Eso sí que no te lo perdono

Mie 13 julio 2016

¿Y por qué no? ¿No es esa la grandeza del amor? Que se quieran Romeo y Julieta, ambos jóvenes y hermosos, ¿qué tiene de particular? El vértigo, el misterio, lo único grandioso del amor es que también nos queramos unos a otros los feos, los gordos, los malos, los débiles, los infelices y los egoístas. La cajera con varices y el administrativo calvo. El albañil de la papada y la dependienta de las verrugas. Los dos parapléjicos que se conocen en la sala de rehabilitación. Nosotros mismos, tal como somos (Rafael Reig, Sangre a borbotones).


yul_brynner

Oh, qué infame.



Esta mañana me he venido al trabajo escuchando la radio (hasta que la peque ha exigido su ración de Petit Pop, agradeciendo luego el cambio de registro musical con un aplauso). Hasta donde me ha dado tiempo a escuchar, he sabido (parece que el gobierno francés no lo desmiente) que el peluquero de Hollande cobra nueve mil y pico euros al mes.

Nueve mil y pico. Al mes.

A veces le hago este comentario a la Dama de los Lunares y siempre se lo toma a guasa, pero cada vez tengo más evidencias de que estoy en lo cierto: a un político se le puede perdonar ser feo o estar gordo (a priori tampoco son defectos imperdonables para ejercer de político, aunque sospecho que estar gordo y ser de izquierdas probablemente sería motivo de crítica desde algunos sectores ideológicos con muchos gordos en sus filas), incluso se les puede perdonar estafar, robar, pagar en negro, prevaricar, financiarse ilegalmente y hasta no entender su propia letra. Todo eso se les puede perdonar. Pero hay algo que no.

A ver. Por cinco céntimos de euro (soy pobre, no como el peluquero de Hollande): díganme el nombre de un presidente electo de la democracia española que haya sido calvo. Calvo Sotelo. Ñeeec, error, he dicho electo, y a él lo escogió su partido para sustituir a Suárez, no fue elegido por los votantes. Y miren que, aunque yo pudiera no comulgar (nunca mejor dicho) con las ideas de este señor, no me pareció nunca que fuera un mal presidente, es más, creo que fue, y de largo, el más culto y el más formado que tuvo nuestra historia reciente (lector incansable, se manejaba en seis idiomas y tocaba el piano) (lo mismito que otros, vamos). Pero no fue elegido por los españoles, repito. Lo fueron Suárez (pelazo), González (pelazo), Aznar (pelazo), Zapatero (pelazo) y Rajoy (pelo). Fíjense cómo José Bono, Berlusconi o Putin corrieron a implantarse cabellos craneales en cuanto les asomó el cartón, aun a riesgo de quedarse como las muñecas de Famosa, con el pelo en hileras, semejante a una repoblación de pinos de los tiempos del ICONA.

¿Por qué? No lo sé, pero parece innegable que los votantes no se fían de los calvos. Así de simple. Si le viene en gana, un político (siempre que no milite en cierto partido emergente de izquierdas, se sobreentiende) puede trocear en público con un hacha normanda a cientos de cachorritos de golden retriever y de gatos de angora, que la gente se lo perdonará… si no es calvo. Pese a los alegatos (nota mental: hacer un juego de palabras con “alegatos de angora”) (les ruego que no hagan caso de mis notas mentales, estoy fatá) decía que pese a los alegatos, claramente interesados, de Galeano, acerca de que la poca importancia de los cabellos se pone de manifiesto gracias a su posición externa en el cráneo (y no interna), queda claro que la calvicie es el único pecado imperdonable para un político, de modo que, desde un punto de vista electoral, sí que son importantes, los pelos. Se pueden perder unas elecciones por los pelos (jajá, de nuevo les ruego que no tengan en cuenta mis desvaríos).

Y en fin, que tampoco es que la política fuera un campo en el que yo tuviera pensado sembrar mis tomateras (fantástica hortoalegoría) pero, visto lo visto, aunque esas fuesen mis intenciones, lo llevaría francamente crudo, yo, dada mi inexistente masa capilar cefálica y lo poco que tal carencia me preocupa.

De eso que se libran, porque seguro que acabaría siendo un tirano sanguinarísimo. Bof. No me conocen, Ustedes.

Sentimientos encontrados (gastronómicamente hablando)

Lun 30 mayo 2016

―Comer es lo de menos ―sentenció el Peregrino―. Lo realmente importante es divertirse (Viaje al Oeste ―las aventuras del Rey Mono―, anónimo chino del siglo XVI).


A Poniente

Seis comensales, seis.



Moría la peseta y nacía el euro cuando a Fenrir el Lobo y a mí nos dio por hacer una apuesta, cuyo objeto no viene al caso. Solo es relevante saber que durante diez años cada uno de nosotros aportó seis euros al mes (nótese que la cifra elegida revela que aún calculábamos en la antigua moneda) y que si, pasado ese lapso, ninguno de los dos vencía, el dinero ahorrado, en manos de un albacea amigo común, debía ser dilapidado. Eso decía el contrato, literalmente. Dilapidado.

Acabó el 2010, como somos dos flojos (en realidad esa es mi excusa, la suya, él sabrá) ninguno ganó y después tardamos la friolera de seis años más en decidir qué cuernos hacíamos con los 1440 euros acumulados. Al final, en un ataque de “hay que zanjar esto de una maldita vez”, decidimos gastarnos la pasta en comer en el restaurante A Poniente, de Ángel León. Los apostantes, el albacea y las tres respectivas y hermosas acompañantes.

