Por los oscuros vericuetos de la memoria

 

 Cuidad�n con él, que tira con bala  En una palabra, Quiqueg – dije, más bien en disgresión -, el infierno es una idea que nació por primera vez de un flan de manzana sin digerir, y desde entonces se ha perpetuado a través de las dispepsias hereditarias producidas por los Ramadanes (Herman Melville: Moby Dick).   

Hace poquito les hablaba de mi hermano, Anaxágoras. Siempre fue un niño un poco avanzado respecto a su edad, sobre todo en cuanto a la lectura y la cultura. Con tres años ya leía, con seis empezó a aburrirse de los Cinco (no de los cinco años, sino de “los Cinco” de Enid Blyton) y pronto comenzó a reclamar tochos de más enjundia que pudiera zamparse. A ver quién más tiene una primera edición del Señor de los Anillos en castellano. A ver. 

Si alguien recuerda la fecha de la desaparición de la Plaza de Toros de Cádiz, pues ese año fue cuando ocurrió el suceso que les cuento. La plaza se derribó y en su lugar pusieron un parque. Allí andábamos jugando mi hermano y yo cuando llegó una parejita, chico y chica (hoy en día más vale especificarlo todo, porque si en Cádiz hay cuartetos de tres, cuatro o cinco, imagínense si añadimos la combinatoria de géneros a la de números), que guitarra en ristre nos empezó a cantar (“¡venid todos!”) las glorias de Nuestro Señor. Evangelizándonos a todos, nos soltaron una perorata que, evidentemente, no recuerdo. Ni siquiera recuerdo si eran mormones, testigos, hare-krisna o simples quicos: todos tienen un discurso similar.

Cuando acabaron, sin embargo, soltaron una frase que constituyó una tremenda cagada, si tenemos en cuenta que mi hermano Anaxágoras andaba entre el público (yo de testigo entonces y ahora de escriba, para que ese recuerdo no se pierda como lágrimas en la lluvia):

-¿Queréis hacernos alguita pregunta?

Sí. Sí queríamos. Sobre todo Anaxágoras, que les dijo:

– Mmmmm… sí. Estooo… perdonen… ¿Ustedes creen que el infierno es un lugar físico?

Miradas cruzadas con traducción evidente: Contesta tú. No, tú. ¿Yo por qué? A mí me dejas, dilo tú que eres el que más ha hablado…

Al final recuerdo una vaga explicación pobladísima de manidos lugares comunes, acerca de que el infierno lo llevamos todos dentro, pero que bueno, que existe, pero que físico, lo que se dice físico, pues no sé…

El público infantil, ante el evidente poco dominio demostrado en la materia sobre un tema tan de vital importancia (según nuestros profesores, íbamos a arder todos allí después de pasar por la cárcel o el psiquiátrico), abandonó con unos sonidos de pre-abucheo y meta-guasa (¿tes quí púi?) a los pobres evangelizadores que, desde ese día, supongo que se han dedicado a vender frutos secos, o algo así de poco arriesgado.

De esta guisa se las gastaba Anaxágoras de pequeñito. Comprenderán que me sienta orgulloso ¿no? Además era un judoka que tenía unas espaldas platónicas que me protegieron de meterme en broncas durante los doce años que estuve en mi colegio (yo creí que era mi propia diplomacia y no era más que “política de bloques”: si alguien se metía conmigo, corría el riesgo de que mi hermano lo tirara por los bloques del Campo del Sur). Por unas cosas y otras, contribuyó bastante a que yo tuviera una feliz infancia.

Y una basecilla atea que floreció a poco que la regué. Oh, sí.

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Una respuesta to “Por los oscuros vericuetos de la memoria”

  1. Microalgo Says:

    Comentarios antiguos a este post:

    1. (Albricias, al fin puedo comentar)
    Menudo elemento. Lejos de mí suscitar comparaciones, jefe, pero me lo ha puesto a huevo.
    Acabo de comprobar en uno de esos foros Tolkenienses que yo también tenía la primera edición en español de ESDLA; de hecho recuerdo que compré el primer tomo al día siguiente de ver la película (la buena, no la trilogía esa de ahora) y tuve que esperar casi siete meses para comprar los otros dos tomos porque todavía Minotauro no los tenía listos. Aunque si su base científica me pide alguna prueba empírica, me temo que suspendería el examen…aquellos libros se fueron desintegrando (primero la cubierta, luego la portada dura, después el lomo, mañana un cuadernillo, pasado otro…) con tanta relectura a cargo de servidor y, sobre todo, mi hermano (yo me pasé a la versión original pocos años después).
    Comentario de jl ambroxio
    2. Pues si a Anaxágoras alguien, aunque sea sangre de su sangre, le estropiciara un libro (sobre todo si es ESE libro), reo sería de muerte. Lenta y dolorosa.

    Andan por la Red copias digitales del Señor de los Anillos. Por supuesto, no para leerlo en la pantalla, pero sí para fanáticos, por la opción de búsqueda de un término específico.
    Comentario de Microalgo

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