Un golpe de cocogú

Mie 04 Noviembre 2009 por Microalgo

Porque ya saben ustedes las trenzas que pueden formarse en los sueños y la gente tan inesperada que se cuela por allí, al ser el subconsciente muy hospitalario con cualquiera (Felipe Benítez Reyes: Mercado de Espejismos).


Timbales jamaicanos, concretamente. Y tenía algo de coco, también...

No, no era así. Era más como unos timbales.



Anoche tuve un sueño raro. La cosa empezaba con las ya clásicas olas, aunque esta vez en una playa soleada. El resto del mar estaba en calma, pero a pocos metros de la orilla se formaban unas olas como de cuatro metros que rompían ruidosamente y en ocasiones arrollaban a la gente que tomaba el sol, y que aceptaba aquello con resignación estoica. No es la primera vez que sueño con olas, ya lo saben.

Luego el argumento empezó a desbarrar, situándose la acción en un pueblecillo serrano cualquiera, donde las fuerzas vivas del mismo mantenían una abierta hostilidad entre ellos por cuestión de ciertas precisiones gramaticales. No, no me pregunten más, no tengo ni idea.

Pero hete aquí que, de pronto, aparece un plano general del pueblo, como desde la carretera por la que se accede a él, y se ven las casitas, y un puente sobre el río cristalino… y, de repente, desde el ángulo inferior derecho de la imagen asoma (ejjem) la imagen de la cara de un conocido torero nacido en uno de los pueblos blancos de nuestra serranía (famoso por sus manufacturas en piel) (el pueblo, no el torero) (aunque, bien pensado, en cierto modo también el torero), con una peluca rubia exagerada. El muzasho se aparta coquetamente las greñas de la cara y declama “mirando a cámara”:

― Yo viví aquí mú felí y mú bien conciderada, hazta que un gorpe de cocogú acabó con mi ecziztencia.

Sin tiempo apenas para preguntarme qué cuernos era un cocogú, y como para ilustrar el comentario del torero, antes de que el tipo terminara la frase, desde el ángulo superior izquierdo de la imagen e iniciando un conato de vuelo rasante, como si colgara del extremo de una cuerda larguísima y ejerciera de péndulo, desde la lejanía y a toda velocidad apareció una mezcla bastante precisa de coco, guacamayo verde (tal vez fuera un tucán, no sé) y unos timbales jamaicanos. No lo sé explicar mejor, pido disculpas. Tal vez puedan hacerse una idea de cómo era. Tal vez no.

El caso es que, por si había alguna duda acerca de su identidad, el engendro apenas tuvo tiempo de emitir, durante su trayectoria, un selvático y desesperado “¡cocogú! ¡cocogú!” antes de impactar contra la cabeza del empelucado torero, que no tuvo tiempo ni de volverse para ver qué era lo que se estrellaba contra su occipucio.

La carcajada que me transportó a la vigilia debió de confirmar a todos los vecinos de mi bloque que, en efecto, estoy majara.

Después me entró un ataque de esa tos de la que creí que ya estaba bien curado (y no), y siendo las cinco y media de la mañana, tardé mucho en volver a dormirme (sobre todo por el efecto retroalimentativo de la tos y la risa).

En fin, oniristas todos (tú no, no he dicho onanistas, he dicho oniristas): aunque esta vez está un poco difícil, ¿alguien tiene idea de lo que signi…?

O bueno, déjenlo. Total.

Un abrazo.

Cuán gritan esos malditos

Mar 03 Noviembre 2009 por Microalgo

La vida consiste, en buena parte, en hacer cosas incomprensibles para uno mismo (Felipe Benítez Reyes: Mercado de Espejismos).


Truuuco o traaatooo...

O nos sobornas o te jodemos
(en román paladino).



El otro día llaman a mi puerta, abro y me encuentro con una caterva de enanos vestidos de monstruitos (uno iba de Spiderman, es cierto, no sé si adscribirlo a la categoría), con bolsas de Mercadona en la mano, que me gritan al unísono:

¡¡TRUCO O TRAAATOOO!!

A puntito estuve de mirarlos muy serio y contestarles un escueto “trato”. A ver qué hacían. Pero no, en el fondo soy un calvito bueno y les di (calvito relativamente bueno) un paquete seminuevo de chicles poco masticados que me alargó, en un alarde de reflejos, la Dama de los Lunares, a la sazón en casa. Con ello los enanos se contentaron grandemente y bajaron las escaleras a darle la murga al siguiente convecino. Luego aparecieron un par de grupos más de infantes a los que tuve que desilusionar por la falta de elementos azucarados que tenía yo por casa (mi becario me ha traido unos bombones cojonudos de Brasil: esos, NI DE COÑA).

Y bueno. Tampoco esperaba yo que niños de cinco años salieran en masa esa noche a leer el Tenorio por las calles…

[Costumbre que, por cierto, mantuvo el buen Fenrir durante mucho tiempo (catorce o quince años), hasta que a alguien de los convocados para leer se le ocurrió, un año, solicitar ayuda a la asociación de vecinos del barrio más antiguo de la ciudad para organizarlo (con amplio éxito de público, todo hay que decirlo), tras lo que mucha gente se apresuró a colgarse la preceptiva medalla olvidando mencionar a Fenrir como organizador, lo que motivó que éste dijera que la próxima lo organizarían, con toda seguridad, las meretrices progenitoras de los mandamases del barrio, cosa que no ocurrió porque lo que la gente quiere es colgarse la susodicha medalla, no organizar nada, de modo que la iniciativa murió de éxito y no se volvió a celebrar la lectura ni siquiera un año más. Fin de mi amargo recuerdo para los inútiles que tratan de figurar a toda costa y acaban jodiendo el trabajo que los demás hacían con gusto].

Decía que no esperaba yo que los niños leyeran el Tenorio en voz alta, pero me ha sorprendido la inmensa aceptación de esta-esta-estadounidense (eso es tó, eso es tó, eso es todo, amigos) costumbre entre la tierna infancia, motivada sin duda por la profusión de series televisivas oriundas de esa federación de estados. Todo ello sin contar con que la tradición parece ser muy antigua (aparentemente, de origen celta), y que tiene su base en que la gente pobre pedía por las casas algo de comida a cambio de rezar por las almas de los difuntos familiares de los habitantes de la misma.

Afortunadamente, creo que los niños no sabían lo que significa la mencionada frase, esta vez parece que sí acuñada en los Estados Unidos: el trato consiste en pactar con los pequeños asaltantes una paz mantenida a base de soborno con caramelos o cualquier otra cosa capaz de picar con efectividad una muela. Si no hay trato, los pequeños delincuentes se ven autorizados a perpetrar trucos contra tu vivienda, tales como lanzar huevos contra los cristales, pegarte debajo del felpudo de la entrada una bomba-lapa antitanque o cualquier otra travesura de ese estilo. En otras latitudes (o longitudes) el no haber hecho provisión previa de caramelos me podía haber costado caro.

Y bueno. Me hago viejo y me apenan cosas (no leer el Tenorio con Fenrir por la calle, ver a niños siguiendo una costumbre que ni les es propia ni conocen por el forro, etc).

La vejez, que no perdona.