Citas L

Lun 17 julio 2017

¡Qué contraste con el poder absoluto, milagroso, de la lectura! Una vida entera leyendo habría colmado todos mis deseos; lo sabía ya a los siete años. La textura del mundo es dolorosa, inadecuada; no me parece modificable. De verdad, creo que toda una vida leyendo me habría sentado mejor.
No me ha sido concedida una vida semejante.
(Michel Houellebecq, Ampliación del campo de batalla).


Libromar

L ya es talla grande.



Post de citas, que ya iba siendo hora. La número cincuenta, si no me engaño. Esta vez sin tema preferente, las pillo a boleo.

―Afirman que el genio es la capacidad infinita de tomarse molestias ―comentó sonriendo―. Como definición, es realmente mala, pero corresponde bastante bien al trabajo detectivesco (Arthur Conan Doyle: Estudio en escarlata).

Aún tengo en la recamara varios libros con todos los relatos de Doyle sobre Sherlock Holmes. Creo que no seguí con ellos por constatar la mala traducción de la edición que tengo en casa. Pero en fin, ya iré llegando.

―Una civilización funciona a base de palabras, reverencia. La civilización son palabras. Que, en conjunto, no deberían ser demasiado caras. El mundo gira, reverencia, y nosotros tenemos que girar con él ―sonrió―. Hubo un tiempo en que las naciones se peleaban como grandes bestias rugiendo en una ciénaga. Ankh-Morpork dominaba gran parte de aquella ciénaga porque tenía mejores garras que nadie. Pero hoy el oro ha sustituido al acero y, caramba, el dólar de Ankh-Morpork parece ser la moneda preferida. Mañana… tal vez las armas no serán más que palabras. Las palabras más abundantes, las más rápidas o las últimas. Mire por la ventana. Dígame qué ve.
―Niebla ―dijo el sumo sacerdote.
Vetinari suspiró. A veces el clima no tenía ningún sentido de la conveniencia narrativa.
(Terry Pratchett: La verdad).

Qué acertado siempre, Pratchett. Por cierto, he pillado el que hace 40 de los 41 libros del mundodisco… sobre “completismo” ya les pondré un post más adelante, ya.

―Bueno, el zapatero que trabaja deprisa hace más zapatos, sí ―dije―. Eso es bueno para el que se los calza o los vende. Pero no necesariamente para el zapatero. Se trata de decidir qué vale más, el zapatero o el zapato (Lorenzo Silva: La niebla y la doncella).

A ver quién encuentra una mejor definición del capitalismo.

No hay una sola religión en el mundo que tenga otro fundamento que los rumores de oídas (Ambrose Bierce: El diccionario del diablo).

Laralííí… laralááá…

La música de Satie: esa sucesión de pajarillos fúnebres y cubistas con plumas de charol (Felipe Benítez Reyes: El novio del mundo).

Qué de recuerdos.

En algún momento de todos aquellos años de aprendizaje me di cuenta de que el estilo era la madre del cordero. Por el estilo se diferenciaban los buenos poetas de los malos poetas. Los buenos escritores de los escritores del montón (entonces existían buenos escritores y la industria no había potenciado a los escritores del montón). Y hasta los buenos guionistas de los guionistas mediocres (Rafael Marín: Está lleno de estrellas -Memoria de una afición).

De acuerdo con él. Habrá quien diga que el estilo no lo es todo. Pero si no lo es todo, casi.

Y ¿sabe qué me ocurrió con las matemáticas? No pude comprenderlo hasta que llegué allí. Porque están por encima de todo. Las obras de Abel o Kroenecker son tan buenas hoy como hace cuatrocientos años, y siempre lo serán. Es cierto que surgen nuevos caminos, pero los viejos siguen sirviendo. No se cubren de hierbajos. Allí… allí está la eternidad. Sólo las matemáticas no tienen miedo de ella. Allí comprendí lo definitivas que son (Stanisław Lem: Retorno de las estrellas).

Esta, para Ronronia.

Las pompas de jabón no cogen polvo (Carlos Edmundo de Ory: Los aerolitos).

Uno de mis aerolitos favoritos que siempre cito.

