Ensaladilla rusa

Mie 18 Noviembre 2009 por Microalgo

Siempre me ha fascinado el destino de los novelistas ilegibles, probablemente por ser lo menos parecido a un destino (Felipe Benítez Reyes: Laboratorio de irrealidades).


Nunca más probarás esto, emperador.



No sé dónde, a quién o cuándo escuché o leí yo algo acerca de una leyenda sobre un emperador chino. Vale, ya sé que no son datos demasiado precisos, lo siento. Yo era chiquitito (más) y no apuntaba las cosas…

El caso es que se decía de este emperador legendario que jamás en toda su vida había probado dos veces el mimo plato. Lo primero que pensé entonces (incongruencias grastronómicas aparte, claro) fue que tan egregio monarca debió llorar como una magdalena el día en que probó la ensaladilla rusa, sabiendo que nunca más la iba a comer de nuevo.

Porque la ensaladilla rusa (no pierdan de vista el hecho de que la voy a usar como metáfora, y por eso este post no está dentro de la categoría gastronómica de La Zona Fótica), decía que la ensaladilla rusa es un placer de dioses. Lo tiene todo, empezando por la mahonesa, invento fascinante de pescadores menorquines, injustamente ninguneado con la falta de estatuas conmemorativas en la localidad originaria. Tal vez el inventor fue un epiléptico con un tenedor en la mano y el ayuntamiento de Mahón se avergüence de ello, no sé, pero de cualquier manera su anónima labor debería ser tan reconocida como el esfuerzo de los soldados sin nombre que cayeron en una guerra. O más.

Mahonesa, patatitas y luego una enorme variedad posible de añadidos (quizás por ahí se escapó el chino, me consuelo pensándolo): atún, huevo duro, aceitunas, guisantes, gambitas peladas, hortalizas varias troceadas…

De todo, ya digo.

Cuando uno quiere bien a sus amigos, intenta extender hacia ellos los placeres con los que uno disfruta. Si ellos no conocieran la ensaladilla rusa, yo me apresuraría a cocinarles una palangana de este manjar.

Acoto aquí que, en mi maltrecho cerebro, la palangana es una medida estándar de volumen de ensaladilla desde que el famoso cuarteto carnavalero de Cádiz formado por el Masa, el Peña y los Hermanos Escapachini representó el secuestro de la niña Melody, y cantaban:

La Melody se come
no se crean que es broma
catorce palanganas
de ensaladilla de Las Palomas

Fin de la acotación. Que divago más de la cuenta.

A lo que venía: que en ocasiones uno pilla (por ejemplo) un magnífico texto de un amigo, y disfruta tanto leyéndolo que lo envía a algún otro amigo. Ni se le pasa por la cabeza que el primero tal vez no quería que su texto se divulgara. No está bien, pero sírvame de atenuante la buena intención. Ya saben, se lo he explicado antes con la ensaladilla rusa. Aunque parezca que no tiene mucho que ver. Cosas de las metáforas, a mí no me digan nada…

Besotes.

El cajón de los cubiertos

Mar 10 Noviembre 2009 por Microalgo

A veces se encuentran cosas nuevas, pero siempre como efecto secundario de buscar las antiguas (Juan José Millás: Laura y Julio).


Supervivientes tenedores huérfanos de sus hermanos

Impares.



Es la primera vez que mis padres están enfermos los dos a la vez. La edad no perdona y mi madre ha pillado una bronquitis que la inhabilita para hacerse cargo de mi padre, operado de un pinzamiento vertebral que lo ha obligado a pasar por el quirófano, a ponerse unos cuentos elementos de ferretería en la columna, como Robocop o el mismísimo Lobezno. Ya están mucho mejor los dos, gracias.

Con Anaxágoras demasiado lejos y con su familia medio pachucha también (pese a todo, ha venido algunos días), era más responsabilidad mía pasar por casa y devolver, en la medida de lo posible, tantas décadas de cuidados paternos. De nuevo podría ponerme a discutir esa rimbombante y falsa frase que dice que “nadie pertenece a nadie” y tal, pero hoy no me apetece.

El caso es que, después de mucho tiempo, volví a meterme en la cocina de la que fue mi casa hasta que me independicé, para prepararle algo de comer a los jefes. No me costó demasiado localizar la utillería que necesitaba, pero a la hora de abrir el cajón de los cubiertos para poner la mesa me encontré con que no había dos tenedores iguales.

Literalmente.

Todos los cubiertos eran restos de un naufragio crusoeniano, con longitudes y diseños diferentes. Levanté la cabeza y me vi rodeado, de pronto, por una casa antigua, que había acumulado, con los años, adornitos y fotos enmarcadas, jarritas de porcelana y tazas de té desemparejadas, vasos supervivientes de cristalerías cadentes… y cubiertos huérfanos, relictos de cuberterías antaño ordenadas como soldados que van a la batalla y que hoy no son más que afortunados y escasos guerreros intactos que llegan, de nuevo, a la retaguardia, rodeados de desertores de otros cajones que nadie explica cómo han acabado aquí, impares todos de sus cucharas y cuchillos que yacerán Dios sabe ya en qué campo de batalla.

Y después, bajando la escalera hacia el portal (sólo un piso), me percaté de que las aristas de los escalones también estaban gastadas. Gastadas por mis propios pies, porque cuando se estrenaron esos bloques de viviendas yo tenía dos meses.

Tenedores, padres y escalones que he ido gastando como yo mismo me he ido limando estos años todos.

No sé si maldecir al Otoño que me trae estas reflexiones envueltas en la melancolía de la luz que entra a las seis de la tarde filtrada por entre las persianas de las ventanas que dan al Oeste, o agradecerle el aviso de que el tiempo se escapa y que no me queda tanto, y que no debo olvidar el consejo del buen Pietro Aretino, ése que decía que todo el tiempo no dedicado al amor es tiempo perdido.

No sé.