Post sobre el postismo y la posteridad

Mar 28 abril 2015

Conversación entre dos locos:
-Yo estoy más loco que tú.
-Pues yo estoy más loco que yo.
(Carlos Edmundo de Ory: Aerolitos).

Carlos Edmundo

Se escapa (foto de La Voz de Cádiz).

Ayer inauguraron la estatua de Carlos Edmundo de Ory, máximo exponente del postismo. No pude ir, me acerqué después con la Dama de los Lunares, Portadora del Bicho, La Que No Gana Peso Por Mucho Que Zampe. Hicimos un par de fotos con el móvil, que salieron muy oscuras, así que mango un poco (con el enlace puesto) la foto genial de La Voz de Cádiz. Espero que no me denuncie mucho su artífice (a quien desde aquí felicito).

Detrás de la gente que se arremolina en la foto está el típico pedestal estatuario. Pero sobre él no hay nada. Solo dos huellas doradas marcadas, en el sitio donde debería estar la estatua, seria y digna.

Carlos Edmundo ha huido de allí, parece que los pedestales le tocan mucho las narices. Está unos pasos más allá, en dirección al mar. La idea fue de Luis Quintero, que es escultor y es de todo, y que fue su amigo. Solo un amigo te puede hacer una escultura como esa.

Muchas de las personas que se ven en esa foto hacen más fotos (con los tristes móviles, que capturan pobres instantáneas testimoniales y vestigiales). Pero a la derecha hay un tipo con la mano en el mentón, que se está partiendo por dentro (y se le ve en la cara). Es el escritor y periodista Juan José Téllez, que parece ser el único que entiende la escultura, porque es el único que se ríe. Tal vez imagina la que le van a liar en Carnavales a esa estatua que está tan a mano, al contrario que las de los políticos y próceres que, como el bandido marqués de Comillas, necesitan una verja alrededor para protegerlos o, como el fanático integrista del Beato Diego, precisan de unos metros de altura para que la gente no los vista de piconera.

Carlos Edmundo no, él está a pie de calle, en una pose entre fugitiva y flamenca (una buena definición de su vida), expuesto, sí, a las gamberradas, pero también al alcance de todos los abrazos. Cuando miro a esa estatua, hasta un entierro vikingo pasa a una segunda posición.

Verlo venir

Lun 27 abril 2015

Supongo que, para un loco, la buena suerte consiste en ver confirmado el fundamento de su locura (Felipe Benítez Reyes: Mercado de Espejismos).


Maracas

Just like a pair of maracas.



Digámoslo de una buena vez, sin que ello nos cause rubor alguno: hay gente que está como unas maracas. Loca, chalada, majareta, ida de la olla, volada de la pelota, zumbada de la azotea, perjudicada del espacio interparietal. Y reconozcamos también, sorteando cualquier atisbo de culpa judeocristiana, que para caer en esa categoría, que no es más que un cajón de sastre de las psicopatías entendidas en sentido amplio, sólo existe el prerrequisito indispensable de estar uno en sus cabales. En otras palabras, que la pinza se le puede ir a cualquiera: a Usted, pantalla de por medio; a mí, teclado mediante; a un piloto alemán a los mandos de un avión comercial (la que se habría formado si hubiera sido español o iraní, por ejemplo); a un alumno de secundaria ballesta en ristre (la que se habría liado si hubiera sido de origen chino o marroquí, también por ejemplo), o incluso a la señora madre de una trabajadora de la Diputación de León, arma corta de fuego en mano (lo que se habría dicho si hubiera sido de… de… bueno, de CUALQUIER otro partido distinto del que era su hija). Etcéteramente.

Pero eso sí, como decían en no sé qué película argentina, “hay loquitos lindos y loquitos de mierda”. Y la diferencia no es baladí. Los loquitos lindos aún mantienen la empatía con sus semejantes, y si bien pueden salirse por los cerros de Úbeda o pueden obsesionarse con un tema hasta el hartazgo, nunca son un peligro para la integridad de uno y, si uno sabe escucharlos bien, incluso aprende uno de ellos cosas sorprendentes.

Pero luego están los otros. Y lo verdaderamente difícil, a veces, es verlos venir.

Aunque otras veces no. No es la primera ocasión en que, ante una salida de madre adornada con cuchillos cebolleros de gran calibre o cosas peores, los entrevistados después por los reporteros de la tercera cadena (líder en longitudes de onda de entre 574 y 577 nanómetros) (no lo busquen, es el color amarillo) (vale, me he pasado de tecno-barroco), los entrevistados después, decía, con el micrófono ante sí, miran al vacío negando con la cabeza mientras repiten: “lo veíamos venir, lo veíamos venir”. Porque a veces se les ve venir.

Para el caso de que tengan a alguien así en sus inmediatos aledaños (en el trabajo, por ejemplo), no creo que existan recomendaciones al respecto aparte de contar con un objeto contundente, revestido de falsa y santa inocencia, sobre el escritorio (estoy pensando en un pisapapeles de acero colado réplica del Guggenheim, por ejemplo, o una azagaya de ciento ochenta centímetros, adosadita a la pared, en la que se pueda leer “I ♥ ZULUES” o un martillo ornamental de piedra que tenga grabado en el mango “Recuerdo del Walhalla”) (cositas así). Porque tratar de evitarlos o esquivarlos parece fácil en principio, pero créanme que es un esfuerzo inútil. Si te buscan, te acaban encontrando y, si no te buscaban, lo mismo se pueden cruzar contigo y ya.

Aunque eso sí: si lo veían venir y no dijeron nada, luego no se quejen. ¿Vale? Pues eso.


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