El Rey en la Emboscada, II

“Checkmate – c. 1346, from O.Fr. eschec mat, ult. from Pers. shah mat, lit. “the King is left helpless” [ ]. Checkmate comes from the Persian expression “shah mat”, which literally means, as Davidson points out, that the King is ambushed. Although “mat” is also an Arabic word for dead, the expression was in use by the Persians before Chess spread to the Arabs, and it did not mean dead in Persian. Reports that checkmate means the King is dead are mistaken”.(Diccionario Etimológico).


Aquí se dieron la del pulpo y cambiaron el ajedrez para siempre: Alekhine y Capablanca. El pie de foto reza: ALEKHINE, CAPABLANCA y el árbitro del encuentro, doctor Carlos A. Querencio, en el momento de iniciarse el match en el Club Argentino de Ajedrez el 15 de Septiembre de 1927. Separaba ya entonces a ambos hombres una acerba rivalidad, que llegó en los años siguientes a tomar visos de encono…



Dejamos en el anterior post a Alexander Alexandrovich Alekhine con el codo dolorido después de hacerle un corte de mangas a su segunda mujer, la suiza alocada, incauta y bolchevique.

Alekhine se nacionaliza francés en 1925 y se lía con otra anciana (Nadezhda Semegenovna) en 1926. Trabaja como traductor y ofrece exhibiciones. Trata de ser, incluso, actor… esto último, probablemente, espoleado por la oferta hecha por el cineasta Cecil B. de Mille al excelso ajedrecista José Raúl Capablanca (verdadera Némesis de Alekhine) para que acepte un papel en una película suya. Para mayor rabia de Aleckhine, Capablanca, sin ser actor ni un personaje, a priori, mediático, aparece el tercero en una lista de los hombres considerados, por las mujeres de su época, como los más apuestos del mundo. El segundo es el actor español Ramón Novarro (quién lo recuerda hoy). Y el primero… en efecto, cómo no. El imbatible Rodolfo Valentino.

José Raúl Capablanca perdió SÓLO treinta y siete partidas en TODA su vida. Su muerte, en 1942, llenó de congoja a un Alekhine cincuentón y ya entonces derrotado por el alcohol y la vida (malvivió cuatro años escasos más). Sólo a Rey Ardid, uno de los jugadores españoles más elegantes de la historia (y uno de los pocos amigos que le quedaron al final… los comentarios de ambos, realizados conjunta y amigablemente sobre el mano a mano sostenido por estos dos maestros en Zaragoza en 1944 son una delicia), sólo a Ardid, como decía, confesaría Alekhine que coleccionaba como un tesoro cada una de las partidas de Capablanca que podía encontrar por cualquier parte.

Pero en 1927 las cosas no pintaban así. Ese año, Alekhine y Capablanca se enfrentaron, al fin, por el campeonato del mundo, en Buenos Aires. La mejor cabeza ajedrecística del mundo… frente a la que tenía más mala leche.

Es la historia del maldito siglo XX. Por esa época, prácticamente todos los deportes dejan de ser competiciones entre caballeros: a partir de esas fechas, hay que ganar a toda costa. Como sea. Y Alekhine sabía que, en condiciones normales, tenía pocas posibilidades ante el sobrehumano Capablanca. Así que tenía que jugar la única baza posible e inaugurar la época más criticable del ajedrez mundial fuera de los tableros, y la más interesante dentro de ellos, culminada por el campeonato del mundo entre Spassky y Fisher, en Reykjavik en 1972, que fue una locura absoluta alrededor de los sesenta y cuatro escaques (bueno, y dentro también, porque todo lo que ha tocado siempre Bobby Fisher queda impregnado de un indescriptible toque de desquicie).

Alekhine se dedicó, durante el campeonato, a volver loco a Capablanca, que era un hombre amabilísimo y educado hasta el extremo, un verdadero gentleman cubano. Alekhine se levantaba con un grito en medio de la partida y se ponía a pasear por la sala. O soltaba una carcajada ante el movimiento de Capablanca. Murmuraba cosas que Capablanca, con una ética intachable, jamás repitió a nadie. Arrojaba sus propias piezas capturadas por toda la sala… las normas del ajedrez de la época no tenían respuesta a tales “innovaciones”, que ahora se sancionarían. Todo eso, sumado a que enfrentarse a Alekhine frente a un tablero no era moco de pavo, terminó por desequilibrar el juego del cubano y, por tanto, la balanza del torneo. Tras un campeonato marathoniano, Capablanca comunicó a Alekhine por carta que el ruso (perdón, francés) era el nuevo campeón del mundo. Alekhine prometió verbalmente una revancha que jamás quiso jugar con Capablanca, por si las moscas. Por fin, Alekhine podía emplear el mote que se ganó de pequeño en su escuela jugando al Ajedrez: El Rey.

En 1932 deja a su tercera compañera por una tres-veces-viuda estadounidense que vivía opulentamente en París y que era (también) mucho mayor que él (Grace Wishad), pero que lo parecía más todavía. Ciertos jugadores de ajedrez gamberros de la época la apodaban, sotto voce, “la viuda de Philidor” (éste fue un magnífico ajedrecista… del siglo XVIII).

Ese año, El Rey juega 300 simultáneas en una exhibición y 32 partidas simultáneas… ¡ciegas! en otra.

Pero a los pocos meses… arde el Reichstag en Alemania.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial lo deja momentáneamente atrapado en la Argentina, en la cúspide de su capacidad de juego y en lo más alto de la estima del panorama ajedrecístico mundial. Había dejado de beber y casi ni fumaba. Pero la guerra va a cambiar muchísimas cosas en el mundo. Pocas, sin embargo, de manera más profunda que la suerte de Alexander Alexandrovich Alekhine.

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