¡Ocho, ya!

Dom 05 octubre 2014

Encontrarse y separarse es el único y necesario movimiento con el que trazamos nuestro paso por el vacío (Stefano Benni: Baol).


OCHO

Y cómo pasa el tiempo.



Hoy se cumplen OCHO años desde que monté este blog, inicialmente en Bitácoras, plataforma de la que huí hacia WordPress en agosto de 2007.

Los blogs ya no están de moda (en internet las modas duran lo que un suspiro), pero Ustedes, que me conocen bien, saben que la moda siempre me ha traído al pairo. Así que, de momento, si no les importa, seguiré un poquito más. Hasta que me aburra, o algo.

Cuatrocientas cuarenta y ocho (con esta) entradas, más de cinco mil seiscientos comentarios, más de doscientas cuarenta mil visitas. Pavoroso.

Muchas gracias a los visitantes, lectores y comentaristas. Cuídenseme.

Lepisma saccharina

Lun 29 septiembre 2014

Pues todos quisiéramos conducirnos bastante peor de lo que nuestras conciencias y de lo que la opinión pública nos permiten (Aldous Huxley: Ciego en Gaza).

Lepisma saccharina

Este bicho es

Hoy me he escapado un momento del curro para mandar una carta (lo siento, Don Luis, oh, excelso ministro: era eso o que colara la carta como correspondencia oficial, y he preferido pagarla yo y ausentarme breves minutos de mi puesto de trabajo). Es que un amigo que está lejos cumple años y le he mandado un librito para incrementar su morriña todo lo que pueda. Soy malo, yo. O eso creía. Verán.

En la oficina de correos hay que pillar numerito. El cuarenta y cuatro. Ole. Va por el treinta. En fin. Bueno, no va muy lento. Relleno el papelito del certificado (me gusta mandar estas cosas certificadas).

Hay un expositor de metacrilato con los formularios de certificado y publicidad variada de correos. En uno de los módulos del expositor hay folletos con la foto de un niño que mira con arrobo el avioncito de madera que lleva en la mano, mientras Bancorreos nos anuncia que nada de comisiones (todo muy lógico). En la base de ese cajoncito hay un lepisma. Sí, es ese animalillo de la imagen de inicio. Un pececito de plata. Son insectos antiquísimos, el grupo tiene unos cuatrocientos (¡cuatrocientos!) millones de años. Son insectos de antes de que los dinosaurios hollaran la tierra, de antes de que los insectos se inventaran las alas.

Así que no tienes alas, lepisma. Mala suerte. Las paredes del módulo de metacrilato son demasiado lisas para que las escales. Y ahí te has quedado. Me viene a la cabeza la imagen de un mamut atrapado en un pozo de brea. La vida es un continuo drama, etcétera.

En la pantallita, llaman al número treinta y cinco. El lepisma hace intentos por escalar pero se cae.

Mcgntptmdre.

Trato de ayudar al insecto con un folleto, para que trepe. Es inútil, es satinado. Valoro la idea de darle la vuelta A TODO EL EXPOSITOR de metacrilato, pero este tiene varios compartimentos, y no creo que pueda sujetar todos los folletos a la vez ni quiero que las veinte personas que están en la oficina de correos me miren como a lo que creo que empiezo a ser. Cobarde, sabes que si ese es el motivo luego te va a pesar. Calla, idiota. Meto con disimulo un papelito no satinado para que el bicho trepe, pero no está por la labor. Con más disimulo aún me acerco y pruebo el truco “ciclón”, soplando en uno de los lados para que el aire arrastre al insecto fuera. El pobre bicho se agarra al suelo todo lo que puede para luchar contra el viento, con muchísimo éxito. Además, creo que he hecho bastante ruido. Demasiado. Llaman al número cuarenta.

A ver. ¿Quién es el ser inteligente aquí, de entre tú y yo? Me paro un segundito a pensar.

Pillo uno de los folletos mondris del niño con el avioncito, doblo en horizontal una solapa en la parte de abajo, recojo al lepisma y le hago un ascensor a lo largo de la pared del cajoncito transparente, hasta la parte de arriba. En cuanto cae fuera, el insecto sale escopetado y se pierde por una grieta del mostrador sobre el que estaba el expositor transparente. Llaman al cuarenta y cuatro, que soy yo.

Lepisma 2

Este es el expositor con los folletos del niño drogado. El primero de ellos (más ascensor que folleto) tiene la base doblada, y ya no hay lepisma allí, ni encerrado ni agonizante.

¿Soy un buen tipo, acaso? ¿O estoy majara? ¿O soy un hipócrita del nueve (porque les juro que mis reacciones no son tan idílicas si me encuentro a uno de estos bichos correteando por la encimera de mi cocina)? Lo que hagamos motivado por un supuesto sentimiento de “caridad” o “empatía”, ¿lo hacemos por los demás, o por sentirnos nosotros mejor? ¿O funcionamos por el reto, por el simple hecho del reto, tipo “pues ahora a este bicho lo salvo yo por mis santas gónadas”? ¿Y por qué duran tan poco los rotuladores fluorescentes, ya puestos?

Pues no lo sé. En fin, el insecto este vivirá lo que viva a partir de ahora, en plan bola extra (hasta que se lo coma una araña o se vuelva a meter en un callejón sin salida, el muy imbécil y antediluviano), y yo me siento un poco mejor que si me hubiera hecho el longuis. Hemos salido los dos ganando, entonces. Bien. Tal vez, en el fondo, de eso se trate, sin que importe tanto el porqué.


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