Átame

Lun 03 agosto 2015

Unos instructores ciegos me estaban enseñando a conducir, y ese descubrimiento hizo que me estremeciera ligeramente (Hugh Laurie: una noche de perros).


Nudo anudado

Atado y bien atado. ¿Les suena?



Hace tiempo estaba yo hablando con un buen amigo (que ahora vive en el quinto pino) y salió en la conversación el bondage que, para el alma cándida que no lo sepa, es una práctica sexual (digamos) alternativa en la que al menos uno de los participantes resulta tenazmente atado (todos no, que luego habría que llamar a los bomberos y sería un engorro).

Yo, que en el fondo soy más simple que el mecanismo de una chincheta, le confesaba a mi contertulio que no le veía demasiado la gracia al asunto, y él me contaba que la cosa gozaba de mucho predicamento, sobre todo en naciones muy puritanas como el Reino Unido o Francia (sí, desengáñense: hoy por hoy, los franceses son más puritanos que nosotros, hay que jorobarse), y me explicaba el que, según él, era el motivo: una vez atado uno de los dos componentes de la pareja (no vamos a complicarlo y supongamos que hay solo dos participantes), cualquier cosa que pasara después ya no sería responsabilidad suya, y así podría dedicarse a (digamos de nuevo) pecar pasivamente de lo lindo, porque la culpa ya no recaería sobre su puritana conciencia. Y bueno, podría ser.

Aunque hace años de aquella conversación, me acuerdo bien porque tengo un cerebro especialmente diseñado para acordarme de las pamplinas (lo importante se me borra volando, qué le vamos a hacer). Últimamente, sin embargo, la explicación que dio mi amigo me viene mucho a la memoria porque puede ser idéntica a la que aplicaríamos a la situación política actual. Y no me refiero al “yo no sé nada, yo no he sido, no me consta” del concejal pringado hasta la primera cervical (ese es el tipo de la cuerda), sino al votante, que tal vez no se informa como es debido sobre a quién (o a qué) está votando, porque así es inocente de perpetuar en el cargo a los que se lo llevan mucho más que tibio, o de colocar a un nuevo elemento en puestos de mando cuando sus antecedentes psiquiátricos recomiendan no dejarlo a solas ni con el gato.

Una vez atado el votante, el votado puede dedicarse a hacerle de todo (subirle el IVA, birlarle las pensiones, hundir las renovables o restablecer el tan añorado derecho de pernada), y aquel luego se quejará airadísimo porque él es inocente, no sabía lo que le iban a hacer mientras lo ataban, no se lo podía ni imaginar. No recuerdo quién decía que a las urnas hay que ir leído. El problema será luego el sesgo de todo lo que leemos (y de ahí la cita del libro de Hugh Laurie del principio), pero eso ya es tema para otras discusiones, mejor con cervecitas de por medio.

Y en fin, aplíquense la cosa, amigos, si es que quieren. Voten con conciencia de causa (o de clase, Ustedes mismos), pero sepan que son responsables, y que el “cuando me estaba atando, yo no sabía lo que me iba a hacer después mi pareja” no cuela (a excepción de la que se dejó atar y le dijo a su marido “ahora haz lo que quieras”, y el tipo se fue al Estadio Carranza a ver al Cádiz) (que tiene que haber de tó).

Recomendación del verano

Vie 24 julio 2015

Una manera de estar en el mundo donde se daban la mano la acometividad y el civismo, la pulcritud y la furibundia, la exactitud del metro lírico y la belleza turulata de una turbina (Santiago Lorenzo: Los huerfanitos).


Santiago Lorenzo Libros

Todos. Ya los tengo todos. Oh, sí.



En nuestro “club de lectura”, no se crean, en ocasiones se habla también de literatura. Nos recomendamos cosas, nos prestamos libros. Maese Piero se presentó a la última edición con un libro de un autor para mí desconocido (oh, ignominia). Se llama Santiago Lorenzo. Y si Maese Piero te deja un libro y dice que es bueno, hay que hacerle caso.

Y bueno, no es. Es buenísimo. De lo mejor que he leído en los últimos años. El libro en cuestión se llama “Los huerfanitos”. El argumento inicial (porque luego se lía todo hasta límites insospechados) es que un empresario teatral de éxito, bandarra y sinvergüenza, le deja en herencia a sus tres hijos, hasta ese momento dispersos, un teatro con más deudas que una caja de ahorros madrileña, y estos intentan hacer una representación para trincar una subvención que evite que tengan que malvender el teatro, única fuente de potencial resarcimiento (al menos económico) por la mala infancia que les dio su padre.

Luego pasa de todo.

