Buscad a Deirdre

Vie 04 julio 2014

Es opinión de los más profundos estudiosos de los problemas del mundo que la felicidad en la vida depende principalmente de saber tomar las cosas como vienen (P.G. Wodehouse: ¡Pues vaya!).


Deirdre of the Sorrows

¿Realmente es Deirdre la
que destruye tanto?



Buscad a la mujer (cherhez la femme), decía un personaje de Dumas, y la frase ha quedado para los restos. Es un poco machista, y parece que a Dumas no se le ocurrió que cuando una mujer se comporta de manera inexplicable tal vez haya que “buscar al hombre”. Lo más seguro es que sí.

En fin: el equivalente mítico más parecido, en el mundo celta, a la figura de Elena de Troya es Deirdre, más conocida como “Deirdre de los Lamentos”… de hecho, parece que “deirdre” significa, precisamente, “dolor” en gaélico (Si nasiste pa’ martiyo der sielo te caen los clavos, que decía el amigo Blades).

Y el mito es parecido, como digo, en algunas cosas, pero no en otras. Para empezar, dados los tamaños de los contingentes implicados, en Troya debió cascarla mucha más gente que en las colinas de las islas británicas.

Y otra diferencia es que la pobre Deirdre estuvo marcada, desde su nacimiento, por una maldición puñetera: era demasiado guapa. Se la describe como una pelirrojaza de ojos verdegrisáceos, y ahí estaba su cruz. Todo el mundo se la quería llevar al huerto, y en cuanto un rey la veía intentaba cargarse a los que estuvieran a su alrededor, que es el método que se utilizaba en aquellas épocas obscuras y pretéritas para decir “hola, chati, ¿estudias o trabajas?”

Hartita de que la población celta en pleno se alanceara profusamente por ella (y sin consultarle siquiera qué pensaba ella al respecto), Deirdre acabó dándose de cocorotazos contra un peñasco, que es una manera mucho menos refinada de hacerse el hara-kiri, más celta, podríamos decir, pero que en definitiva conlleva similares resultados a corto plazo.

Los cantos y lamentos sobre este personaje suelen empezar con un “Dherdriu, maindéra mar” (Oh, Deirdre, destruirás tanto), que es el mal augurio que los druidas intuyeron en su persona incluso antes de que naciera.

Pero lo que cabe preguntarse es si realmente es Deirdre la que destruye.

Elena es una mujer adulta que decide fugarse con su enamorado (podemos suponer que elige), y bien la podían haber dejado tranquila si no fuera Troya un puerto clave en la ruta marítima del Egeo, y la fuga de la señora una excusa estupenda para que los griegos coaligados se decidieran a hacerle minuciosamente la puñeta al pobre Príamo, rey de aquella mítica ciudad.

Deirdre es apenas una niña que huye de un potencial marido viejales que ha estado esperando a que crezca (un poco) para casarse con ella, porque la belleza de la chica es legendaria. Y por donde pasa en su huída, la pobre, va provocando con su mera presencia que la peña se pelee por ella, cosa que acaba también llevándose por delante, ya que estamos, a su enamorado y a los dos hermanos de este. Por purita lujuria de los demás. Así que no, no es Deirdre la que destruye las cosas. Pobre Deirdre. Son los demás gilipollas, que piensan con los testículos.

¿Estamos, lo han pillado Ustedes, todos de acuerdo, nos aplicamos el cuento?

Estupendo.

La foto de inicio es la portada de un disco de Patrick Cassidy, un neobarroco irlandés contemporáneo, que compuso una preciosidad de obra sobre el mito de Deirdre. En la red (donde se dice que está todo y parece que casi que sí), he dado con la primera aria + coral de ese disco, que lleva, precisamente, como título “Oh, Deirdre, destruirás tanto”, y lo pueden escuchar por acá. Quitando las cuatro primeras palabras, que ya las podrán deducir, el resto les va a ser un poquitín más difícil de pillar porque también está en gaélico. Pero bueno, será todo de muchísima pena, seguro. La parte coral empieza en 1:16.

Besotes.

Primero de primero

Mie 25 junio 2014

El italiano es un intento de la naturaleza de desmitificarse a sí misma. Coged el Polo Norte: es bastante serio, tomado en sí mismo. Un italiano en el Polo Norte añade de inmediato algo de cómico, que antes no habíamos percibido (Ennio Flaiano, escritor y periodista italiano, 1910-1972).


bandera-de-italia

Andiamo.



A ver. Castellano (y, modestia aparte, viendo el fraseo que la gente vomita, por ejemplo, en la televisión, hasta me atrevería a decir que superior a la media). Portugués oxidado, pero bastante decente como para comunicarme y entender lo que los lusofalantes se dicen unos a otros en, pongamos por caso, un autobús de línea. Inglés, bastante menos, y eso que lo estudié más (la básica y el bachillerato). Si les hablo, me entienden. Si me hablan, les entiendo. Si hablan entre ellos, la mayor parte de las veces no. Pero bueno, he estado en Escocia y en Inglaterra y me he defendido, y en Australia no tuve tampoco problemas… así que, para sobrevivir, me vale.

Así las cosas, decidí el año pasado ampliar el número. Los potenciales candidatos, italiano, francés y alemán.

Alemán, de momento, me exigiría demasiado esfuerzo, y soy un flojo del nueve (uno debe conocer sus limitaciones, que diría Harry el Sucio). Tiene como ventaja que, a diferencia del inglés y del francés, es una de esas lenguas transparentes (es decir, que se escribe como se pronuncia), pero me falta, del todo, la base.

Francés es una espina clavada. No tengo ni la más mínima idea de este idioma, y es una lengua muy útil, y muy bonita. Pero ahí sí que tendría que empezar desde cero, y la fonética es diabólica.

¿Italiano? Ya di un minicurso de italiano en el centro superior de lenguas modernas, y algo se me quedó…

Así que italiano. Es más fácil de entender que de hablar, pero si uno se queda con la primera parte de esta frase comprende que ya hay cierta ventaja.

Ayer me dieron las notas: primero de italiano básico, superado.

Tampoco es que sea un logro heroico, pero menos da una piedra. Nuestra professoressa nos ha advertido, sin embargo, que nos pongamos las pilas o en segundo nos van a freír… a la romana.

Al menos cinco años de italiano, y luego, si la demencia senil no ha acabado conmigo, lo mismo me meto en francés. Ya veremos. Les iré contando.


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