El peor día

Lo que hay que hacer por las microalgas

No niego yo -respondió Don Quijote – que lo que nos ha sucedido no sea cosa digna de risa; pero

no es digno de contarse; que no son todas las personas tan discretas, que sepan poner en su punto las cosas (¿Adivinan quién en qué libro?).

  

Bienaventurado era yo, que hasta hace algún tiempo el peor día de mi vida fue aquél de Febrero del 2001. La noche en que algunos de ustedes veían cómo la selección española de fútbol empataba (creo que a  uno) con la portuguesa en partido amistoso, yo las estaba pasando canutas.

Cuando uno pone una muestra en el campo, más vale colocarla de noche en bajamar, para que la subida de la marea de esa madrugada borre las huellas. Si no, habrá alguien que pasará después de usted, sentirá curiosidad, seguirá las huellas en el fango y arramplará con todo (nunca sabré para qué cuernos querrá alguien una caja de plástico perforado con bolas de alginato de calcio con microalgas estuáricas inmovilizadas dentro: ¿para ponerla encima del televisor?¿Como regalo romántico para una novia?¿Para añadirla al cocido?).

Desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche estuve preparando las algas, las cajas, las esferas de alginato… después, aproveché que todo Portugal estaba pegado al televisor esa fría (pero fría) noche de Febrero, rezando por una derrota deportiva del mayor país de la Península Ibérica frente al más pequeño para plantar mis muestras en la Ría de Aveiro. Como no había coche disponible en el departamento, me llevé el mío. Y fui solo (ya sé que no se debe, no me regañen: es que científicamente soy Juan Palomo).

Esa noche, además de poner mis muestras, pinché una rueda, se me cayó el tubo de escape que quedó colgando a contrapelo, me llené de barro de arriba a abajo, me persiguió un perro a lo largo de la Playa de Barra (al final lo asusté poniéndome una linterna en la barbilla y rugiendo, como cuando, de pequeños, asustábamos en la oscuridad a nuestros primos chicos), estuve a punto de torcerme un tobillo y me hice un corte en un nudillo (aún tengo la cicatriz)… cuando volví a mi cuarto, hecho polvo (a las dos de la mañana), la Universidad había decidido, sin previo aviso, que yo compartiera la habitación con un brasileño recién aterrizado en Europa, que traía un jet-lag del carajo y que estaba loco por pegar la hebra:

 -Cá em portugal as coisas são muiiiito caras e faz muiiiito frio… 

Cuando al fin se durmió, el condenado de Satanás, me ofreció un repertorio de ronquidos que aún me persigue en mis, ahora más frecuentes, noches de insomnio.

Bienaventurado yo, como decía, que aún me podía reír del peor día que había pasado, hasta ese momento, en mi vida. Desde entonces, los he tenido mucho peores. Mucho.

 Si a Usted no le amarga y, como a mí hace algún tiempo, le hace reír ese “peor día de su propia vida”, cuéntemelo, ande. A ver si supera el mío.

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Una respuesta to “El peor día”

  1. Microalgo Says:

    Comentarios antiguos a este post:

    1. Pues, sin contar aquellos días oscuuuuuros en que un diagnóstico con muy mala prensa en la persona que más se quiere, o una patada de tu chico entre sendos omoplatos te conducen de cabeza al cadalso (tranquilos che, el ascensor tardó un poco en subir pero lo hizo), quizás sea aquel raro día de abril en el que he sufrido mayor cantidad de infortunios. Nada grave, pero lo suficiente para que fueran minando mi ánimo hasta casi llegar al llanto sobre el final de la tarde.

    Y supongo que tal cual había ido el día, podía ser hasta normal que, finalmente, acabara tomando un café con el chico que hacía solo 30 minutos había intentado atracarme…

    – Eh! morena!… tienes un cigarro por ahí?
    – No, lo siento, no fumo.
    – Pues dame algo, anda, algo que tengas suelto.
    – No tengo nada.
    – Óyeme, niña (y en esto el chico con rastas ya caminaba a mi lado por el paseo junto al mar)… busca en esa bandolera, seguro que puedes dejarme algo…
    – Te digo que no, y además estoy cansada de todo. Por favor, déjame.
    – Si no lo miras tú, lo haré yo. Venga, dámela.

