Recomendación del verano

Vie 24 julio 2015

Una manera de estar en el mundo donde se daban la mano la acometividad y el civismo, la pulcritud y la furibundia, la exactitud del metro lírico y la belleza turulata de una turbina (Santiago Lorenzo: Los huerfanitos).


Santiago Lorenzo Libros

Todos. Ya los tengo todos. Oh, sí.



En nuestro “club de lectura”, no se crean, en ocasiones se habla también de literatura. Nos recomendamos cosas, nos prestamos libros. Maese Piero se presentó a la última edición con un libro de un autor para mí desconocido (oh, ignominia). Se llama Santiago Lorenzo. Y si Maese Piero te deja un libro y dice que es bueno, hay que hacerle caso.

Y bueno, no es. Es buenísimo. De lo mejor que he leído en los últimos años. El libro en cuestión se llama “los huerfanitos”. El argumento inicial (porque luego se lía todo hasta límites insospechados) es que un empresario teatral de éxito, bandarra y sinvergüenza, le deja en herencia a sus tres hijos, hasta ese momento dispersos, un teatro con más deudas que una caja de ahorros madrileña, y estos intentan hacer una representación para trincar una subvención que evite que tengan que malvender el teatro, única fuente de potencial resarcimiento (al menos económico) por la mala infancia que les dio su padre.

Luego pasa de todo.

Fíjense cómo será el libro de bueno que, una vez leído, tomadas las necesarias notas y pasadas estas a mi lista de fraseo, me lo he comprado (estoy a la espera de ver de nuevo a Maese Piero para devolverle su ejemplar). Y no solo “los huerfanitos”, me he hecho también con los otros dos libros de este autor de los que tengo conocimiento: “Los millones” (a uno del Grapo le toca una primitiva a lo bestia, y no puede cobrarla porque no tiene DNI) y “Las ganas” (un tipo tiene una vida sexual menos ajetreada que los Pitufos y laboralmente le va como el culete, pero seguro que el autor lo mete en mil situaciones vicisitudescas). Acabo el que tengo entre manos y me pongo con ellos inmediatamente.

Nota aparte: un once sobre diez a la editorial Blackiebooks por apostar por autores como este. La edición, además, es gustosísima al tacto, con taba dura y papel bastante bueno.

Maese Piero me comentaba que no sabía por qué la prosa de este autor es tan deslumbrante. Yo tampoco soy un experto, pero creo que intuyo por dónde va la cosa. Por ejemplo, en la página 51 leemos:

“Toneladas de poleas en los altos de bambalinas se enmarañaban como los cables de una máquina inservible”.

¿Lo pillan? Busquen las sílabas tónicas:

“Toneladas de poleas en los altos de bambalinas se enmarañaban como los cables de una quina inservible”

¿No oyen la música? Habrá quien diga que si es un truco viejo, que si la poesía, que si desde Homero, que si patatín (como dice el mismo autor). Pero el caso es que he leído a poca gente que cuide eso hoy día. O bien le sale de manera espontánea (y es un puto genio y lo odio), o bien pule sus textos hasta el límite de la sonoridad (con lo que además de ser un puto genio es un currante de narices y aún lo odio más). No saben la enorme suerte que tenemos de leer a Santiago Lorenzo en el idioma en el que ha escrito sus libros, porque cualquier traducción, por buena que fuera, perdería algo de ese ritmo interno.

Este hombre, al que si alguna vez me encuentro por ahí me empeñaré en invitarle a una caña (como poco) por los buenos ratos que me ha hecho pasar con la lectura de su libro (y lo que te rondaré morena), ha dirigido cortos de animación (Caracol, col, col), largometrajes (Mamá es boba; Un buen día lo tiene cualquiera), ha realizado escenografías y decorados, y ahora le pega a la novela. Comparar a Santiago Lorenzo con Jardiel Poncela (como escritor) o con Rafael Azcona (como guionista) puede ser, a priori, un piropo, pero no deja de ser algo así como colgar una etiqueta pobre para orientar a los lectores o espectadores porque, por buenos que fueran aquellos, ni Lorenzo los imita ni les va a la zaga en cuanto a capacidad narrativa. Y fíjense lo que les he dicho, porque saben que Poncela es uno de mis referentes icónicos. No tienen tanto que ver Santiago Lorenzo y estos, aparte de la brillantez en la prosa y un humor un tanto desangelado pero telita de efectivo.

No lo pierdan de vista, anden. Les dejo algunas perlas de “los huerfanitos” para que admiren el fraseo (no muchas, que no quiero reventarles nada ni quitarles la oportunidad de la sorpresa cuando lo lean):

Era, en el fondo, su forma de buscar la brizna de emoción que no encontraba en un matrimonio en el que los cónyuges parecían los dos muñequitos del semáforo: en un mismo poste, pero cada uno en un cajón, cada uno en una actitud, cada uno en un color.

—No puede ser que para dirigir el montaje en el que nos vamos a dejar los hígados —dijo Argi— hayas pensado en un idiota tan grande. Yo solo tenía tres años, pero siempre se dijo que Franky llegó tarde incluso a tu bautizo.
—Le rogaremos puntualidad.
—Cuando cumpliste seis años te regaló una calculadora.
—Sí. Un objeto que fomentó mi interés por la ciencia.
—La calculadora era mía. Franky me la ganó en una partida de ajedrez.
—Así es el juego. Si perdiste, pues perdiste.
—Me ganó en un enroque de reina y torre. Lo que él llamaba «el enroque suizo», fíjate qué cuajo.

