Al concierto donde has sido feliz (Silvio Rodríguez en Córdoba)

Mar 26 abril 2016

Las cosas importantes suceden siempre en el pasado y, a partir de cierto momento, el tiempo sólo depara sorpresas retrospectivas (Felipe Benítez Reyes: Laboratorio de irrealidades).


Silvio en Córdoba

Allí estuve.



Confieso que, a priori, no tenía intención de ir, y contaba con mis motivos. Un cuarto de siglo atrás (que se dice pronto), lo escuché en Fuentevaqueros, por la patilla, en la plaza del pueblo, con toda Biología sentada en el suelo. Silvio Rodríguez se pegó allí un concierto de tres horas, tan solo guitarra en mano (o así lo recuerdo yo), y nos lo cantó todo, y lo coreamos todo. Y parafraseando a quien ya saben, al concierto donde fuiste feliz no debieras tratar de volver.

Pero hete aquí que mi hermano y su mujer se descolgaron con entradas de regalo para su concierto en Córdoba. Además, entradas cojonudas, en la pista. Y qué cuernos, es Silvio. Cómo no ir. ¿Estamos locos o qué?

La primera canción que nos despachó (Una canción de amor esta noche) la conocía de cabo a rabo, pero no recordaba de dónde, porque no ha estado editada en sus discos hasta ahora (que yo sepa). Creo que la escuché en una cassette hiperpirata que alguien me pasó y que yo freí vuelta y vuelta hasta dejarla mucho más allá del punto, grabada por el morro en un concierto con Vicente Feliú vaya Usted a saber dónde. Ahora creo que la canción aparece en su último disco, pero tiene más años que la Tana. Ni sé la de años que hace que no la oía, pero me la sabía con todo detalle. ¿Dónde se guardarán estas cosas?

Ahí, después de esa primera pieza, empezó lo único negativo del concierto. No habían pasado ni cuatro minutos y ya había una histérica pidiéndole a gritos La maza, Ojalá y Rabo de nube. Implacablemente, además.

Claro que las cantó, las más conocidas, supongo que para evitar quejas de la sección retrógrada del público, pero creo que casi la mitad de las canciones que nos enseñó Silvio esa noche yo no las conocía. Y eso es decir bastante, porque no seré un experto (horrenda palabra), pero en su día llegué a saberme a la guitarra (a pelo y a mi manera, también es cierto) más de cien canciones de este hombre (que se dice tan pronto como lo del cuarto de siglo de antes). Y eso, precisamente, fue lo que más me gustó del concierto: que le escuché muchas canciones nuevas. Por ejemplo, Querer tener riendas, una maravilla que le regaló a la tristemente desaparecida Sara González. Y unas cuantas más.

(Señores gritones y señoras gritonas: si solo quieren escuchar lo que ya conocen, cómprense un disco y déjennos a los demás disfrutar en directo de lo que no conocemos).

Por último, pude comprobar, además, con una mezcla de sentimientos difícil de explicar, que mi asiento estaba desubicado. Lo intentaré (eso de explicarme), a pesar de la dificultad.

Las entradas que teníamos eran la hostia en verso, y no sé cómo agradecerle a mi hermano y su mujer el haberse batido el cobre (y el bolsillo) para hacerse con ellas: fila trece, números dos, cuatro, seis y ocho. Es decir, en el puñetero centro de la pista, no tan cerca como para que el sonido te atrone y que además tengas que girar la cabeza para ver cada parte del escenario, pero lo más cerca posible, tanto como para verles las caras a todos los músicos. Perfecta. Pero cuando hacia el final del concierto Silvio atacó La gota de rocío, a la altura en la que empieza esa conversación con su hermana Anabell (minuto 3:13 de la grabación que les he pegado), y que tradicionalmente el público entona respondiéndole con la voz de ella… vale que hay que llegar a esas notas y que son bastante agudas, y que yo llego porque mi tesitura me lo permite, pero el caso es me quedé absolutamente solo en la pista cantando a voz en cuello, mientras que toda la parte alta de la grada (no numerada, en el quinto pino, lejos y arriba, el equivalente al gallinero de una plaza de toros) coreaba conmigo. Mi asiento, en realidad, tal vez era de allí arriba. Y después de este párrafo aún no sé si me he explicado. En fin.