    Mi cabeza pasaba la película del día, aquel en que mi amigo César se ordenaba sacerdote en Sevilla, coincidiendo con feria… Las calles y avenidas llenas de gente con traje de montar y vestidos de faralai, caminando en cuadrillas como los extras de una de esas películas del régimen. Y el primer cronopio hablando de su realidad, esa en la que lo fantástico es solo la otra cara de la moneda, fácil pero falso desechar lo que no pueda interpretarse de acuerdo a las leyes de la lógica…

    – ¿Me vas a robar? Si no llevo nada encima… Si fue llegar a Sevilla y darme cuenta, aun en el autobús, que el monedero ya no estaba. De vuelta en Cádiz, hace un rato, el cajero se ha tragado la tarjeta, no funcionaba el teléfono de asistencia (complicado sin cable!!); el teléfono público engulló sin pestañear mis únicas 100 pesetas sueltas, y al intentar cambiar las 500 en un bohío comprando un paquete de patatas que no puedo comer porque estoy a dieta, lo único que he conseguido es confirmar el rencor del vendedor cuando, al darse cuenta de cuál era mi interés en la operación, el muy cabPIIIIII!!! me ha devuelto dos monedas de 200 como cambio. He buscado otra cabina durante 20 minutos, para llegar justo en el momento en que un señor con camisa a rayas y un jersey sobre los hombros la ocupaba; he esperado 5… 10… 15 minutos… (este hombre se me antojaba antípático a estas alturas… su postura relajada, con la pierna cruzada y apoyada sobre la punta del zapato, y esa mano en el bolsillo, rozaban el desprecio por alguien que esperaba y esperaba… y que cada minuto lo odiaba más… ya no soportaba ni su peinado… esa raya trazada como con escuadra y cartabón, a la derecha, claro). Bueno me he cansado de verlo y he decidido aventurarme a la búsqueda de otro teléfono cuando el cajero quizás ya hubiera escupido mi tarjeta, y yo lejos, y el plastiquito expuesto a que algún desaprensivo decidiera que se tomaba una semana de vacaciones a mi costa. Cuando encuentro uno al fin… no me lo puedo creer… mi gozo en un pozo de nuevo por que las monedas no entraban en la ranura!!!!… esto no puede ser!… ¿dónde está la cámara?! Ja!… A estas alturas emitía carcajadas alto y claro, de manera que una señora que paseaba a su perro ha clavado sus ojos en mi…. “señora! mejor reir!!” (el perro cagó, la señora huyó). He invertido al final mis dos únicas monedas para conseguir que la chica de BBVdirect de la voz de autómata bloqueara la tarjeta y entendiera que aun sin saber de memoria los 16 números de mi PIN, era absolutamente legítimo que quisiera averiguar si en esa hora se había realizado alguna operación con ella. Sin fruto alguno, me disponía a cruzar un semáforo en verde y un coche ha pasado a menos de medio metro de mi nariz a velocidad nada despreciable y he llegado a notar de golpe el corazón como un anexo de mi cuerpo. Al fin, he elegido el tranquilo paseo junto al mar, aun con la sensación de tentar a la suerte, de que el cúmulo de fatalidades no había acabado…Y parece que no andaba muy descaminada… De cualquier forma, no tengo nada, así que tampoco es tu dia… snif… (casi llorando)

    – Vaya… eso te ha ocurrido? ¿Dices la verdad, no?
    – No tengo tanta imaginación.
    – Sí, me pareces sincera… bueno pueeeees… te invito a un café.
    – ¿Cómo?
    – Que si quieres tomar un café…
    – Un café… sí, claro, un café me sentará bien. Gracias

    Y terminé aquel día hablando con Javier, trotamundos, mariguanero, anti propiedad privada, o eso esgrimió entre risas como excusa del amago de atraco… lo cierto es que no daba el tipo del adicto a eroína que robaría a su madre… Pero él si que tenía cosas que contar… otro café…

    A la mañana siguiente telefoneé a la oficina del banco para preguntar por el estado de mi cuenta. Tenía 50.000 ptas menos de las que debía… Pensé: “Que te diviertas estés donde estés, padre en adopción de tarjetas ajenas… ni siquiera te tengo rencor… es curioso, sí se lo tengo al engominado del teléfono… pero te jodes que no fuiste tú quien se llevó mi dinero… o sí?!”
    Comentario de Teodoro W. Adorno g.
    2. Ejjem…

    Para usted el galardón, Adorno.
    Comentario de Microalgo
    3. Pues sí… qué vamos a contar nosotros que pueda hacerle sombra a semejante ristra de infortunios…?

    Una cosa, Srta. Teodoro; dice usted ahí arriba “vestidos de faralai”. Acaba usted de inventarse un palabro la mar de raro… de todas formas no voy a ser yo quien se lo eche en cara habida cuenta de que nis los propios sevillanos nos ponemos de acuerdo en si se dice “faralas” o “faralaes”…

    Bueno…
    Comentario de carrascus
    4. Si es una errata, herramientas tengo para corregírsela, Adorno. Mande y ordene, y la dejo (para no dejar sin sentido el comentario del Señor Carrascus) o la enmiendo. Como Usted prefiera.
    Comentario de Microalgo
    5. Pues tiene usted toda la razón, Carrascus: erré (gracias por intentar suavizarlo con ese “inventar”), pero no creo, señor anfitrión, que sea necesario que lo modifique, aunque por las posibles tonterias que una pueda decir es bueno saber que existe esa posibilidad.
    Y chau.
    Comentario de Teodoro W. Adorno g.
    6. A su disposición quedo.
    Comentario de Microalgo

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