Leer es un acto tan decisivo como escribir. Quien escribe no desmonta un mito, ésa es la tarea de los que leemos Si no sabéis leer, siempre estaréis indefensos frente al poder. Quien escribe construye mitos, otros mitos. El tablero de juego de la literatura, el campo de batalla, son las representaciones imaginativas. Esa es la guerra en la que combatimos, la que empezó con los juglares contra los clérigos (Rafael Reig: Señales de humo, manual de literatura para caníbales, I).

Yo me leí el II antes que el I, pero eso en realidad no importa. Para los amantes de la palabra escrita, no hay que perderse estos dos libros.

… Barcelona, ciudad en la que a los arquitectos neogóticos les dio la ventolera de proyectar macabras construcciones que parecen la tarta de cumpleaños del conde Drácula (Felipe Benítez Reyes: El novio del mundo).

Aprendan a hacer descripciones rápidas y con poquitos adjetivos.

A Lisboa fueron a morir, pues Oporto no existe, dos amigos poetas que, agotados de la vida, convinieron en despedirse juntos. Uno defendía, como Gabriel Celaya, que la poesía era como un arma cargada de futuro. El segundo decía que sí, pero que de fogueo (Gabriel Noguera: los fracasos tempranos).

Queremos otra novela del Noguera, pero ya.

Resulta una temeridad considerar como propiedades estables los paraísos infantiles, las ciudades pacíficas y las vidas humanas (Luís García Montero: Mañana no será lo que Dios quiera).

Otro librazo del nueve.

No me cuento entre los malos escritores que dicen que solo escriben para sí mismos. Lo único que los escritores escriben para sí mismos son las listas de la compra, que les ayudan a recordar lo que tienen que comprar y pueden tirar después. Todo el resto, incluidas las listas de la lavandería, son mensajes dirigidos a alguien. No son monólogos, son diálogos (Umberto Eco: Confesiones de un joven novelista).

Ojo al parche.

No son nuevos continentes lo que necesita la Tierra, sino hombres nuevos (Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino).

En un corpus literario donde las personalidades de los protagonistas y secundarios son meros vehículos de la historia que se cuenta, creo que el Capitán Nemo es una excepción para Verne. Una curiosa excepción.

El público británico quiere ante todo, por encima de todo y en todo momento, Noticias. Recuerde que los Patriotas llevan la razón y acabarán triunfando. El Beast les apoya absolutamente en todo. Pero deben obtener una rápida victoria. Al público británico no le interesan las guerras que acaban siendo interminables y donde ningún bando parece capaz de decidir el resultado. Unas cuantas victorias aplastantes, algunos actos de valentía y heroísmo por parte de los Patriotas, y una pintoresca y animada entrada en la capital. Esta es la línea editorial del Beast para esta guerra (Evelyn Waugh: Noticia bomba).

Qué clarividente también, Waugh.

Sé que llega un momento en que uno no solo recuerda lo que ha vivido, sino lo que ha soñado, que es peor (Juan José Téllez: Territorio estrecho).

A este caballero siempre hay que leerlo con mucha atención.

Siéntate diez días en la playa y verás cómo nueve te parecen sólo uno (Viaje al Oeste ―las aventuras del Rey Mono―, anónimo).

El budismo y sus cosas.

Al menos ahora sé algo que antes sólo presentía: a todos los editores nos sigue un asesino a sueldo (Roberto Bolaño: Los detectives salvajes).

¿Has escuchado esto, Carmen Moreno? Pero yo no soy, ¿hein? Que yo no cobro por estas cosas, es solo un deporte.

―Tú quieres vivir en el campo sin servir a las pasiones de tus convecinos, sin escuchar siquiera sus chismes… ¡Qué error! (Stendhal: Rojo y Negro).

Me declaro plenamente urbanita. Y acabo con una del Maestro Montalbán, que nunca sobran:

Cuando cumplí cuarenta años me hice un resumen de lo que me esperaba: pagar las deudas y enterrar a los muertos. He pagado esta casa y he enterrado a mis muertos. No puedes imaginarte lo cansado que estoy (Manuel Vázquez Montalbán: Los mares del Sur).

Hale. A veranear. Ustedes, digo.

