¿Y Del Bosque?

Vie 15 enero 2016

La esencia de la estrategia consiste en quedarse lo más cerca posible de la puerta (P.G. Wodehouse: ¡Pues vaya!).


Vicente Del Bosque

¿Y Del Bosque? ¿Qué me decís de Del Bosque?



Para cambiar el teléfono fijo de sitio (antes ubicado allá lejos, al final del sofá, sólo accesible tirándose en plancha sobre tal mueble, cuando sonaba), necesito un cable de conexión telefónica muy largo, como de tres metros. Detenemos el coche medio aparcadito y mi mujer se queda en él, con el Bichobola, mientras yo doy un saltito a la tienda de suministros eléctricos.

Cuando entro, me encuentro a cinco hombres que discuten acaloradamente (y eso que están todos de acuerdo) sobre la reciente destitución de Rafa Benítez, ya ex-técnico del Real Madrid. No es fácil saber quién es cliente y quién dependiente, porque alguno de los que están fuera del mostrador parecen estar reponiendo un expositor.

—Po lo tenían que habé dejao acabá la liga, por lo meno.
—Pero es que lo del Cádi fue una cagá bien cagá. Y le ofrecieron dinero y tó, ar Cádi, pa que retirara la demanda. Tesquílla, con lo divertío que é eliminá al Madrí.
—Sentensiao. Er Florentino lo tenía sentensiao, desde enotnse.
—Po ahora entra er Zidán, que a ve lo que hace.
—¿Eze? Eze é muzurmán. Y tiene un montón de carárter. Eze é capá de sentá al Crihtiano, ci ce le pone en er nabo.

(Ahí pierden la ocasión de hacer un juego de palabras estupendo, con un musulmán sentando a un cristiano en el banquillo, pero es que están a lo que están. A todo esto, nadie me mira, siquiera).

—Y lo mismo el Angelotti. Que no era mal entrenadó, ¿Qué no?

(Uno de ellos, tras el mostrador, tiene un ordenador portátil abierto).

—Ira, aquí hay una encuesta. ¿Considera Usté asertá la desisión de sesá a Rafabeníte? Y un sincuenticuatro por siento dise que sí.

(Y yo allí en medio, invisible).

—Po yo qué quiere que te diga, quillo. Esas cosas tú sabe.

(Este debe de ser el político de la reunión).

—Es que a los del Madrí les dá lo mismo, le pagan la clárzula de resisión a quien sea, y a la calle. Ni ce lo piensan…

(Como yo sigo siendo invisible y mi mujer y mi hija están en el coche, esperando, no me queda más remedio que interrumpirles.

—¿Y Del Bosque? —les pregunto de sopetón—. ¿Qué me dicen de Del Bosque?
—¡¡Ezo!! ¡Der Bohque! Dó Shampion (dormí y dormí dó), dó liga (dormí y dormí tré), una zupercopa, una zupercopa duropa y una intercontinentá y HALA, a la puta calle (por sierto, ¿tú qué quería?)
—(Un cable de teléfono, pero de tres metros por lo menos) ¿Y por qué? ¿Por qué lo echaron?
—Por farta de pa-tri-co* —dice el que está reponiendo la estantería.
—Ahí le ha dao —corroboro yo.
—Digo —dice el del ordenador.
—Ezártamente —el dependiente busca un cable de teléfono y empieza a montar los enchufes a la red telefónica en cada extremo—. Por farta de patrico.
—Que en el Madrí te perdonan que lleve er coshe a dossiento por hora por la vía pública, pero como no dé la imagen de un anunsio de colonia, lo lleva clarito.
—Y er Rafa no daba esa pinta —niega con la cabeza el del ordenata.
—Qué va (mira, er cable tiene tré metro y medio, pero te voy a cobrá tré metro, pa qué cortá un retaliyo), er Rafa, con lo gordito que ehtá, no tiene ni glamú ni ná, pero que no é má entrenado, mira tú en er Valensia, en el Líverpu y en er Cherci, er parmaré que tiene er nota (dó sincuenta).
—(Ahí tiene) Buenas noches, señores.
—Con dio. Fíte tú si hubiera seguío der Bohque tré o cuatro año má en el Madrí. Ni Leomeci ni Neimá ni ná…

—¿Mucha gente? —me pregunta mi mujer cuando cierro la puerta del coche.
—Nah, han sido muy rápidos en atenderme —le contesto yo.





* En Cádiz, “patrico” = brillantina.

Y bueno, sí, no es que yo esté muy cuerdo.

Lun 11 enero 2016

Un día se parece a otro día en la misma medida en que un astronauta tuerto se parece a otro astronauta bizco.
Un astronauta bizco ve muchas estrellas y asteroides (nadie lo niega) pero el astronauta tuerto ve las mismas estrellas y los mismos asteroides que el astronauta bizco.
De lo cual se deduce que da igual ser bizco que tuerto, sobre todo si eres astronauta.
De todas formas, ayer fue un día especialmente extraño para mí: un astronauta bizco, tuerto y con un meteorito incrustado en la frente.
Porque me notaba raro
Con una sensación general de fiebre pensativa.
Me había pasado la noche entera soñando que estaba en el iglú de un esquimal, bebiendo licor de foca y oyendo leyendas deprimentes de esquimales alérgicos a la nieve y al pescado (Porque los sueños los inventa nuestra mente para eso: para hacernos pasar un poco de acojono parapsicológico).
Durante todo el día, tuve la sensación de seguir en el iglú.
Porque fue un día más raro de lo normal.
Un día complicado.
El de ayer.
(Felipe Benítez Reyes: Lo que viene después de lo peor).


