El boloñés inefable y la microalga obsesiva

 Señoras y Señores… ¡¡El incre�ble Stefano Benni!!

Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras (J.D. Salinger: El Guardián Entre el Centeno).


Por lo general no he sido nunca una persona obsesiva. Pero cierta cajera del centro del Corte Inglés de Bahía Sur tal vez no opine lo mismo.
Hace ya muchos años me leí el primer libro de Stefano Benni que cayó en mis manos. Se trataba de una novela de ciencia ficción llamada “¡Tierra!”. Pocas veces me he reído tanto.

Años después, me fue regalado otro del mismo autor. Se trataba de una novela corta, casi cinematográfica (se lee casi en el mismo tiempo en el que se ve una película). Ese libro se llamaba “Baol”. Es, desde entonces, uno de mis libros favoritos.

Tengo todos los libros editados en español del ácido Stefano Benni, y alguno más en italiano (no editados en castellano… y no soy capaz de leerlos en su idioma original, aún).

Tiempo después, pasé por el Corte Ingles de San Fernando (aún no había ni planes para hacer el de Cádiz) cuando me encontré, en una montaña de libros apilados de saldo, varios ejemplares de “Baol”, a un precio cinco veces menor que aquellos que yo había ido comprando para regalarlos (los agoté en las tres librerías decentes de Cádiz). Indignado, me hice con todos los que había en el montón (una docena). La cajera me miró extrañada. Más aún cuando a los diez días (o así), volví a pasar por dicho centro comercial y me asomé al cubo horrible donde los libros esperaban como cachorritos ansiosos en una tienda de animales… ¡y allí había seis o siete ejemplares más de Baol! Evidentemente, los trinqué todos de nuevo y la cajera (la misma cajera de la otra vez) miró la compra que yo llevaba, me miró, y dio casi un imperceptible paso atrás. Pasó por caja la absurda adquisición, a toda prisa, y yo me comporté muy educadamente, por falta de reflejos. Lo suyo habría sido frotarse las manos, retorcerse, babear un poco y susurrar “tooodooosss, los tendré tooodooosss…” y, mientras, cerrar espasmódicamente el ojo derecho (de perdidos…).

En fin, que el suceso éste de la compra inmisericorde de ejemplares de “Baol” me volvió a venir a la memoria al ver una película (creo que era de Richard Donner) en la que Mel Gibson interpretaba a un tío loquísimo que se inventaba conspiraciones del gobierno norteamericano… y no podía pasar por una librería sin comprar todas las existencias que de “El Guardián Entre El Centeno” hubiera en el establecimiento. No podía evitarlo, pero decía que actuaba así porque había sido condicionado mediante hipnosis para hacerlo. De ese modo, el gobierno podía detectar dónde se encontraba (mediante le seguimiento de compras masivas puntuales de ese título).

Si el Centro de Inteligencia Español ha hecho lo mismo conmigo (la hipnosis habrá incluido mi incapacidad para discernir por qué), le agradezco la elección del título, que si no estuviera agotado y casi descatalogado (los libros tienen ya caducidades similares a las de los yogures), les recomendaría vivamente.

(“¡Tierra!” aún puede encontrarse, en Anagrama) (Aviso).
 

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Una respuesta to “El boloñés inefable y la microalga obsesiva”

  1. Microalgo Says:

    Comentarios antiguos a este post:

    1. Así que eras tú.
    La verdad, cuando mi prima la que trabaja en el Corte Inglés lo contó en la cena familiar, nos parecía increible, pero nos hartamos de reír…

    (broma, todo broma)

    Fuera aparte, y aunque sé que Amazon está sólo a un click de distancia, te agradecería un poco más de información. ¿Ciencia ficción de la que te ríes? ¿Cómo lo del Guia del Autoestopista Espacial? ¿Más absurdo? Suena bien. ¿En los cajones de oferta?
    Ah.

    La elección de “El Guardián entre el Centeno” en la película de Donner tenía su porqué: era el libro de cabecera de R Hinckley, el loco que disparó contra Ronald Reagan, y según parece, venía muy influenciado por la lectura. Tanto leer no debe ser bueno.
    Comentario de jl ambrosio
    2. Diga Usted que no es nada bueno. Mire al tipo ése del libro gordo que se le secaron los sesos.

