Amistades que se basan en la épica

Jue 28 julio 2016

Pero la fraternidad no solo es un dato de lo real. También es, tal vez sea, sobre todo, una necesidad del alma: un continente por descubrir, por inventar. Una ficción permanente y cálida (Jorge Semprún: la escritura o la vida).


filete de ternera extra

Así de grandes. O más.



El otro día comí en casa de mi amigo Fran (El Mejor De Entre Nosotros). En un momento dado, mientras me ponía una cervecita por delante, me dijo, a ceja izquierda alzada:
—Tío, ¿tú te has dado cuenta de que nuestra amistad se fundamenta en la épica?
Como quiera que yo puse, probablemente, la misma cara que se me queda cuando me salen dos ases y alguien me sube la mano, me explicó pacientemente:
—Sí, hombre. Aquel partido de baloncesto que nos robaron en Jerez cuando teníamos diecisiete tacos. Aquella vez que nos fuimos de excursión y nos llovió tanto. Etcétera.
—¿Y…?
Por toda respuesta sacó dos filetones que probablemente representaban el cincuenta por ciento del peso bruto de una vaca muerta.
—Ah. Vale.
Los hizo a la plancha, nos sentamos a hablar de todo y de nada y, ayudados por un rioja a temperatura perfecta, nos ventilamos los dos filetes. Con una ensalada, para disimular.

Eso sí que no te lo perdono

Mie 13 julio 2016

¿Y por qué no? ¿No es esa la grandeza del amor? Que se quieran Romeo y Julieta, ambos jóvenes y hermosos, ¿qué tiene de particular? El vértigo, el misterio, lo único grandioso del amor es que también nos queramos unos a otros los feos, los gordos, los malos, los débiles, los infelices y los egoístas. La cajera con varices y el administrativo calvo. El albañil de la papada y la dependienta de las verrugas. Los dos parapléjicos que se conocen en la sala de rehabilitación. Nosotros mismos, tal como somos (Rafael Reig, Sangre a borbotones).


yul_brynner

Oh, qué infame.



Esta mañana me he venido al trabajo escuchando la radio (hasta que la peque ha exigido su ración de Petit Pop, agradeciendo luego el cambio de registro musical con un aplauso). Hasta donde me ha dado tiempo a escuchar, he sabido (parece que el gobierno francés no lo desmiente) que el peluquero de Hollande cobra nueve mil y pico euros al mes.

Nueve mil y pico. Al mes.

A veces le hago este comentario a la Dama de los Lunares y siempre se lo toma a guasa, pero cada vez tengo más evidencias de que estoy en lo cierto: a un político se le puede perdonar ser feo o estar gordo (a priori tampoco son defectos imperdonables para ejercer de político, aunque sospecho que estar gordo y ser de izquierdas probablemente sería motivo de crítica desde algunos sectores ideológicos con muchos gordos en sus filas), incluso se les puede perdonar estafar, robar, pagar en negro, prevaricar, financiarse ilegalmente y hasta no entender su propia letra. Todo eso se les puede perdonar. Pero hay algo que no.

A ver. Por cinco céntimos de euro (soy pobre, no como el peluquero de Hollande): díganme el nombre de un presidente electo de la democracia española que haya sido calvo. Calvo Sotelo. Ñeeec, error, he dicho electo, y a él lo escogió su partido para sustituir a Suárez, no fue elegido por los votantes. Y miren que, aunque yo pudiera no comulgar (nunca mejor dicho) con las ideas de este señor, no me pareció nunca que fuera un mal presidente, es más, creo que fue, y de largo, el más culto y el más formado que tuvo nuestra historia reciente (lector incansable, se manejaba en seis idiomas y tocaba el piano) (lo mismito que otros, vamos). Pero no fue elegido por los españoles, repito. Lo fueron Suárez (pelazo), González (pelazo), Aznar (pelazo), Zapatero (pelazo) y Rajoy (pelo). Fíjense cómo José Bono, Berlusconi o Putin corrieron a implantarse cabellos craneales en cuanto les asomó el cartón, aun a riesgo de quedarse como las muñecas de Famosa, con el pelo en hileras, semejante a una repoblación de pinos de los tiempos del ICONA.

¿Por qué? No lo sé, pero parece innegable que los votantes no se fían de los calvos. Así de simple. Si le viene en gana, un político (siempre que no milite en cierto partido emergente de izquierdas, se sobreentiende) puede trocear en público con un hacha normanda a cientos de cachorritos de golden retriever y de gatos de angora, que la gente se lo perdonará… si no es calvo. Pese a los alegatos (nota mental: hacer un juego de palabras con “alegatos de angora”) (les ruego que no hagan caso de mis notas mentales, estoy fatá) decía que pese a los alegatos, claramente interesados, de Galeano, acerca de que la poca importancia de los cabellos se pone de manifiesto gracias a su posición externa en el cráneo (y no interna), queda claro que la calvicie es el único pecado imperdonable para un político, de modo que, desde un punto de vista electoral, sí que son importantes, los pelos. Se pueden perder unas elecciones por los pelos (jajá, de nuevo les ruego que no tengan en cuenta mis desvaríos).

Y en fin, que tampoco es que la política fuera un campo en el que yo tuviera pensado sembrar mis tomateras (fantástica hortoalegoría) pero, visto lo visto, aunque esas fuesen mis intenciones, lo llevaría francamente crudo, yo, dada mi inexistente masa capilar cefálica y lo poco que tal carencia me preocupa.

De eso que se libran, porque seguro que acabaría siendo un tirano sanguinarísimo. Bof. No me conocen, Ustedes.


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