El Rey en la Emboscada, I

También el jugador es prisionero… de otro tablero de negras noches y blancos días. Dios mueve al jugador, y éste a la pieza (Jorge Luís Borges).


El Rey Alekhine



Les ruego me perdonen por la ausencia. Microorganismos no fotosintéticos (son la hez de la tierra) me han tenido fuera de combate durante cuatro días. Mejorcito, gracias.

Hoy les voy a dar un poco la lata. Pienso partir este post en tres, para no hacer uno muy largo. Si el clorofílico microalgo tuviera la mezcolanza precisa de talento y disciplina, haría de esta historia una novela, ya que la vida del personaje en cuestión es absolutamente novelable. Con esa intención me pegué un par de añitos, hace ya algunos, recopilando textos, haciendo tablas y diagramas y pidiendo libros de allende los mares sobre él. No creo que termine nunca de escribir la novela, pero les voy a colocar tres posts que se van a cagar por la patita.

¿Qué tiene el ajedrez que no tienen otros juegos?

Pues, de momento, una falta completa de azar. Las piezas están colocadas siempre de la misma manera al inicio, y los jugadores cuentan con tan sólo su inteligencia y experiencia para desarrollar la partida. Uno no se puede quejar, como en los juegos de cartas, de que “le han venido mal dadas”.En eso, la vida se parece bastante poco al ajedrez, y mucho más al mus. Independientemente de la jugada que lleves, hay parte del lance que depende de ti, y parte que no. Te puede venir un solomillo; -tres “guarros” y un “pito”- o las de Alpedrete -cuatro, cinco, seis y siete-, es decir, una magnífica jugada o una jugada pésima, y gestionar tanto una como otra de manera que, a base de psicología y mucha coba fina, sacarle buena tajada (o la mejor, dadas las circunstancias) a cualquiera de ambas.

No en el Ajedrez. Tal vez por eso Alexander Alexandrovich Alekhine no supo jugar bien sus cartas… aunque hay que reconocer que, en ciertos momentos, le vinieron muy mal dadas.

Alekhine (Alijoi, para sus amigos) nació en Moscú, en 1892. Saber el día exacto es un follón porque aún estaba allí instaurado el calendario Juliano, y no el Gregoriano, que es el nuestro: parece que fue el 31 de Octubre de este último calendario. Hijo de Anisya Ivanova, señora forradísima de pasta, heredera de un emporio textil, y de Alexander Ivanovich Alekhine, gobernador y miembro fundador de la Duma, creada por el propio Zar Nicolás II Romanoff.

Alexander Ivanovich le dejaría en herencia a su hijo un par de problemillas. El primero fue su propensión a pasarse con el alcohol. Enmárquese el verbo reflexivo “pasarse” en un entorno ruso moscovita. Eso es pasarse mucho. Y el segundo, su apego al régimen zarista, por consiguiente un profundo desprecio por las estructuras soviéticas y, como consecuencia, una manifiesta simpatía por todo aquél que odiara a los comunistas, lo que, como les mostraré más tarde, le proporcionó unos amigos sumamente incómodos durante y, sobre todo, al final de la Segunda Guerra Mundial.

En 1908 recibió, junto con otros jugadores de talla internacional, el título de Maestro de Ajedrez (¡con dieciséis añitos!) que se otorgaba por primera vez en el mundo. El de Gran Maestro lo recibió en 1913, con veintiuno. Ese año jugó por primera vez con el que quizás haya sido el mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos: su admirado, venerado, temido, envidiado y odiado Raúl Capablanca. No me detendré en él. Merecería un par de libros aparte.

Ese mismo año, Alekhine tuvo una hija ilegítima con una madura baronesa. Su vida sentimental fue un liazo del copón bendito, dominado posteriormente por una marcadísima gerontofilia, de la que desconozco el origen psicológico: decir que “le iban maduritas” se queda tan corto como decir que “bebía moderadamente”. Bebía como un poseso y le atraían las mujeres MUY mayores.

El estallido de la Primera Guerra Mundial lo sorprende en Mannheim, en un torneo. Todos los jugadores son arrestados y él es liberado a los dos meses. Entra en las filas de la Cruz Roja Rusa (supongo que por enchufe paterno), y cuando se produce la Revolución Soviética, sus simpatías y su abolengo no le auguran ni dos telediarios.

De hecho, tras cambiar tres veces de bando para salvar el pellejo, 1919 lo encuentra en una “celda de la muerte” en Odessa. De las celdas adyacentes salen diariamente varios presos cuyos juicios duran unos cinco minutos, antes de ser declarados invariablemente culpables, lo que los lleva sin dilación al paredón.

Pero hete aquí que en la celda de nuestro atribulado ajedrecista entra un hombre de gafas redondas y pelo alborotado, que se sienta frente a Alekhine y pide un tablero de ajedrez. Alekhine nota que ese hombre es siempre obedecido al instante. Incluso cuando con un gesto indica a los guardias que los dejen solos y que cierren la puerta.

Al parecer, Alekhine jugó, en esa celda, dos partidas a solas con León Trotski. Nadie sabe qué se dijeron, ni quién ganó cada una de ellas. Sólo consta que, tras ellas, Alekhine fue exonerado de todos sus cargos y liberado de su encierro.

Al año siguiente se casa con la madre de su hija para que ésta sea, por fin, legítima… pero se divorcia como el rayo porque ha ideado un plan.

Haciéndose el ultrasoviético (no, si cara dura, tener, tenía tela… incluso entrevistó a Lenin ese año, trabajando como periodista, el tío jeta), se liga a una periodista suiza (Annaliene Rüegg) de cuarenta años (él tenía por entonces veintiocho), comunista acérrima y enardecida difusora de la ideología. Y, de paso, más fea que Picio después de pasarle un mercancías por los morros. Se casa con ella, le sigue el juego y la retórica bolchevique, y en cuanto salen del país en misión evangelizadora de las bondades del sistema obrero (un año más tarde, ella ya con un niño), él les hace un corte de mangas y la abandona, “informándola cruelmente -dice literalmente un testigo en una carta a Edward Lasker, un grandísimo ajedrecista- de que la había utilizado sólo para salir de Rusia”, además. Es decir, con recochineo.

Volvió a ver a su hijo alguna vez, en París, pero a Annaliene no quiso nunca volver a verla (ella murió en 1934, sin haberle querido conceder nunca el divorcio).

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