora, puede que incluso sea mucho peor tratada. Más de lo que Alekhine sea capaz de imaginar. Y bueno, él es ruso de origen ¿no? Y entrevistó a Lenin ¿No es verdad? ¿Y no apareció en algunos mítines junto a su, por entonces, esposa, mostrando un fervor inusitado en pro de las ideas bolcheviques…?

No todo el mundo es Fernando Sottomayor, está claro. Y antes de juzgar a Alekhine, hagan, queridos lectores, un verdadero examen de conciencia (sáltense todas las películas estadounidenses posteriores sobre la Gran Guerra y computen el hecho de que, en París, nadie sabía lo que Hitler estaba haciendo en los campos de concentración), y pónganse en su lugar. ¿Qué habríamos hecho cada uno de nosotros? Para nuestro alivio, la duda nos durará sólo un par de segundos mientras seguimos leyendo.

Años después, con muchos litros de alcohol encima, Alekhine solía afirmar, sin venir a cuento, que él nunca escribió ese artículo. Lo juraba santiguándose. Y con toda seguridad, es cierto. Pero lo firmó. Que viene a ser lo mismo.

Al acabar la guerra, nadie quería ni ver a Alekhine. Nadie lo volvió a invitar jamás a un torneo. Su mujer, agradecidísima por lo que hizo por ella en la Francia ocupada, lo abandonó.

El Rey se tambalea por Portugal y, sobre todo, por España, donde el odio antinazi en la postguerra no es tan acerado como en el resto de Europa. Además, Alekhine guarda muy buen recuerdo de los dos países, que ya visitó en la década anterior, cuando tenía un magnífico coche de alquiler y el mejor hotel de la ciudad a sus pies.

Ahora sablea sus amigos, que dicen de él que es más caro que mantener a una corista. En cuanto tiene ocasión se bebe las botellas de oporto de una sentada, callado, copa tras copa. Pierde a propósito con la gente rica y luego les pide dinero, tras halagar su juego.

En 1946 Alekhine le debe dinero a todo el mundo, tiene cirrosis. El Doctor Casimiro Ruigarcía, ajedrecista y amigo, lo examina gratis en su consulta de Gijón y le dice que si no deja de beber le queda muy poca vida. Pero Alekhine sabe que aunque deje de beber no va a poder alargar mucho su existencia, de modo que sigue bebiendo…

Sin embargo, la muerte lo sorprende en Estoril, solo, en un hotel baratucho, asfixiado por atragantarse con un trozo de carne.

En principio, nadie se quiere hacer cargo de su cadáver. Unos pocos amigos ponen dinero y trasladan su cuerpo a París, donde descansa bajo una lápida de mármol rosa, sobre la que se erige su busto, con su nombre y sus títulos.

Y allá lo encontré yo, hace años. Por casualidad. En el Cementerio de Montparnasse, a poquísima distancia de la tumba de Julio Cortázar (que era lo que buscaba mi novia). Allí me encontré con su tumba, con la lápida. Pero no con el busto que describe la bibliografía. Tanto el busto como la parte superior de la lápida están destrozados con saña (tanto, que del busto ya no queda nada, y yo sólo supe que existió tiempo después, cuando, picado por la curiosidad de saber qué hacía un ajedrecista campeón del mundo ruso enterrado en París, me puse a buscar cosas sobre su vida.).

No justifico lo que hizo Alekhine. Nunca fue un hombre ejemplar. Pero tampoco habría pasado nada si hubieran dejado su tumba en paz. Al menos por lo que fue como ajedrecista: uno de los más grandes de todos los tiempos.

En mi opinión, tuvo algunos atenuantes. No sé que pensarán Ustedes.

Vaya ladrillo, ¿eh? Pero me apetece salvar cosas del olvido. Lo bueno y lo malo. Así somos, al fin y al cabo.

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Una respuesta to “El Rey en la Emboscada, III”

  1. Microalgo Says:

    Comentario antiguo a estos tres trabajosos posts:

    1. Excelentes posts ajedrecísticos, amigo Microalgo. E interesante tema el que subyace, el del compromiso del famoso con su realidad. Recuerdo una cosa que dijo el difunto Marlon Brando, sobre su sorpresa sobre el hecho de que al ser actor todos le preguntaban sobre temas trascendentes y su mayor sorpresa al ver que siempre respondía, aunque no dominase el tema en cuestión. ¿Es que el hecho de ser alguien conocido le fuerza a convertirse en un modelo de santidad?. No deja de ser la trasposición de las vidas ejemplares cristianas a un marco laico. Es mejor creer que los genios, sean del campo que sean, son seres humanos sometidos a los avatares de su tiempo político del que no pueden saber como acaba. Es fácil pedir a la gente firmeza ante el nazismo sesenta años después sabiendo que acaba desastrosamente en el búnker de Hitler, pero en su época de máximo apogeo parecía imparable. Los genios sólo lo son en su terreno, pero en el resto son como los demás, humanos sometidos al miedo y a las pasiones. O incluso con la posibilidad de equivocarse y adorar a los señores de las tinieblas
    Comentario de Monsieur Jacobine hace 22 horas y 26 minutos
    2. Pues sí, Monsieur. A eso iba yo.

    Gracias por su comentario.
    Comentario de Microalgo hace 6 horas y 56 minutos

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