Anda que también yo

Jue 18 diciembre 2014

Y no me refiero a los cuarenta principales de Sigmund Freud: me refiero al sueño como oráculo, esa dimensión del soñar sólo al alcance de quien comprende que la razón ilustrada es el más descabellado de los esoterismos, o quizá la más barroca de las religiones (Pablo Tusset: Lo mejor que le puede pasar a un cruasán).


Freud_Hein

¿Hein? ¿Lo qué?



Anoche soñé raro.

Íbamos un grupo de gente, algunos de los cuales me son muy cercanos y otros de los que nunca sospecharía que iban a volver a formar “un grupo de gente” conmigo (y ya empiezo explicándome de manera abstrusa. Pues se chinchan: es un sueño). Por las calles nocturnas pero concurridas de una ciudad que se parecía a Nueva Orleáns (nota aclaratoria: no he estado en Nueva Orleáns en mi puñetera vida), caminábamos a hacerle una especie de entrevista (con fotografías) para un periódico a un famoso (?) boxeador ruso (??).

Por encima de los edificios tipo bloque de oficinas yankee de los años cuarenta asomaba entre las nubes tal luna llena amarillo-anaranjada que hoy me ha sorprendido ver, mientras venía al curro, que en realidad está en fase menguante terminal. El sueño fue tan real que esperaba verla llena.

Del boxeador (?) ruso (??) no recuerdo mucho detalle, salvo el de que vivía rodeado de guardaespaldas mafiosos con perros plenos de mala leche, en una casa horterísima y kitsch, pero bastante pobretona. Que sea hortera y kitsch, vale, pero lo de pobretona no concuerda con lo que se espera de un famoso (?) boxeador ruso (??) de su categoría (???).

Después de la entrevista, nos fuimos a una especie de sótano lóbrego donde la gente que iba conmigo me ayudó a poner en marcha un vetusto ordenador de pantalla en blanco y negro donde redactar el artículo.

Sigmund: ahora ven y me lo explicas, guapetón.

Alegoría política

Lun 01 diciembre 2014

Y fue entonces cuando Londres comprobó que luchar a favor de la democracia tiene un claro riesgo: que el pueblo termine usando ese extraño instrumento político que persigue, como sugiere la Constitución de Cádiz de 1812, que los seres humanos fueran justos y benéficos (Juan José Téllez: Gibraltar en el tiempo de los espías).


Bocadillos

Nos sirve el ejemplo perfectamente.



Corría el año 1985 (cof, cof, ya está a la carga de nuevo el Abuelo Cebolleta). Yo cursaba COU (para los alumnos LOGSE, explico que el COU era el Curso de Orientación Universitaria, y que, al menos en mi colegio, era una especie de “cuarto de bachillerato”, donde uno se preparaba, sobre todo, para la selectividad). Los de bachillerato éramos “casi” universitarios, así que en el recreo, en lugar de mantenernos encerrados en un patio para que no devastásemos el barrio, nos permitían salir a la calle. Y había, desde hacía años, una tienda mugrienta de bocadillos justo en la acera frente a mi colegio. Los bocadillos que vendían eran caros y secos, con pan claramente pretérito, pero no había otra cosa a mano.

No había otra cosa a mano, repito. ¿Van pillando la alegoría?

Hete aquí que al comenzar nuestro curso de COU se abrió OTRA tienda de bocadillos justo al lado de la primera. Y los bocadillos eran más grandes. Y además de los tradicionales “chorizo cortado con microtomo” y “queso de leche de ojalá que cuadrúpedo”, que ofrecía la tienda primigenia, tenían bocadillos de lomo. Y de tortilla de patatas. ¿Resultado? Migración masiva a la nueva tienda. ¿Consecuencia? La primera tienda mejoró notablemente sus bocadillos. Migración reversible de la población estudiante. Contra-consecuencia: la otra tienda te los envolvía en una bolsita de plástico transparente, y los bocadillos se hicieron, mágicamente, más grandes. A dos metros, en la otra tienda, el pan se volvió más crujiente de manera repentina. Entonces la otra competidora empezó a servir la tortilla calentita.

Total, para que aburrirlos. A final de curso nos zampábamos por diez duros (al cambio eran, cágate lorito, 30 céntimos de euro) (lo juro) unos bocadillos calentitos de lomo en manteca, con pan crujiente recién horneado, que costaba trabajo zampárselos.

¿A dónde quiero ir a parar?

Pues, a petición popular (véanse comentarios en el post anterior), a Podemos. ¿Ustedes verdaderamente creen que si no hubiera irrumpido un partido político como ese estarían aflorando ahora los casos de corrupción de los que estamos teniendo noticia? Y en caso afirmativo, los partidos políticos mayoritarios, ¿estarían haciendo algo por arreglar la situación? A lo mejor, a la primera pregunta, se podría responder que sí. Pero a la segunda habría que responder que no, o tener la misma carita que la Abeja Maya. Creer que sí lo habrían hecho y no tener la carita de inocencia de la famosa abeja son circunstancias absolutamente incompatibles.

Así que, en el peor de los casos, se vote a quien se vote (esto es una democracia, al menos cada cuatro años) no queda más remedio que reconocer que (ejjem), la irrupción de Podemos como nuevo jugador en la palestra política NOS PONE GORDO EL BOCADILLO, y disculpen si la alegoría despierta en las mentes sucias de los lectores de este blog (sí, Ustedes, no miren para otro lado) imágenes inapropiadas.

Corolario: el hecho de que apareciera, tarde o temprano, un partido que echase en cara sus casos de corrupción a los (digamos) tradicionales o (volvamos a decir) mayoritarios, podría ser de una inevitabilidad hariseldoniana. Ahora Ustedes eligen si prefieren un partido tipo Podemos, o uno del tipo del que, en idénticas circunstancias, se puede llevar el gato al agua en Francia, liderado por Marie LePen. U otro partido diferente, por supuesto: son Ustedes soberanos, papeleta en mano.


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