Malt whisky: el derrumbe de Occidente

Mar 11 noviembre 2014

No era exactamente whisky, y tampoco era exactamente ginebra, pero tenía exactamente 90º, y consolaba muchísimo durante aquellos momentos de zozobra que en ocasiones se presentaban a las tres de la madrugada, cuando despertabas de pronto y habías olvidado quién eras. Después de un vaso de aquel líquido transparente seguías sin acordarte de quién eras, pero eso ya no te preocupaba porque habías pasado a ser otra persona (Terry Pratchett: Lores y damas).


whisky aponé

Ay, scottish payo.



Corría el año noventa y cinco (ya está el abuelo cebolleta) y yo andaba de becario en Dundee, en la costa este de Escocia, a setenta kilómetros al norte de Edimburgo y en el mismo paralelo que la rusísima ciudad de Moscú. Como nota geográfico-chorresca, les contaré que la costa oeste de Escocia está bañada por una corriente oceánica que viene del sur, lo que le confiere un clima agradable. La costa, además, es de una belleza increíble, y las poquísimas poblaciones que hay, muy distantes entre ellas, son tan bonitas como Oban, Lochgilphead o cualquier punto de la isla de Skye.

Pues bien: yo estaba en la costa este, al otro lado. Fue la primera vez en mi vida que caminé con medio metro de nieve recién caída, a catorce grados centígrados bajo cero.

Las primeras veces que salí de farra con la gente del departamento (adictos a la cebada malteada y fermentada), a la tercera pinta ya sentía cómo el porcentaje de agua que componía mi cuerpo comenzaba a alejarse del clásico y por todos recordado (desde tiempos escolares) 75%, y comenzaba a rondar el de las medusas. La noche del cumpleaños de una tal Wendy (I come from Yorkshire, decía siempre Wendy), la vi zamparse catorce pintas antes de que yo desapareciera hacia mi casa haciendo eses. No exagero. Catorce. No sé si luego siguió.

(14 x 568,26125 mL = ocho litros mal contados de cerveza) (Wendy medía un metro y sesenta centímetros escasos) (¿Dónde metería tanta birra, la desdichada?).

El caso es que la tercera noche dije que ya estaba bien. Me percaté de que un chupito (50 mL, alrededor de cuarenta grados alcohólicos, un par de ellos arriba, más que abajo) costaba lo mismo y emborrachaba igual que una pinta de cerveza (quinientos mililitros -y algo-, alrededor de cuatro grados alcohólicos, un par de ellos arriba, más que abajo), pero ocupaba muchísimo menos volumen y yo volvía a casa sin hacer flotch-flotch-flotch a cada vacilante paso.

Así que me pasé al whisky. Con un amigo gallego, ahora emigrado para siempre en el extranjero, y que estudiaba fisiología de peces (descubrió cómo medirle la tensión arterial a los peces, el tío), visitábamos algunos pubs de alrededor de la Universidad (sobre todo el mítico Micky’s), y nos dedicábamos a maldecir la oscuridad del invierno escocés analizando detenidamente las diversas marcas de whisky que nos iban poniendo por delante. Allí fue donde descubrí que el Glenfiddich no era gran cosa, que el Cardhu es normalito, y que el Talisker, el Lagavulin, el Macallan y el Glenmorangie son bebedizos de los dioses. Y hasta ahora. Los cato poco, pero me encantan.

Hete aquí que mi amigo Glomus, desde las Afortunadas, siempre con la antena puesta para según qué cosas, me manda un enlace a un artículo donde se afirma que en el último concurso de whiskys de malta el ganador era un whisky…

japonés.

Y que entre los cinco mejores, no había ninguno escocés. Mátame, diplodocus.

Aún pensando que en esos concursos podrían premiarse cosas que no importan tanto, y que puede que haya mucho postureo o incluso derivaciones de conveniencia, no me digan que la cosa no produce congoja.

En fin, yo seguiré fiel a mis marcas (y a mis precios, a saber lo que vale un chupito del whisky nipón ese), pero es en estas cosas en las que barrunto yo el declive y caída de la hegemonía moral (si es que la hubo alguna vez) de Occidente.

El día que un jamón serrano de Okaido se lleve el premio del IFFA, podemos empezar a darlo ya todo por perdido (les advierto).

Savall y la elegancia

Vie 31 octubre 2014

La mejor manera de defenderse es no hacerse igual que ellos (Marco Aurelio, 121-180 dC: Ad se ipsum, VI.6).


Jordi Savall

Ovación cerrada.



Hace algunos años, tal vez demasiados, escuché a Savall en un concierto que ofreció en el antiguo penal del Puerto de Santa María (que aún antes fue un convento). Ese día por la mañana había volado hacia el sur desde el País Vasco, y las diferencias de humedad y temperatura hacían que tuviera que parar entre pieza y pieza para afinar las cuerdas de su antiquísima viola de gamba. Eso propició que, en contra de lo que suele ser habitual, hablara mucho, cosa que todos los presentes le agradecimos.

—Una vez me preguntaron, “Maestro, ¿cuánto tiempo lleva Usted tocando la viola de gamba?” y yo respondí: “Cuarenta años. Pero de los cuarenta, por lo menos veinte me los he pasado afinando”.

Y es que Jordi Savall habla poco en público. Pero cuando habla lo hace con una elegancia, un entendimiento, una precisión y un comedimiento tales que al oírlo hablar uno nunca se quiere perder ripio. Lo que dice siempre es importante.

Por eso, cuando de manera tan tardía le han dado el Premio Nacional de Música, su argumentada negativa a recibirlo ha supuesto un sonoro cate en la nuca al (mal)tratamiento con el que este gobierno y anteriores han castigado a los músicos y a la música. Y viniendo de él, un cate duele siempre mucho más.

Podemos, o más bien debemos leer su carta abierta, por ejemplo aquí. Y digo que debemos para así aprender rudimentos de buena redacción y, sobre todo, de dignidad.

Savall vive de la música, pero no se vende.

Lo dicho: ovación cerrada.


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