De manual

Vie 20 mayo 2016

Impostura: Profesión de los políticos, ciencia de los médicos, conocimiento de los críticos, religión de los grandes predicadores; en una palabra: el mundo (Ambrose Bierce: El diccionario del diablo).


Rajoy

¿Casuales, las pifias?



Duncan, el entrenador de lucha de Leto Atreides (son personajes de la novela Dune, de Frank Herbert, para el que ande algo despistado), cuando adiestraba al joven en combate le decía “fintas en las fintas de las fintas”.

Hay veces que uno lo ve venir de manera diáfana, claro. Que se arme un revuelo mediático (qué palabra más del siglo XXI, mediático) sobre la inconveniencia o no de mostrar ciertas banderas en un evento deportivo es, claramente, una cortina de humo que distrae del dato importante: que la deuda del país ha superado al PIB, cosa que no pasaba desde que perdimos Cuba, más o menos.

Ese es el dato realmente serio. Lo otro no es más que generar una polémica con acérrimos detractores y defensores, en posturas sin matices grises (todo “sí” o “no”), para distraer la atención del personal. Es una táctica de manual, y cualquiera con dos deditos de frente lo ve. Lo veo hasta yo (imagínense). Si Usted no lo ha visto, hágaselo mirar inmediatamente, porque le están dando coba y Usted ni se está enterando. El que toda la prensa, radio y televisión esté entrando al trapo es parte de la estrategia, claro.

Ahora bien, a veces la cosa no es tan simple y acaba confundiéndome. Dos veces, dos, ha dicho el Señor Presidente del Gobierno en Funciones “de baja estopa”. Dos veces, en dos mítines distintos.

Cualquier persona mínimamente avisada sabe que una cosa es “dar estoPa”, y otra muy distinta “ser de baja estoFa”. Pero no se puede “ser de baja estopa”. Me surge entonces la duda: ¿estamos en las mismas que antes? Es decir, el político, ¿dice intencionadamente algo que desde el punto de vista lingüístico es censurable, y así “deja cacho” para morder donde no es importante (en la forma y no el fondo)? ¿Es una traición de su gabinete de imagen, que está lleno de bolcheviques o de gente que desea que corra el escalafón? ¿Tal vez es que no se atreven a corregirlo (ya saben: corrige al sabio y lo harás más sabio, corrige al necio y lo harás tu enemigo)?

¿O simplemente es que es una persona sumamente inculta, y ya está?

Aquí yo me pierdo. Lo confieso. En fin.

Al concierto donde has sido feliz (Silvio Rodríguez en Córdoba)

Mar 26 abril 2016

Las cosas importantes suceden siempre en el pasado y, a partir de cierto momento, el tiempo sólo depara sorpresas retrospectivas (Felipe Benítez Reyes: Laboratorio de irrealidades).


Silvio en Córdoba

Allí estuve.



Confieso que, a priori, no tenía intención de ir, y contaba con mis motivos. Un cuarto de siglo atrás (que se dice pronto), lo escuché en Fuentevaqueros, por la patilla, en la plaza del pueblo, con toda Biología sentada en el suelo. Silvio Rodríguez se pegó allí un concierto de tres horas, tan solo guitarra en mano (o así lo recuerdo yo), y nos lo cantó todo, y lo coreamos todo. Y parafraseando a quien ya saben, al concierto donde fuiste feliz no debieras tratar de volver.

Pero hete aquí que mi hermano y su mujer se descolgaron con entradas de regalo para su concierto en Córdoba. Además, entradas cojonudas, en la pista. Y qué cuernos, es Silvio. Cómo no ir. ¿Estamos locos o qué?

La primera canción que nos despachó (Una canción de amor esta noche) la conocía de cabo a rabo, pero no recordaba de dónde, porque no ha estado editada en sus discos hasta ahora (que yo sepa). Creo que la escuché en una cassette hiperpirata que alguien me pasó y que yo freí vuelta y vuelta hasta dejarla mucho más allá del punto, grabada por el morro en un concierto con Vicente Feliú vaya Usted a saber dónde. Ahora creo que la canción aparece en su último disco, pero tiene más años que la Tana. Ni sé la de años que hace que no la oía, pero me la sabía con todo detalle. ¿Dónde se guardarán estas cosas?

Ahí, después de esa primera pieza, empezó lo único negativo del concierto. No habían pasado ni cuatro minutos y ya había una histérica pidiéndole a gritos La maza, Ojalá y Rabo de nube. Implacablemente, además.

Claro que las cantó, las más conocidas, supongo que para evitar quejas de la sección retrógrada del público, pero creo que casi la mitad de las canciones que nos enseñó Silvio esa noche yo no las conocía. Y eso es decir bastante, porque no seré un experto (horrenda palabra), pero en su día llegué a saberme a la guitarra (a pelo y a mi manera, también es cierto) más de cien canciones de este hombre (que se dice tan pronto como lo del cuarto de siglo de antes). Y eso, precisamente, fue lo que más me gustó del concierto: que le escuché muchas canciones nuevas. Por ejemplo, Querer tener riendas, una maravilla que le regaló a la tristemente desaparecida Sara González. Y unas cuantas más.

(Señores gritones y señoras gritonas: si solo quieren escuchar lo que ya conocen, cómprense un disco y déjennos a los demás disfrutar en directo de lo que no conocemos).

Por último, pude comprobar, además, con una mezcla de sentimientos difícil de explicar, que mi asiento estaba desubicado. Lo intentaré (eso de explicarme), a pesar de la dificultad.

Las entradas que teníamos eran la hostia en verso, y no sé cómo agradecerle a mi hermano y su mujer el haberse batido el cobre (y el bolsillo) para hacerse con ellas: fila trece, números dos, cuatro, seis y ocho. Es decir, en el puñetero centro de la pista, no tan cerca como para que el sonido te atrone y que además tengas que girar la cabeza para ver cada parte del escenario, pero lo más cerca posible, tanto como para verles las caras a todos los músicos. Perfecta. Pero cuando hacia el final del concierto Silvio atacó La gota de rocío, a la altura en la que empieza esa conversación con su hermana Anabell (minuto 3:13 de la grabación que les he pegado), y que tradicionalmente el público entona respondiéndole con la voz de ella… vale que hay que llegar a esas notas y que son bastante agudas, y que yo llego porque mi tesitura me lo permite, pero el caso es me quedé absolutamente solo en la pista cantando a voz en cuello, mientras que toda la parte alta de la grada (no numerada, en el quinto pino, lejos y arriba, el equivalente al gallinero de una plaza de toros) coreaba conmigo. Mi asiento, en realidad, tal vez era de allí arriba. Y después de este párrafo aún no sé si me he explicado. En fin.

Que el concierto fue un gustazo, en resumen. Y que en cuanto pueda me compro el disco, qué coño.

Qué coño y qué nostalgia.


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