Música desde ya mismo

Mie 04 marzo 2015

El doctor Labyrinth, como la mayoría de las personas que han leído mucho y tienen una gran cantidad de tiempo libre, estaba convencido de que nuestra civilización seguía los pasos de Roma. Observaba las mismas grietas que habían socavado los imperios griego y romano; no le cabía la menor duda de que, en breve plazo, nuestra sociedad se derrumbaría y daría paso a un período de oscuridad.
Habiendo llegado a esa conclusión, Labirinth empezó a preocuparse por todas las cosas hermosas que se perderían en el caos. Pensó en el arte, en la literatura, en la música; y llegó a la conclusión de que, entre todas esas cosas nobles y elevadas, la que se perdería con más rapidez sería la música.
(Philip K. Dick, Cuentos completos: La máquina preservadora).


Ole con ole y olé, viva Triana...

Desde chiquititos.



Para el que no lo sepa ya: si todo va bien, en unos meses la Dama de los Lunares y yo tendremos descendencia. Una niña, según nos cuenta el mushasho de la ecografía.

Desde casi el principio, para que el bicho se entretenga, por la tarde-noche le ponemos música con unos casquitos que se coloca la Dama apoyados en la tripita. Hasta ahí bien, pero… ¿qué música ponerle?

Ahí surgen disputas y, al contrario que nuestros actuales parlamentarios, nosotros parlamentamos y llegamos a acuerdos. Para empezar, eliminamos los extremos: ni Silvio Rodríguez (por mi parte) ni la Velvet Underground (por la suya) (pobre criatura, ¿es que no tiene corazón? ¿LA VELVET?). Luego, en las casillas centrales, los absolutamente inexcusables. Bach (por mi parte) y Nat King Cole (por la suya). También concesiones a la otra parte contratante (Giovanni Perluigi di Palestrina, The Beatles, Lorena McKeenit, Buddy Holly and The Krickets)… y algún “hombre, cómo no” por ambas partes (Chet Baker, por ejemplo). Y así se pega el bicho las tardes.

Como después de esto nos salga cantando Paquito er Shokolatero, quiero dejar constancia de que no habrá sido culpa nuestra. Dicho queda.

Señales del futuro

Mar 03 febrero 2015

Pese a todo, existe el desasosiego. Ha estado a punto de escapársenos el calificativo de «actual», pero une breve reflexión lleva a pensar que el desasosiego siempre nos ha acompañado y nunca nos abandonará (Pere Calders: Ronda naval bajo la niebla).


Laboratorio abandonado

Laboratorio abandonado.



Se nos ha ido una becaria.

Iba por su segundo año de tesis. Después de dos años de beca, empezaba ahora dos años de contrato. Al acabar, habría tenido ocho meses de paro (las becas no cotizan). Y aun así, se ha ido. No lo ha dejado por haber encontrado un trabajo o porque le hayan ofrecido otra beca en otro sitio. Simplemente ha decidido que no quiere seguir y ya.

Ante argumentos como la falta de resultados (argumento que no es tan potente, porque sí que los tenía), uno puede responder. Pero si te dicen que en España un licenciado antes (hace diez años) se moría de asco, pero que ahora son los doctores los que tapizan las calles (y doctores con curricula que tiran de espaldas, algunos con años de estancia en el extranjero y publicaciones como para hacer descarrilar el AVE), ¿qué puedes decir?

Sinceramente, yo lo he vivido como un fracaso personal: es la primera vez que se me va un becario. Debí haberlo visto venir e intentar ser un mejor apoyo, prestar más atención a las señales, no sé. También es cierto que cada persona tiene su carácter, y uno cae en la tentación de comparar con la posición de otras personas que han estado verdaderamente presionadas en mi instituto (con una presión por parte de terceros rayando el delito), y que sí han salido adelante. Tal tentación hay que descartarla, por supuesto. Siempre intento tener presente la frasecilla esa (que he leído tan atribuida a Platón como a la abuelita de Bob Dylan) que aconseja ser considerado con todo el mundo, porque cada cual está peleando en una batalla. Nadie sabe lo que cada cual tiene dentro de su cabeza.

Pero no deja de darme pena. Valía para investigar, lo hacía muy bien. Era una de las últimas becas, además, que el departamento no tenía que cofinanciar (otra hermosa jugada del gobierno: parte del dinero de las becas ahora incluso las PRE DOCTORALES (han leído bien) las pone ahora el centro de trabajo, y no uno no puede sacarlo de proyectos, y el dinero de los remanentes se lo llevó el CSIC para evitar que el organismo cayera hace un par de años… ¿de dónde carajo quieren que lo saquemos?), con lo que hacerse con becarios cada vez se hará más duro. Entre las zancadillas de los ministerios y las posteriores de los mercados, que desaniman del todo a seguir la carrera científica, en unos años el número de científicos por cada diez mil habitantes lo expresaremos, en España, en número de científicos por cada cien mil habitantes. Y algún hijo de puta dirá que el número ha crecido, y todo, tapando el eje Y con publicidad de Bankia, o algo.

Yo hice una carrera de cinco años. Es lo mismo que quieren que se haga ahora, pero los dos últimos se los podrá pagar muy poca gente.

Yo conseguí una beca de tesis de cuatro años (esperé un año, pero lo conseguí). Ahora muchas de las becas son de tres, te obligan a estar matriculado en un máster para poder realizarlas, y los departamentos tienen que poner parte del dinero. Algunos tramos de las becas son ahora contratos… cotizas pero cobras menos (te lo restan a ti, por supuesto).

Yo estuve dos años en el extranjero, con una beca post-doctoral. Ahora son muy escasas, y los que se van son tentados por países cuyos gobiernos tienen dos dedos de frente y valoran a los que han superado un doctorado. Los doctores españoles, por otra parte, si me aceptan la generalización, son cotizadísimos fuera, tal vez porque saben obtener resultados tan buenos como cualquiera pero con diez veces menos presupuesto. Ese entrenamiento sí que te lo da la Madre Patria, en grandes dosis. Ahora irse es más difícil, pero es que volver es casi imposible.

Yo conseguí volver ensartando algunos contratos de reincorporación y el equivalente a los contratos Ramón y Cajal, pero de la Junta de Andalucía (el programa Averroes, del que no queda ni rastro), y años después (ya con cuarenta y uno) saqué la plaza. Ahora, con las plazas concedidas con cuentagotas, sacar una plaza está reservado a gente con más curriculum que un catedrático. Se planteó un índice de reposición de los científicos del CSIC del 10% para los jubilados, fallecidos o emigrados. Sí, una plaza por cada diez que desaparecieran… ¿quieren buscar la definición de “diezmar” en el diccionario, o no hace falta? No quieran hacerse una idea del tapón de doctores que llevan el CV en un carrito (hablo literalmente) están esperando por una plaza.

Así que me quedé sin argumentos. Ojalá tenga toda la suerte del mundo, ojalá le vaya bien. Ojalá las cosas cambiaran y la gente valiosa que no se dedica a moverse al dictado de los intereses de un mercado, sino a favor del interés público, no tuviera que emigrar o rendirse. Por lo más sagrado, ¿es que nadie se da cuenta de que hay ciencia que debe ser financiada, de manera obligatoria, de forma pública? Si no, se corre el riesgo de que haya quien, previo pago de su importe, diga que el DDT no es tan malo, que el agujero de ozono es un invento de los hippys, que las medicinas solo las pueden producir los laboratorios privados (ya saben por dónde voy) o que no hay calentamiento global. ¿Soy yo el único que lo entiende?

En fin, me vuelvo a mis papeles. Que aún queda mucho por hacer.


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