Enanuras

Jue 06 julio 2017

Porque el tiempo ―y nosotros sin saberlo― se había puesto ya alas en los pies y estaba con ánimo volantín, avanzando en espiral, huyendo del punto de partida, errabundo dichoso por la nada (Felipe Benítez Reyes: La propiedad del paraíso).


Enanuras

Demasiado tiempo sin post. ¡¡Y estos dos tienen la culpa!!



Dios. Mi último post es de febrero de este año, y estamos ya en julio. Tal vez tenga que ver con que en febrero nació William Brown, el segundo de la saga (y esperemos que el último, no me veo con tres). Los enanos pillan todo el tiempo del mundo.

A mis amigos que no tienen hijos (porque así lo han decidido o porque así les han venido dadas), permítanme decirles que todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y que la alegría puede esconderse en cualquiera de las dos situaciones. Los genes propios se alegran tela cuando observan correteando por ahí a la descendencia (correteando o incluso simplemente berreando), porque son conscientes de que han cumplido con su misión imperativa: han llegado hasta aquí de manera ininterrumpida desde la primera puñetera bacteria que se calentaba al sol en una sopa primigenia que estaba hasta arriba de metano y, de momento, ahí siguen, embutidos en dos nuevos individuos. Los genes, ya digo, se alegran.

Pero desde nuestra perspectiva metafísica de individuos individuales, válgame la esférica y pleonásmica redundancia, ya sabemos de cierto que los genes son unos reverendo hijos de puta y que van a su bola (también esférica), y que su mandato aparentemente irrevocable (¡reprodúcete!) no tiene por qué tener en cuenta, en absoluto, nuestra felicidad (aquí, por andurrear por el resbaladizo campo de la pura teoría, uso el término etéreo, ya saben ustedes que prefiero utilizar “alegría”, que es un concepto mucho más concreto y alcanzable). Afirmo, pues, que el gozo de los genes no tiene por qué coincidir con el nuestro y, de hecho, hay gente para la que la paternidad es un maldito infierno, y son los que te dicen “pero compensa” mientras lucen unas ojeras hasta la barbilla y una mirada triste y desfallecida.

No es nuestro caso (el de la Dama de los Lunares y el mío, quiero decir), porque hemos tenido a) suerte y nos han salido niños apacibles, dentro de lo que cabe o b) nuestro genes apacibles han redundado en niños apacibles y aquí paz y después gloria. En todo caso, tanto el Bichobola (que ha espigado una barbaridad y ya de bola no tiene nada) como William Brown comen, duermen, defecan y se ríen con profusión y a sus tiempos, de modo que no deberíamos poder exponer queja alguna.

Y a pesar de todo, estamos completamente ocupados. No diré agotados, pero terminamos de amontonar juguetes a las once de la noche y tenemos el tiempo justo de intentar ver un cuarto de hora de televisión (y desistir ante la avalancha de anuncios sobre cosas absurdas), ducharnos (yo), leer dos tuits (ella) y acto seguido desfallecer en la cama. Pocos son los días (hoy ha sido uno) en los que el Bicho amanece un poco pronto (digamos a las cinco menos cuarto), reclama a voces mi presencia (la maldita no llama a su madre) y afirma contundentemente que quiere levantarse a jugar y desayunar, y no por ese orden. Tras izar la persiana para convencerla de que aún era de noche (asombro por parte de ella que, tan empirista como Hume y como su puñetero tío paterno, no se lo creía) y tras largarle un chute del bendito Apiretal para bajarle los 39ºC de su cuerpecito acelerado, al menos anoche conseguí convencerla para que siguiera durmiendo. Ya digo, son buenos. Pero.

Así, amigos sin hijos, que sepan que la pena negra y genética que algunos de ustedes soportan puede compensarse en parte con la posibilidad de viajar, de ver cine y de, en definitiva, disponer del propio tiempo como uno buenamente quiera. Y si no hay pena negra, mejor aún. Seguro que a ratos nos envidiamos mutuamente, pero no crean que lo de “mutuamente” lo digo por quedar bien ante ustedes.

Y bueno. Tengo que armarme de disciplina y retomar este espacio, de todas maneras, que no quiero que se extinga así en plan chin pon. Buscaré algún huequecito y procuraré no abandonarlo, que son muchos años.

El próximo, post de citas. El número cincuenta, si no llevo mal la cuenta.