De pensamiento

Mar 30 Junio 2009 by Microalgo

Sólo hay un pecado imperdonable: la crueldad deliberada. Todo lo demás puede perdonarse (Truman Capote: Cuentos completos).


Agüela condenándose al fuego eterno.

Bss, bss, bss y además le bss.
Gensanta, hermana, eres una perdida.



En amena conversación electrónica con una dama de eloquecedores ojos grises comentaba yo que de pequeñito comencé a hacer play back con algunas partes de las oraciones que no me gustaban y que teóricamente todos repetíamos cuando había una misa en el colegio. No me apetecía decir en voz alta cosas que no me creía. Uno tiene su Bushido, ya les conté.

Las primeras palabras que se cayeron de la letra oficial fueron “de pensamiento”, en el “que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”.

Se cayeron, primero, por pura lógica. Para percatarte que un pensamiento es “impuro”, tienes que tenerlo antes, y ya, aaah, se siente, ya lo has tenido, ya has pecado. Absurdo.

Por otra parte, yo estoy convencido de que uno es lo que hace y no lo que piensa (véase el Lancelot de White). Uno puede ser un asesino y un joputa en su mente, que hasta que no mate a nadie (o no putee a nadie), no lo será en realidad. Es decir, que el mal fondo de las personas puede ser incluso motivo de loa, si en contra de una propia naturaleza dañina la persona se controla.

Desde entonces se han caído tantos trozos de los rezos que ya sólo me habría quedado algún artículo determinado y algún adverbio, y ya para eso no me merecía la pena ni abrir la boca. Pero mi idea primigenia sobre el nulo valor del pecado de pensamiento sigue vigente. La definición en sí de “pecado” también fue variando hacia una concepción más ética: un pecado es, probablemente, aquello que uno sabe que no debería hacer (sinceramente, sin paños calientes autoconvincentes) y a pesar de ello lo hace. Algo así. Tampoco me voy a llevar yo un Nobel en Teología, desde luego. Porque, si se dan cuenta, en esa definición el legislante es… uno mismo. Seguro que Adolfito Hitler y la Condesa Bathori tenían manga un poco más ancha que la mía en cuanto a hasta dónde se puede llegar.

En resumen, que me permito imaginarlo todo. Desde liarme (corrijo: intentar liarme) con el setenta por ciento de las compañeras del trabajo (de manera sucesiva o incluso simultánea) a tirar por la ventana a una de las integrantes del treinta por ciento restante, o meterla en la centrífuga a ver qué sale. Desde fugarme a las diez de la mañana del trabajo e irme a la playa a ponerme morenito hasta ver si soy capaz de comerme tres pollos asados seguidos (total, los pollos asados no son lo que eran… ¿soy el único que se ha dado cuenta de que ahora son como codornices un poco creciditas y ya?).

Todo. Otra cosa es lo que haga, que eso es decisión mía. Lo que piense es cuestión de los sucesivos estratos de mi cerebro corrompido: desde la corteza educadita y buena hasta lo más profundo del cerebro reptiliano, que es como un personaje de Felipe Benítez Reyes pero más peor.

Así que ya saben. Si alguna vez me atrapan una mirada fugazmente proterva, vil y abyecta, ya saben que es que mi mente está maquinando lo peor. No, no les gustaría verlo. “Saca lo que llevas dentro, Microalgo”, me diría algún descerebrado, remedando al Tío Josef de Vampiros en la Habana. “Tienes que ser espontáneo y coherente con tus deseos y apetencias”…

Ya.

Este mundo sería un lugar menos habitable si sí, de modo que es mejor que sepan que mi yo es lo de dentro, pero más aún lo de fuera, que es un tipo que me cae más simpático. Así que no. Se van a quedar con las ganas.

Besos y abrazos.

Extraño verano

Lun 29 Junio 2009 by Microalgo

Porque, por la ley de la entropía, si enfrías en algún sitio sale calor por otro y al revés. Tu café congela a una inocente cacatúa de Nueva Zelanda. Etcétera (Stefano Benni: Margherita Dolcevita).


Como en un sueño raro

Veranos raros y oníricos.



Raro va a ser este verano. Raro por poco frecuente. Con puntos de inflexión de esos que abren válvulas en una dirección o en otra, sin retorno posible.

Verano de tirar bandejas o atornillarlas (ya veremos), de estaciones de trenes terminales (las estaciones y los trenes), de soplos cardíacos y cenizas grises como los ojos grises, de cartas que uno mismo recibe sin haberlas enviado.

De mirar el teléfono y decir en voz alta “llámame”, y al cabo de noventa segundos recibir el mensaje (y llamar, entonces, yo: las cosas nunca salen como uno las planea, pero dentro, a pesar de esas nimias diferencias, uno puede ver la magia) (lo juro por lo que me pidan que jure).

De daños directos y colaterales, veranos sin playa, solitariamente concurridos, de amigos a los que uno le es útil pero en los que siente que la alegría se empaña porque uno no tiene la cabeza allí, sino allá, en un regazo absurdamente desconocido.

Extraño verano, pues, en el que uno descubre que cosas que antaño le dañaban le provocan una sorprendente indiferencia, porque no hay alma para todo, y si te duele el hígado poco te importa un padrastro, si es que logro hacerme entender.

Raro verano que empieza con una cuenta atrás a partir de hoy, saltándome las efemérides astronómicas que apuntaban a San Juan. Hoy es lunes, y comienzo a descontar días para que me asalte el tramo de tiempo que me llevará a la segunda de Julio, entretenido como la charla intrascendente en el vestuario antes del partido o como hablar del partido antes de un examen.

Si es que logro hacerme entender. Y si no, oigan, hoy me da lo mismo. A fin de cuentas, va a ser un extraño verano.