Fíjense cómo será el libro de bueno que, una vez leído, tomadas las necesarias notas y pasadas estas a mi lista de fraseo, me lo he comprado (estoy a la espera de ver de nuevo a Maese Piero para devolverle su ejemplar). Y no solo “los huerfanitos”, me he hecho también con los otros dos libros de este autor de los que tengo conocimiento: “Los millones” (a uno del Grapo le toca una primitiva a lo bestia, y no puede cobrarla porque no tiene DNI) y “Las ganas” (un tipo tiene una vida sexual menos ajetreada que los Pitufos y laboralmente le va como el culete, pero seguro que el autor lo mete en mil situaciones vicisitudescas). Acabo el que tengo entre manos y me pongo con ellos inmediatamente.

Nota aparte: un once sobre diez a la editorial Blackiebooks por apostar por autores como este. La edición, además, es gustosísima al tacto, con tapa dura y papel bastante bueno.

Maese Piero me comentaba que no sabía por qué la prosa de este autor es tan deslumbrante. Yo tampoco soy un experto, pero creo que intuyo por dónde va la cosa. Por ejemplo, en la página 51 leemos:

“Toneladas de poleas en los altos de bambalinas se enmarañaban como los cables de una máquina inservible”.

¿Lo pillan? Busquen las sílabas tónicas:

“Toneladas de poleas en los altos de bambalinas se enmarañaban como los cables de una quina inservible”

¿No oyen la música? Habrá quien diga que si es un truco viejo, que si la poesía, que si desde Homero, que si patatín (como dice el mismo autor). Pero el caso es que he leído a poca gente que cuide eso hoy día. O bien le sale de manera espontánea (y es un puto genio y lo odio), o bien pule sus textos hasta el límite de la sonoridad (con lo que además de ser un puto genio es un currante de narices y aún lo odio más). No saben la enorme suerte que tenemos de leer a Santiago Lorenzo en el idioma en el que ha escrito sus libros, porque cualquier traducción, por buena que fuera, perdería algo de ese ritmo interno.

Este hombre, al que si alguna vez me encuentro por ahí me empeñaré en invitarle a una caña (como poco) por los buenos ratos que me ha hecho pasar con la lectura de su libro (y lo que te rondaré morena), ha dirigido cortos de animación (Caracol, col, col), largometrajes (Mamá es boba; Un buen día lo tiene cualquiera), ha realizado escenografías y decorados, y ahora le pega a la novela. Comparar a Santiago Lorenzo con Jardiel Poncela (como escritor) o con Rafael Azcona (como guionista) puede ser, a priori, un piropo, pero no deja de ser algo así como colgar una etiqueta pobre para orientar a los lectores o espectadores porque, por buenos que fueran aquellos, ni Lorenzo los imita ni les va a la zaga en cuanto a capacidad narrativa. Y fíjense lo que les he dicho, porque saben que Poncela es uno de mis referentes icónicos. No tienen tanto que ver Santiago Lorenzo y estos, aparte de la brillantez en la prosa y un humor un tanto desangelado pero telita de efectivo.

No lo pierdan de vista, anden. Les dejo algunas perlas de “los huerfanitos” para que admiren el fraseo (no muchas, que no quiero reventarles nada ni quitarles la oportunidad de la sorpresa cuando lo lean):

Era, en el fondo, su forma de buscar la brizna de emoción que no encontraba en un matrimonio en el que los cónyuges parecían los dos muñequitos del semáforo: en un mismo poste, pero cada uno en un cajón, cada uno en una actitud, cada uno en un color.

—No puede ser que para dirigir el montaje en el que nos vamos a dejar los hígados —dijo Argi— hayas pensado en un idiota tan grande. Yo solo tenía tres años, pero siempre se dijo que Franky llegó tarde incluso a tu bautizo.
—Le rogaremos puntualidad.
—Cuando cumpliste seis años te regaló una calculadora.
—Sí. Un objeto que fomentó mi interés por la ciencia.
—La calculadora era mía. Franky me la ganó en una partida de ajedrez.
—Así es el juego. Si perdiste, pues perdiste.
—Me ganó en un enroque de reina y torre. Lo que él llamaba «el enroque suizo», fíjate qué cuajo.

Y este es el inicio del libro:

Ausias Susmozas, empresario de éxito notorio, requirió la extremaunción después del último telediario. No fue sencillo encontrar a quien oficiara, porque ya eran las tantas. Finalmente, un sacerdote del colegio Gaztelueta se ofreció a la administración de los óleos y tomó confesión al moribundo. Empezó el cura, para despertar a Ausias de la modorra.
—Ave María Purísima.
—Hola.
—Dime tus pecados.
—Te voy a decir los que no he cometido, que si no no acabamos nunca.
—Vale.
—Los he cometido todos. Menos uno.
—Cuál.
—El sexto de los capitales.
El sacerdote no recordaba muy bien de qué iba ese. Reunió valor, venció vergüenza, apeló a su conciencia al bien morir del enfermo y preguntó.
—Cuál era el sexto, que a veces los confundo.
—La envidia. La he provocado toda. Pero nunca he sentido ninguna.

Hale. Que lo gosen. Si pueden, pillen libros de este autor, que merecen la pena.


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