Qué quieren que les diga. Al contrario que otras personas, no he logrado amasar una fortuna trabajando para el CSIC, así que habría sido difícil, en distintas circunstancias, que me hubiera decidido a ir a comer allí. Sí, por el precio. Ahora les cuento.

Ya puestos, y disparando con pólvora añeja pero seca (y siempre del Rey), elegimos el menú (digamos) fastuoso. Con vino incluido, para los cuatro no abstemios (dos prefirieron no beber alcohol). Pedir el maridaje fue, desde mi punto de vista, un acierto (todo hay que decirlo), porque desde el primer vermut hasta el último vino dulce, todo fueron maravillas, una detrás de otra, y en un intervalo de tiempo lo suficientemente largo como para que no saliéramos a cuatro patas. Amontillados recónditos, manzanillas incomercializadas, sidras de pera (¡de pera!)… todo vinos generosos o espumosos, por cierto, no vinos de mesa (blancos o tintos).

En la cocina había más gente que en la guerra. No los conté, pero a la vista se movían no menos de veinte personas trasteando sin parar. El volumen de cada plato no era (no podía ser) elevado, pero el número de ellos sí que lo era. No les aburriré, echen un ojo a la carta en la página web del sitio. Ni siquiera les pondré fotos de los espectaculares platos (me refiero al continente, esta vez) que nos pusieron por delante, aunque dan ganas. Sí, hicimos fotos de todo lo que desfilaba ante nuestro ojos, somos una suerte de catetos japoneses, pero si alguna vez me veo con un alzheimer en lo alto, prefiero tener algo que me lo recuerde.

¿Sale uno con hambre? No, de ningún modo. ¿Hay cosas memorables, de verdad? Sí, muchas. Los embutidos y diversas chacinas hechas exclusivamente con elementos marinos son un verdadero hallazgo (la sobrasada de lisa es un espectáculo absoluto. Mucho, pero mucho mejor que la de cerdo). ¿Los paladares remilgados pueden sufrir con algún bocado en especial? Sí, claro. Habiendo ostra cruda o morena (inevitablemente gelatinosa) por ahí danzando, un melindres puede ver su digestión comprometida.

Y ahora la parte peliaguda, la pregunta de la que uno no se puede esconder, obviamente: ¿vale lo que vale? Pues miren, no lo sé. No sabría qué decirles. Me veo en medio de un par de corrientes de sentimiento encontradas. Por una parte, ese habitante de Sibaris (ocho letras) que todos llevamos dentro puede disfrutar como un enano jibarizado (una especie de superenano) viendo cómo comprimen unos trozos de sepia a la brasa en una prensa metálica (diseñada por cocineros sádicos franceses para carcasas de pato), y mezclan lo extraído con un poquito de la (según ellos, yo qué sé) mejor mantequilla del mundo en un diminuto cazo de cobre (para que se caliente a más temperatura) con un poco de tal y cual vino y una reducción de espinas de vete a saber qué y te lo ponen sobre una especie de ravioli de pescado culminado por una flor de ajo y…

Qué coño, al principio he dicho que no quería, pero les voy a poner la foto.

A poniente choco

Hale. Pues como ese plato, unos quince. Es decir, es espectacular.

Pero junto al sibarita, vive, ay, un tozudo ruso bolchevique, que se nos ha nacionalizado japonés (hoy me ha dado por las alegorías niponas) a pesar de la secular inquina entre ambas naciones. Y se hace habitante de ese oriental país tan sólo para poder meterse a gusto una katana en las entrañas. ¿Por qué? Porque ha visto la cuenta, el carajote del bolchevique.

A poniente cuenta

Seis personas, mil quinientos veintidós euros con ochenta y siete céntimos (y les recuerdo que dos de los seis no bebieron vino; y uno de los menús “tiene rebaja” porque está adaptado para celíacos y no contenía todos los platos) (todo un detalle). Pero a la postre (expresión al pelo), algo más de 250 euros por barba. Claro que, como teníamos lo que teníamos ahorrado, la broma nos salió por poco más de quince euros cada uno, más el taxi. Vale, así sí. Pero se nos ha autoasesinado el bolchevique, de todas formas. Mírenlo, ahí yace, pobretico mío. Unos acordes de balalaika, por favor.

Sin embargo, a pesar de la sangre comunista que empantana el pavimento… entre recepcionistas, cocineros, pinches y jefes de cocina, reposteros (los bombones del final, de elaboración propia y diaria, eran otro espectáculo), camareros, maestros panaderos en exclusiva, sommeliers y seguro que un potente departamento de I+D que no aparece en los créditos de la película… ¿cuántos puestos de trabajo mantiene el Chef del Mar en nómina, de manera constante? Eso sin contar a los distribuidores y, sobre todo, productores de las materias más o menos primas que allí se consumen (y las respectivas familias de todos ellos, que también tendrán niños chiquititos y ancianas madres a las que cuidar) (ya es tarde para plantearle esa disquisición a nuestro amigo bolchevique, es que tiene un pronto muy malo).

Así que no sé. Fuimos, comimos, disfrutamos (mucho) (es una muletilla de los camareros de allí, e incluso del propio Chef: “que disfrutéis”) y ahora yo se lo cuento. Ustedes decidirán si les merece la pena, que habrá a quien no y habrá a quien sí.

Y nota al pie: hay crisis, vale. Pero el local estaba lleno.


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