    Mire, Ambrosio: si me manda por correo electrónico (creo que tiene mi dirección humana por ahí), a dónde hacerlo, le busco el libro de “Tierra”, se lo regalo y se lo mando a la dirección postal que me indique. FARTARÍA MÁJS. Con que le guste la mitad de lo que me gustó a mí…

    Cuente con ello.
    Comentario de Microalgo
    3. Estimado Microalgo:

    Habría dos asuntos a tratar aquí: uno es el de las obsesiones, y más en concreto las literarias, y otro el de la recomendación de libros.

    Sobre lo primero, a pesar de que en mi vida diaria tengo detalles dignos de frenopático, la verdad que en lo que se refiere a los autores soy bastante cauto. Dicen de Kurosawa (saltándo al cine) que es de los pocos directores que no hizo ni una película mala. ¿Cónoces algún escritor que no tenga libros “peores”? Así que yo personalmente no tengo ningún autor al que le ponga un altar, aunque sí –lógicamente- algunos favoritos. Sospecho que tu problema con Benni es que recomendarías hasta su lista de la compra. Y claro… Como te conocemos sólo un poco, sabemos que te gusta Benni porque tiene el mismo tipo de humor que destilas en tu vida diaria; cuentas anécdotas-Benni, eres cínico-Benni, ocurrente-Benni…

    Y ahí entro en el segundo tema. Yo creo (seguramente digo otra tontería) que recomendar un libro es algo muy jodidillo, la verdad. Cada uno es como es y anda sólo con lo puesto. Incluso amigos afines en cuanto a gustos literarios se han defraudado de que les recomendara ciertos libros (no lo dicen, claro, pero se nota, es un así como evitar el tema, ahora no tengo ni tiempo para leer, estoy muy ocupado…). ¡Quien me manda a mí recomendar “Los detectives salvajes” o “El pasado” o “Lo demás es silencio” cuando es imposible que causen en otros alguna sensación idéntica a las mías! De todos es conocida la devoción-aversión (a partes iguales) que produce la lectura de Rayuela. Si ni yo mismo, cuando leo algo por segunda vez lo percibo igual. Por ejemplo, soy incapaz de volver a leer a García Márquez, que me encantaba hace quince años. Además, regalar un libro es como obligar a leerlo, y cuando te sientes obligado casi nunca te gusta algo.

    Dicho esto, creo que leer Tierra es un poco como hacerte un homenaje… y eso sólo ya vale la pena.
    Comentario de Rímini
    4. Pues claro, Signore Rímini, que recomendar un libro es arriesgarse a que no guste. Pero yo lo veo desde la óptica de la ensaladilla rusa o más bien las croquetas (recurrentes, las deliciosas croquetas). Si alguien no las ha probado, no puedo dejar de recomendarle que las pruebe. Y si las croquetas las he hecho yo, no puedo menos que llevarle un tupper lleno de ellas, congeladitas.

    Y bueno. “La Última Lágrima” es una colección de relatos de Benni que me parece peor que la de “El Bar del Fondo del Mar”, y “Cómicos Guerreros Despavoridos” tampoco es que me atreva a recomendarla directamente, porque tiene un fondo de amargura (a pesar de los buenos ratos que te proporciona su lectura) que puede atragantársele al más pintado. Y “La Cofradía de los Celestinos” es surrealista de más. Pero Baol o Tierra…

    Lo dicho: me sale el mojarme. “Baol” sí, “Ulises” (el de Joyce, no la Odisea) no. “El Cuarteto de Alejandría” sí, “En Busca del Tiempo Perdido” no. “La Montaña Mágica” sí, “Los Pilares de la Tierra” no. Félix J. Palma sí, Bukowsky o Faulkner, no. Cito también yo a Serrat: “contra gustos… no hay disputas”.

    Siempre habrá algún majadero a quien no le gusten las croquetas (ejjem, ya me ha salido la vena integrista). Sí que le doy la razón, en cambio, en que cuando uno ensalza un libro, la gente que lo lee suele esperar más, y a veces decepciona. Intentaré otro método.