Y este es el inicio del libro:

Ausias Susmozas, empresario de éxito notorio, requirió la extremaunción después del último telediario. No fue sencillo encontrar a quien oficiara, porque ya eran las tantas. Finalmente, un sacerdote del colegio Gaztelueta se ofreció a la administración de los óleos y tomó confesión al moribundo. Empezó el cura, para despertar a Ausias de la modorra.
—Ave María Purísima.
—Hola.
—Dime tus pecados.
—Te voy a decir los que no he cometido, que si no no acabamos nunca.
—Vale.
—Los he cometido todos. Menos uno.
—Cuál.
—El sexto de los capitales.
El sacerdote no recordaba muy bien de qué iba ese. Reunió valor, venció vergüenza, apeló a su conciencia al bien morir del enfermo y preguntó.
—Cuál era el sexto, que a veces los confundo.
—La envidia. La he provocado toda. Pero nunca he sentido ninguna.

Hale. Que lo gosen. Si pueden, pillen libros de este autor, que merecen la pena.

Intento fallido de coba-cola

Lun 01 junio 2015

Los dos años de inversión en Neotrición e investigación dieron a luz a CHOWTM. CHOWTM contenía moléculas proteicas hiladas, trenzadas y entrelazadas, encriptadas y codificadas, cuidadosamente diseñadas para hacer que las ignorase hasta el enzima digestivo más voraz; edulcorantes artificiales, aceites minerales en vez de vegetales, materiales fibrosos, colorantes y aromatizantes. El resultado fue un producto alimenticio indistinguible de cualquier otro excepto por dos detalles. El precio, que era ligeramente más elevado, y el aporte nutritivo, que era aproximadamente el mismo que el de un walkman de Sony. Comiese uno la cantidad que comiese, perdía peso (y pelo. Y color de piel. Y, si se comía tiempo suficiente, señales de vida) (Terry Pratchett y Neil Gaiman: Buenos presagios).

Numerados

Qué va. Ni por esas.

El fin de semana pasado se realizó en mi casa otra de esas reuniones quincenales de lectura orientada de clásicos populares. En esta ocasión se trataba de conjeturar una pauta de frecuencia de los adverbios terminados en “mente” en la obra de Marcel Proust. Como todo esto es muy largo, a partir de ahora usaremos para estas reuniones el nombre en clave de “timba de póker”, en plan alegoría. ¿Estamos? Estupendo.

Aprovechando la concurrencia a estos eventos, se me ocurrió hacer una prueba pseudocientífica. Les cuento. Uno de los asiduos asistentes, el peligrosísimo Schlomo (el Alcancero), suele beber Coca-cola durante las citadas reuniones. Pero Coca-cola a pelo, es decir, ni cero, ni light, ni cero-cero, ni leches. Si no es esa, no le hace gracia. Y la Dama de los Lunares y yo, como buenos anfitriones, siempre tenemos lista una dosis para él, aunque nadie más bebe ese mejunje en casa. Así las cosas, uno se llegó a plantear si lo de Schlomo con ese bebedizo en concreto sería querencia organoléptica o simple y pura manía persecutoria. Y como soy malvado, elegí como hipótesis de trabajo la segunda opción, pero uno nunca sabe.

¿Qué hace un científico que se precie ante este enigma? Pues, obviamente, organizar una cata. Compré Coca-cola normal, Coca-cola cero, Coca-cola cero-cero (sin calorías ni cafeína), coca-cola light sin cafeína, Pepsi, Pepsi light, Cola Hacendado y Cola Hacendado sin cafeína. En total, ocho refrescos de cola. Preparé series de vasitos numerados y los llené todos al mismo volumen (disponiendo el orden de las bebidas de manera aleatoria y quedándome yo con la referencia). Entre dos subidas de ciegas en el Texas Hold’em (sigo con la alegoría, ¿eh?), les di a catar a los asistentes la cosa con la insana intención de que, concretamente, Schlomo, (lo confieso, la cosa era un torpedo hacia él) no fuera capaz de distinguir su preferida Coca-cola normal de cualquier otra fórmula del mercado, con lo que yo, henchido de gozo y pitorreo le afearía su maniática conducta y lo condenaría a beber Coca-cola cero (por ejemplo) en la subsiguientes timbas (maldad pura y gratuita), con la excusa de que, total, él no era capaz de distinguirlas. Yo, al menos, no habría sido capaz.

De la cata se concluyeron varias cosas. Una de ellas es que el Dueño de la Orquesta Imaginaria, otro asiduo de la timba, está como un cencerro, porque sus respuestas fueron del tipo de Vasito 2 = Vicks Vaporub; Vasito 4 = Nesquick, etcétera. Otra conclusión es que la Cola Hacendado sin cafeína es un bebedizo repulsivo que nadie que aprecie la propia existencia debería comprar de manera consciente. Al menos, no para bebérsela uno mismo. Otra es que darle cafeína a Fenrir el Lobo más allá de la seis de la tarde es como tirar siete mil Gremlins al lago Titicaca. Incluso ganó la timba, el desgraciado, puesto de cafeína hasta arriba y como una puñetera moto.

Y la última conclusión, y la peor de ellas, es que el maldito Schlomo identificó sin asomo de dudas su tan querida Coca-cola normal. De entre ocho refrescos de cola.

Ok. Hipótesis refutada. Tendrás tu refresco listo cada vez que vengas, maldito seas. Te lo has ganado.

(Hume, eres un cabrón).


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.