Sillón estilo Impreio

Algo así, pero color turquesa.



Hace un par de noches soñé que iba con mi hermano (Anaxágoras, por si alguien no lo recuerda) a una especie de acto académico que se desarrollaba en un sitio con pinta de antiquísimo, algo como una universidad victoriana inglesa, toda llenita de maderas oscuras y salones con aspecto polvoriento.

Buscábamos una sala donde se iba a producir no sé qué evento, pero no había ni un mal bedel, ni un profesor despistado, ni un miserable alumno uniformado y pijo al que pudiéramos preguntarle, exactamente, dónde iba a ser la cosa.

Al final, mi hermano, menos paciente en mi sueño que en la realidad, se cabreó y dijo que, como venganza, iba a robar un sillón estilo Imperio de los que estaban por allí.

―Pero, ¿estás majara? ¿A dónde vas con eso? ―le preguntaba yo a mi hermano, viendo que él ya había arramplado con un sillón enorme con un tapizado color turquesa (sí, yo sueño en colores, y a veces hasta en Panavisión), y se lo ponía en la cabeza, para llevarlo con más facilidad, aunque debía de pesar un huevo.
―Tú ve a por el coche y espérame en la puerta ―me decía, dando pasitos inseguros a izquierda y derecha, desequilibrado por el peso del mueble―. ¿No hay nadie vigilando? Pues que se joroben, haber sido más cuidadosos.

En mi sueño yo todavía conducía al Indio, un escuálido Seat 127 en cuyo interior difícilmente habría cabido siquiera una de las patas de aquel engendro.

―Pero… ¡si eso no cabe en el coche! ―le espeté.
―¡Pues lo atamos arriba! ―me contraespetó.
―¡Pero es que es ilegal, eso de llevar un sillón así atado encima de un coche!

Por fin pareció dudar, pero se recompuso.

―¿Sabes si ya ha entrado en vigor esa ley?
―¿Hein?
―Que si sabes si esa ley ha entrado ya en vigor o no.
―¡Y yo qué sé!
―Pues venga, corre, a por el coche.
―Pero, ¿para qué lo quieres, ese sillón, si no cabe en casa?
―Se lo regalo a mi sobrina, el Bichobola. Para ella. Para que juegue.
―Sí, hombre. ¿Y piensas envolverlo?
―No hace falta. Le pongo un lazo. ¡Y venga, corre a por el coche, que esto pesa un montón!

Ustedes creerán que lo del lazo es una licencia lírica que me estoy inventando yo ahora, pero les juro por lo más sagrado que mi hermano lo decía en el sueño. Despojado de mis argumentos, de todos y cada uno, no me quedó más remedio que salir pitando a por el coche, y me vi justo en cierto sitio de la Alameda Apodaca (muy cerquita de donde está la estatua en fuga de Carlos Edmundo de Ory, me doy cuenta de ello ahora que intento fijarles la localización para que quien conozca la zona se haga una idea), pero si bien las casas (y el restaurante El Balandro) estaban igual, de la calzada emergía la salida de un garaje público subterráneo, que eso sí que no existe ahí, ni creo que pudiera.

Y me desperté mientras avanzaba hacia el coche, completamente cómplice ya, tratando de adivinar a) si mi hermano saldría indemne del robo de ese antiquísimo y desproporcionado sillón; b) si encontraríamos la manera de poner el sillón encima del coche y si tendríamos que ir sujetándolo con la mano, porque, que yo recordara, no llevaba ni una mala cuerda en el maletero y c) qué maniobras tenía que hacer con el vehículo (primero salir, luego dar la vuelta en la entrada del garaje e ir marcha atrás unos diez metros) para quedarme lo más cerca posible de la puerta de la Pseudouniversidad Invisible aquella, a través de cuyo seguro que histórico dintel vería a mi hermano salir en breve con un trotecillo enloquecido, portando aquél espanto del arte mobiliario.

Y bueno, sí, no es que yo esté muy cuerdo. Pero los sueños son el territorio de lo absurdo, así que todo vale. Lo malo es que, según Sigmund el Barbacana, los argumentos de los sueños tienen origen en las experiencias vitales, disfrazadas, disimuladas o traducidas. Y digo que es lo malo porque no sé de dónde cuernos sale el guión enloquecido de este, por mucho que me pregunte yo la cosa y por mucho que intente darle explicación a cada símbolo (si es que lo son) que aparece por ahí, más extraño todo que el último verso de una jota.

En fin, admitamos un puntito de majarería onírica y dejémoslo estar, ¿vale? Que esto quede entre nosotros.


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