Que el concierto fue un gustazo, en resumen. Y que en cuanto pueda me compro el disco, qué coño.

Qué coño y qué nostalgia.

La Historia nos mira

Jue 17 marzo 2016

En la sala de debates de su mente, una docena de emociones se pusieron de pie y empezaron a gritar a la vez. Alivio estaba en pleno discurso cuando Conmoción le interrumpió justo antes de que Sorpresa, Terror y Dolor iniciaran una pelea que sólo finalizó cuando Vergüenza entró de repente a ver qué era todo aquel jaleo (Terry Pratchett: La luz fantástica).


Refugiados

Hay soluciones no demasiado complejas. Sólo hace falta querer solucionarlo.



A ver por dónde empiezo sin parecer panfletario, o hipócrita, o simplemente demasiado europeo.

La crisis de refugiados de estos países en guerra es algo que, históricamente, las naciones europeas van a acabar pagando. De un modo u otro, no lo sé bien, no soy Hari Seldon. Pero sé que no vamos a quedar impunes. Esta mañana he escuchado que España había acordado acoger a 18000 inmigrantes de estos países y que ha acogido, exactamente, a 18. Como si fuera una broma, como si los gobernantes decidieran quedarse en un “mil veces menos”.

A otra escala, por otros motivos y con mucho menor dramatismo, yo pertenezco a una profesión de migrantes. Pero mientras los científicos se van fuera para desarrollar sus carreras, esta gente se va de sus países para sobrevivir: no podemos comparar, evidentemente. Pero algo de empatía con el desarraigo (ya digo, a pesar de la distancia de los casos y motivos) sí que tenemos. Y creo que la mayor parte de la población española, población que también fue migrante no hace tanto, tiene la sensibilidad suficiente como para entender lo que pasa en Siria y sus aledaños. La sensibilidad, yendo hacia arriba en la “escala de mando”, disminuye drásticamente. España, como gobierno, hace escarnio de la situación con esos dieciocho acogidos. Europa es aún más brutal, pagando a un país que no ha entrado aún en la EU (por motivos que todos conocemos) para amontonarlos dentro de sus fronteras y que nosotros nos mantengamos “limpios”. Me da la impresión de que con ese dinero que le vamos a pagar a Turquía se podrían solucionar muchísimas cosas.

Pero no nos vale de nada despotricar: cualquier miembro del gobierno nos miraría a la cara y nos diría “¿y tú qué harías?”. Ante su ineptitud manifiesta, habrá que buscar soluciones, porque parece evidente que nos gobiernan o a) estúpidos o b) desalmados (que elijan ellos mismos sus adjetivos).

Pues bien. Visto el gradiente de solidaridad, de arriba hacia abajo, yo propondría gestionar la estancia de inmigrantes en España a nivel municipal. Por ejemplo: Cádiz. 125000 habitantes. El ayuntamiento de Cádiz, ¿a cuántos inmigrantes estaría dispuesto a acoger y mantener? Pongamos que cuatro. Una familia. Padre, madre y dos hijos. Alojamiento y comida, hasta que acabe la guerra que está incinerando su país. O hasta que sean autosuficientes (seguro que se dejan la piel para encontrar un trabajo). Con compromiso de residir en el municipio que los acoge (y así algún europeo “del norte” puede respirar tranquilo y no tuerce el morro: no van a acabar todos en la puerta de su casa). Cuatro, solo cuatro. ¿Es tan horrorosamente gravoso? Seguro que no.

San Fernando: ¿Dos, tres? Chiclana: ¿Uno, dos? Granada: ¿Cuatro, cinco? En breve llevaremos más que el gobierno.

No debe ser tan complicado. Además, no hay legislación que pare a un ayuntamiento si se decide a acoger. Por mucho que le pongan por delante una norma europea que intente impedirlo, enarbola un edil la Carta de los Derechos Humanos y la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, y acto seguido puede agarrar la norma europea Y LIMPIARSE EL CULO CON ELLA.

Y así tal vez nos quedaría la vergüenza. Como decía Stefano Benni, “la Historia nos mira y no me gustaría que vomitase”.


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