    Hay un liiibro queeee… buenooo… yo se lo dejo por ahí enciiiiimaaa… psé… en realidad ni fú ni fá…

    Según esto, Rayuela sería como las ortiguillas. Pero a mí, todo lo que esté fritito (incluyendo a Cortázar)…

    Creo que he comido demasiado poco, hoy. Se impone una merienda “de las de antes”.

    ¡Gracias por sus comentarios! (los que me conocen saben que ya estaba yo tardando mucho con Benni).
    Comentario de Microalgo
    5. Sr. Microalgo:

    Cierto que a veces hay que arriegarse a tratar de apasionar al otro con lo que uno le gusta. Lo cierto es que leer “¡Tierra!” me supuso un rato de sana alegría, que es mucho más de lo que puedo decir de algunos “clásicos” del cine o la literatura o de más de un amor frustrado del pasado. Y en cuanto a las croquetas, eso es ya casi una cuestión orgásmica (¡no se corte en llamarlos majaderos!).

    En fin:
    Croquetas, Sí.
    Benni, ¿Porqué No?
    El descubridor del metacrilato, No!
    (Esto es mojarse).
    Comentario de Rímini
    6. ¡Al infierno con el descubirdor de los muebles de metacrilato! ¡Que se churrusque por los siglos de los siglos!

    Y gloria sin fin al anónimo cocinero que inventó la mahonesa. ¿Dónde está su estatua? ¿Dónde el templo en el que se lo venera? ¿Dónde las ciudades con calles que portan su nombre?
    Comentario de Microalgo
    7. Ustedes me perdonarán si digo una herejía, pero… ¿realmente “El guardián entre el centeno” merece ser un clásico de esa envergadura…?

    Posiblemente sea yo el que se equivoque al apreciarlo así, ya que el ejemplar que leí allá por finales de los ´70 estaría traducido con el culo… Quizás si volviese a releerlo…

    Ya me ha pasado más veces, por ejemplo con cosas de Boris Vian y Truman Capote, que al leerlos la primera vez no me parecieron tan buenos, y he comprobado con el tiempo, comparando traducciones de aquellos años con otras que he adquirido mucho más recientemente, que la culpa de todo la tuvo el mamón que hizo las traducciones, si es que merecen llamarse así.

    Desde luego, los jóvenes no teneis ni idea de que lo que los abuelitos Cebolletas hemos tenido que soportar en música, libros, cine, tele… ahora os quejais de vicio, coño!
    Comentario de carrascus
    8. En efecto. Coincido con Usted, Señor Carrascus, en que el libro de Salinger no es ninguna maravilla. Como novedoso tiene el punto de vista (desenfocado) de quien está metido en una juventud problemática, y tiene también el valor pedagógico de que alguien en esas tesituras pueda leerlo y reconocerse (de ahí que los profesores lo hagan leer tanto en los institutos estadounidenses) (nosotros podíamos sacar mucho menos provecho de La Celestina). Puse la cita porque venía doblemente al caso: Aparte del ocurrido (absolutamente verídico, no he exagerado ni un pelo) de la compra compulsiva de ejemplares en el Corte Inglés (como el personaje que encarnaba Gibson con el libro de Salinger), ojalá pudiera yo llamar a Benni y decirle que soy, si no su mejor lector, su mayor cliente, porque he agotado sus libros en la zona de la Bahía de Cádiz (sin guasa).

    De hecho, he pedido uno para JL (sepa Usted, JL, si me está leyendo, que ya está pedido… y en otra librería he pedido otro para mi amiga la pelirroja Luli: no se me mueran Ustedes de aquí a que me los traigan). He traicionado a mi librería habitual (Manuel de Falla, en la plaza Mina) pidiendo este segundo ejemplar en la librería Pérgamo en Puerto Real… porque la librera tiene unos ojazos azul-grisáceos que tumban de espaldas. Qué le vamos a hacer. Uno, que es débil. Es que es algo digno de verse, oigan.

    Y en cuanto a las traducciones… pues sí. Incluso algún traductor de Benni se descuelga con expresiones poco acertadas. No siempre se tiene la suerte de leer algo traducido por un genio. Yo tuve la potra de leer la traducción de Robinsón Crusoe al castellano que hizo Julio Cortázar. Ahí es nada.
    Comentario de Microalgo

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