Amar al prójimo

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Porque en este mundo amar al prójimo no es una ley sino sólo una sugerencia (Félix J. Palma: La Hormiga que Quiso Ser Astronauta).

¿Saben qué? Me he dado cuenta de que hay personas que me caen mal. Claro, les parece una perogrullada, pero eso es porque no me conocen. Años ha, a mí no me caían mal ni siquiera mis enemigos. En mi panda de amigos yo tenía fama de versallesco, porque saludaba a la gente que era considerada “non grata” para el resto de la tribu.

Lo hacía por educación (a uno le gustaría tender hacia la elegancia, y con esa posibilidad de tendencia ya uno se conformaría) tanto como porque así me salía espontáneamente y, sobre todo, porque no soporto que nadie juzgue por mí con quién y con quién no puedo hablar o ser amable. Esa prerrogativa es sólo mía.

Hace años detecté a una persona que provocaba en mí sentimientos que no llegaba a entender (incomodidad insalvable en su presencia), pero dado que era el hijo de unos amigos de mis padres y dado que vivía en una lejana ciudad (hechos ambos que limitaban nuestros encuentros a breves ratos espaciados por larguísimos años), el asunto no me hizo cavilar mucho y sólo colegí que él era un tío raro que me ponía nervioso.

Pero recientemente se ha dado el caso de que he conocido a alguien que me cae mal. Que me ralla. Mucho. Y es alguien a quien debo ver con cierta frecuencia. Ineludiblemente.

Y mi retorcida (aunque unicelular y microalgal) mente ha demorado poco en hacerme ver que, en efecto, HAY ALGUIEN QUE ME CAE MAL (punto final), y acto seguido ha pasado a darle la vuelta al argumento, generando un pensamiento que en otra época de mi vida me habría (y lo hizo, ahora que hago memoria) turbado: HAY GENTE A LA QUE YO LE CAIGO MAL. Por que sí. Por el morro. Por mi calva, por mi casi total (de momento) ausencia de caries, por mi tabique nasal desviado o porque le doy a la polifonía del Renacimiento con retacillos del primer Barroco, para desmuermar. Qué sé yo. En todo caso, está claro que ese sentimiento que me provoca esa persona puedo provocarlo yo en otras.

(Si insisten en apreciar una perogrullada en lo que digo, yo insistiré en que es porque no me conocen).

De todo se aprende en esta vida. Así que este descubrimiento me ha servido para establecer líneas de conducta para con aquellos (a los que me resulta meridianamente claro) que les caigo mal: hacer lo que yo quisiera que hicieran conmigo las personas que me caen mal.

Esto es, desaparecer. Pof.

Como decía la Gata Loca del Ratón Ignasio (campeón de lanzamiento de ladrillo, principalmente sobre gatas locas): ¿No es él un encannnto?

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Una respuesta to “Amar al prójimo”

  1. Microalgo Says:

    Comentarios antiguos a Amar al Prójimo:

    1. Leches! Pensaba que iba a visitar un blog en pañales y ya me encuentro cuatro brillantísimos posts. Conste que una buena parte de la responsabilidad de mi retraso es a cuenta del lamentable funcionamiento de Bitácoras, que usted sabrá por qué extraño comportamiento gregario ha escogido como alojamiento. En fin, que mucha suerte con el proyecto y ya nos leeremos por aquí regularmente.
    Comentario de Profesor Franz
    2. Oye… tú que lo apuntas todo y te gustan tanto las citas… ¿quién leches dijo ésto, que no me acuerdo…?:

    “Que triste resulta caerle bien a la gente que te cae mal”.
    Comentario de carrascus
    3. Uf. Ni idea, Señor Carrascus. Google la atribuye a un tal Jaume Perich.

    Pero qué razón tenía. Y viceversa, vive Dios.
    Comentario de Microalgo
    4. No se quiebre mucho la cabeza querido amigo, quizá además de desaparecer sea esto lo único que merezcan esas personas
    Comentario de Sérilan
    5. Por cierto, que Pitrácoras funciona fatal, como ya ha notado Adorno (y cualquiera que se haya intentado colar en el Blog). Lo siento. Me tientan algunos para que me traslade a otra matriz de blogs, pero es que bitácoras me da ternurita.
    Comentario de Microalgo
    6. Todos sabíamos que eras un hombre extraño, y que por tal te tomaron, porque besabas todo (lo femenino) que se hallaba a tu paso. Peor lo tenía el pequeño fan de Blancanieves, Gruñón, que un día descubrió que había alguien que le caía bien.
    Comentario de Juan Nadie
    7. Entiendo que se refiere a su entorno más o menos cercano, por que ampliando el radio de acción creo que el protagonista de uno de sus post anteriores merecería un puesto principal en su lista de personas non gratas, no es así?

    De cualquier forma, y a pesar de mi educación cristiana, hace rato que asumí sin cargo de conciencia que todos tenemos derecho a sentir antipatía por algunas personas, e incluso llegar a odiar a otras, y actuar en consecuencia. ¿Suena fuerte eso de “odiar”? Mejor será que defina los síntomas para que ustedes mismos juzguen: 1) En una charla entre amigos, una referencia al objeto de odio provoca el fruncimiento automático e involuntario del ceño y la palabra GILIPOLLAS martillea por unos minutos mis pensamientos; 2) Negar un favor que costaría poco hacer y regocijarse del fastidio que supone para la persona odiada; 3) Reconocer públicamente y sin el menor pudor que se siente profundo desprecio por ella. No más que eso, tal vez por que no me han dado motivos para más.

    Y sin embargo, el hecho de que esas antipatías y odios personales más o menos compartidos anden por el mundo no deja de producirme un cierto desasosiego, tal vez por la poca costumbre a este tipo de sentimientos (ya ve que no es el único, señor), o quizás por la posibilidad, como decía una loka maravillosa en un alarde desesperado ante una pandilla de canis, de que un día me encuentre con alguno en la UCI y me quite los tubos… Suerte que ninguno de ellos pertenece al ramo.
    Comentario de Teodoro W. Adorno g.
    8. Gracias a todos por sus comentarios.

    Señor Juan Nadie: todo un honor que me visite Usted el blog. Perdí la costumbre de dar esos besos un día que me pasé con un guardia urbano con poco sentido del humor. Tsch.

    Y querido Adorno: Por supuesto que me refiero al entorno cercano. Si no, habría puesto al longevo Antofagasto Panocho el primero de la lista. Pero esos seres que aparecen por la tele son como la muchacha ésta cuya foto muestro en el post acerca de los cabellos de mujer que pueblan mi salón… ¿que es muy mona? (más bien muy Moni, que es como la llamo yo en la intimidad) Pues sí, pero no tiene tres dimensiones. Es lo único que comparten esos seres odiados o admirados: que son una entelequia.

    Tienen que estar más cerca para aplicarles el “me caes mal”. Al alcance de un papirotazo.
    Comentario de Microalgo

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